San Juan de Duero: el claustro sin techo que quiso ser Jerusalén
En la orilla izquierda del Duero, los hospitalarios levantaron hacia 1200 un claustro de arcos entrecruzados que durante un siglo se llamó mudéjar. Un diploma de 1152 revela que la iglesia se dedicaba al Santo Sepulcro, y las excavaciones de 2025 han encontrado tumbas más antiguas que los propios arcos.
Al otro lado del puente de piedra, donde Soria deja de ser ciudad y se convierte en ribera, el Duero hace una curva lenta entre chopos y el monte de las Ánimas se levanta a la espalda como un telón pardo. Allí, a ras de la hierba, se abre un claustro que no cubre nada. Sus arcos no sostienen tejado alguno desde hace siglos: se cruzan en el aire, se abrazan, se cortan unos a otros y dejan pasar el cielo de la meseta por todos sus huecos. Es uno de los espacios más extraños de la Europa románica, y durante mucho tiempo se explicó con una palabra cómoda —mudéjar— que hoy casi nadie sostiene sin matices.
Una iglesia del Santo Sepulcro a la orilla del río
La Soria que vio llegar a los caballeros del Hospital era una villa joven, repoblada en las primeras décadas del siglo XII por Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y de Pamplona. La orden del Hospital de San Juan de Jerusalén —los hospitalarios, los mismos que siglos después serían la Orden de Malta— se asentó aquí, extramuros, en la orilla izquierda del río.

La prueba es un diploma de 1152, dado a conocer en los años noventa por el historiador Carlos Barquero Goñi. Dice que ya entonces los hospitalarios tenían en Soria una iglesia junto al río, cerca de la «puente Pedrina», y la nombra sin rodeos: ecclesie Sancti Sepulcri que in Sauria habet. La iglesia del Santo Sepulcro. El nombre de San Juan, que hoy parece eterno, es posterior; la advocación original apuntaba al lugar más sagrado de la cristiandad, a la tumba vacía de Jerusalén. Ese dato es la llave de todo lo que vino después.
El templo es modesto: una sola nave rectangular de 8,45 metros de ancho por 19,70 de largo, levantada con un encofrado de cal y cantos de río, reforzada con sillería de arenisca —piedra tallada en bloques regulares— solo en esquinas y vanos. Remata en un ábside semicircular cubierto con bóveda de horno, esto es, un cuarto de esfera, precedido de un presbiterio con bóveda de cañón apuntado. Nada en él anuncia lo que espera fuera.
Cuatro maneras de doblar un arco
Entre el último cuarto del siglo XII y las primeras décadas del XIII, alguien decidió rodear aquella iglesia pobre con un claustro —el patio porticado que en los monasterios servía de paso, de lugar de oración y, a menudo, de cementerio— de algo más de 27 metros por 30. Y decidió, sobre todo, que no se pareciera a ningún otro. Cada esquina resuelve la arquería a su manera.
El tramo del noroeste es el más ortodoxo: arcos de medio punto sobre columnas pareadas, con capiteles historiados, es decir, esculpidos con escenas narrativas. Entre ellos está la Visitatio Sepulcri, las tres Marías ante el sepulcro vacío, un tema que no aparece aquí por casualidad. En el noreste los arcos se vuelven apuntados y tienden a la herradura —se cierran por abajo, más allá del semicírculo—, y descansan sobre pilares cruciformes de cuatro fustes. En el suroeste, los arcos apuntados se entrecruzan: cada uno nace de un apoyo y muere dos más allá, de modo que la arquería forma una trama de ojivas superpuestas sobre columnas gemelas. Y en el sureste el mismo entrecruzamiento se apoya ya en pilares, sin columnas, con una ligereza que desafía la lógica del peso.
El arabista alemán Christian Ewert, que estudió a fondo los sistemas de arcos entrecruzados islámicos, advirtió algo que desmonta la etiqueta fácil: el despiece de estas dovelas —las piezas en cuña con las que se monta un arco— no sigue la tradición hispanomusulmana. Es la primera vez, escribió, que aparece un despiece así en arcos entrecruzados. Lo que parece árabe está construido con lógica de cantero occidental.

Queda un rasgo más, casi escondido. Las esquinas del claustro no se cierran con los machones habituales, sino que están achaflanadas —cortadas en diagonal— y en cada chaflán se abre una puerta. El patio, visto desde arriba, no es un cuadrado: es un octógono imperfecto. Los arcos de esas puertas llevan dientes de sierra en abanico, sin paralelo en el románico hispano.
