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Monasterio de Santo Domingo de Silos: el claustro que canta

Fecha 27 de septiembre de 2026
Lectura 10 min de lectura
Sección Monasterios y Císter
Autoría En el Campo Amarillo

Monasterio de Santo Domingo de Silos (Burgos): claustro románico de 64 capiteles y 60 arcos, horario de visita, el ciprés de 1882 y el Beato de 1109.

A las siete de la tarde, cuando el sol ya se ha ido del páramo y los cerros de sabinas se vuelven una línea parda, las campanas llaman a vísperas y las voces de la comunidad empiezan a cantar en latín. Es el Monasterio de Santo Domingo de Silos, en el sureste de la provincia de Burgos, y lo que se oye es el mismo canto gregoriano que en 1994 llegó al número tres de las listas de Estados Unidos. Pero la fama le vino a Silos mucho antes que los discos: su claustro románico, de dos pisos, con 64 capiteles en la planta baja y ocho grandes relieves en las esquinas, es uno de los conjuntos escultóricos más importantes de la Europa medieval.

Un prior expulsado que llegó para quedarse

El monasterio es anterior al santo que le da nombre. Un documento del año 954 conservado en su archivo lo cita ya como San Sebastián de Silos, en tiempos del conde Fernán González, cuando esta tierra de valles cerrados y sabinas era retaguardia de una Castilla que aún se estaba inventando. Las campañas de Almanzor, a finales del siglo X, lo dejaron maltrecho y casi vacío.

Lo levantó un riojano. Domingo Manso, nacido hacia el año 1000, había sido monje y prior de San Millán de la Cogolla hasta que se negó a entregar al rey García de Nájera los bienes que este reclamaba al monasterio y tuvo que marcharse. Fernando I de Castilla lo recibió y en 1041 lo envió a Silos como abad. Allí pasó treinta y dos años reconstruyendo