Jerusalén, vista desde Soria
En 1906 el francés Émile Bertaux señaló el parecido de estos arcos cruzados con los claustros de Amalfi, y la comparación hizo fortuna. Otros insistieron en un alarife mudéjar formado en la tradición de al-Ándalus.
Javier Martínez de Aguirre, historiador del arte de la Universidad Complutense, propuso en 2009 una lectura que lo cambia todo. Si la iglesia se llamaba del Santo Sepulcro, el claustro pudo querer evocarlo. El patio ochavado recuerda a la rotonda de la Anástasis, el edificio circular que cubre la tumba de Cristo; las puertas en chaflán imitan su articulación en tramos de arcos; las columnas torsas —retorcidas en espiral— que asoman aquí y allá eran el signo con que Occidente representaba el Sepulcro; los dientes de sierra, los que enmarcan las puertas de la fachada sur de la basílica. Su conclusión: no hubo artista mudéjar, sino un promotor que había visto Jerusalén y un arquitecto de formación tardorrománica al que encargó traducir ese recuerdo a la piedra de Soria.
La hipótesis encaja con la función del espacio. Tras la declaración de 1882 aparecieron en las galerías numerosos sepulcros de piedra con sus esqueletos, orientados con cuidado. Un claustro-cementerio dedicado al Santo Sepulcro: enterrarse aquí era, de algún modo, enterrarse a la sombra de Jerusalén.
Dos templetes para una tumba vacía
Dentro de la iglesia aguarda la segunda rareza. A la entrada del presbiterio, elevados tres escalones sobre la nave, se alzan dos templetes gemelos de planta cuadrada, labrados hacia 1200: baldaquinos o ciborios —pequeñas construcciones que cobijan un altar— sostenidos en cada esquina por haces de cuatro columnas. Uno se cubre con una cúpula semiesférica; el otro, con un remate cónico o piramidal, la forma con que el arte occidental figuraba el edículo del Sepulcro.

Sus capiteles son de lo mejor de la escultura soriana. En uno, la degollación del Bautista, con Herodes, Herodías y Salomé; en otro, un ciclo de la infancia de Cristo que incluye una Matanza de los Inocentes donde un demonio susurra al oído del rey, detalle que estudió la historiadora María Luisa Melero Moneo. Elías Terés Navarro y Carmen Jiménez Gil, autores de la monografía de referencia sobre el monasterio, relacionan estos ciborios con los de otras iglesias hospitalarias, como la Magdalena de Zamora.
Huerta, establo y un hoyo con monedas de José Bonaparte
El declive fue lento y administrativo antes que ruinoso. En el siglo XVI San Juan de Duero era ya una encomienda —un señorío de la orden gobernado por un comendador—; en 1580 consta como tal Rodrigo de Mexía. En el XVII la comunidad desapareció y el edificio empezó a vaciarse. La iglesia acabó sirviendo de establo y el claustro, de huerta. Caídos los tejados de las galerías, los arcos quedaron a la intemperie: la belleza de San Juan de Duero es, en parte, obra del abandono.
En 1861 Gustavo Adolfo Bécquer publicó «El monte de las ánimas», ambientada en la loma que se alza detrás del monasterio: «Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios», dice uno de sus personajes. La leyenda cuajó tanto que aún hoy mucha gente llega a los arcos buscando templarios. Los que vivieron aquí fueron otros caballeros: los hospitalarios.
En agosto de 1882 el conjunto fue declarado Monumento Nacional, y con el tiempo pasó a albergar la sección medieval del Museo Numantino. Pero la piedra aún guarda preguntas. En 2024 el Instituto del Patrimonio Cultural de España rastreó el subsuelo con georradar, y en 2025, con 55.992 euros de presupuesto y la dirección técnica de Juan José Gordón, abrió cuatro sondeos en el claustro. El informe, aprobado en abril de 2026, documenta tumbas de lajas de arenisca con cabecera antropomorfa anteriores a la construcción del claustro; un pozo de mampostería de un metro de diámetro, colmatado en el siglo XVIII y ligado a la huerta; y un hoyo de expolio abierto sobre una tumba central, fechado por monedas de Carlos III y de José Bonaparte. Alguien, no antes de la Guerra de la Independencia, excavó aquí buscando algo.
El debate sobre el origen tampoco está cerrado. En 2022 José Miguel Ávila Jalvo publicó en el boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando un análisis constructivo que sostiene que las arquerías fueron traídas de otro lugar y reensambladas aquí. Los arqueólogos del IPCE, en cambio, hablan de un «proyecto arquitectónico complejo, ejecutado de forma planificada». El claustro que quiso ser Jerusalén sigue obligando a mirar dos veces.
La visita
San Juan de Duero está en el paseo de las Ánimas, en la margen izquierda del Duero, a un paseo corto del centro de Soria cruzando el puente de piedra. A la capital se llega por la A-15 desde la A-2 a la altura de Medinaceli, o por la N-122, que sigue el río desde Aranda y El Burgo de Osma.
Abre de martes a domingo, lunes cerrado: por la mañana de 10 a 14 h y, salvo domingos y festivos, por la tarde desde las 16 h, con cierre que va de las 18 h en invierno a las 20 h en verano. La entrada es simbólica y los fines de semana, gratuita. Conviene confirmar el horario en la web del Museo Numantino, del que depende, o en el 975 230 218.

La mejor hora es la última de la tarde, cuando el sol bajo dibuja en el suelo otra arquería de sombra. Para completar la jornada: río abajo, por la senda de la orilla, San Polo y la ermita de San Saturio, colgada de la roca; en el centro, San Juan de Rabanera, Santo Domingo y la concatedral de San Pedro; y, a una hora hacia el oeste, la fortaleza califal de Gormaz, donde los arcos de herradura sí son de Córdoba.
La memoria de un lugar que nadie vio
San Juan de Duero enseña algo sobre cómo se construye el recuerdo. Casi ninguno de los sorianos que se enterraron bajo estas galerías pisó jamás Jerusalén; casi ninguno de los canteros que tallaron los arcos la vio. Trabajaron sobre un relato de segunda mano —un promotor que había estado allí, unas formas contadas, un nombre en un diploma— y con ese relato levantaron una Jerusalén de arenisca junto a un río castellano. Luego el tiempo le quitó el techo, Bécquer le cambió los dueños y la historiografía le puso la etiqueta equivocada. Y aun así el edificio sigue diciendo lo que quiso decir. Algunos monumentos se entienden mirándolos; este hay que escucharlo.
También en el cuaderno:
- La Vera Cruz de Segovia: doce lados y una leyenda equivocada — otra evocación del Santo Sepulcro y otros templarios que no lo eran.
- San Juan de Rabanera: la iglesia de Soria cuyo ábside no tiene igual — el románico de la misma ciudad, al otro lado del puente.
- Gormaz: el kilómetro de muralla con el que Córdoba fijó la frontera del Duero — los arcos de herradura auténticos, aguas abajo.
Fuentes
- Javier Martínez de Aguirre, «San Juan de Duero y el Sepulcrum Domini de Jerusalén», en Siete maravillas del románico español, Aguilar de Campoo, 2009 (diploma de 1152, dimensiones, hipótesis del Santo Sepulcro, Ewert y Bertaux).
- Elías Terés Navarro y Carmen Jiménez Gil, Monasterio de San Juan de Duero, Soria. Arquitectura e iconografía, 2008.
- José Miguel Ávila Jalvo, «El claustro de San Juan de Duero: análisis constructivo», Academia. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 122-123 (2022), pp. 45-83.
- Juan Antonio Gaya Nuño, El románico en la provincia de Soria, Madrid, 1946.
- María Luisa Melero Moneo, «El diablo en la Matanza de los Inocentes» (capitel de San Juan de Duero).
- Instituto del Patrimonio Cultural de España, nota sobre la campaña arqueológica de 2025.
- Soria Noticias: «Las excavaciones en los Arcos de San Juan de Duero dejan al descubierto varios enterramientos y un sorprendente pozo» (4-IX-2025) y «Las excavaciones en San Juan de Duero descubren sepulturas anteriores al claustro y un expolio del siglo XIX» (30-IV-2026); El Mirón de Soria, «La nueva campaña arqueológica en San Juan de Duero da sus primeros resultados».
- Ayuntamiento de Soria, ficha del Claustro de San Juan de Duero, y Turismo Soria, ficha del monumento (galerías, horarios).
- Gustavo Adolfo Bécquer, «El monte de las ánimas», 1861.
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- Elías Terés Navarro y Carmen Jiménez Gil, Monasterio de San Juan de Duero, Soria. Arquitectura e iconografía.
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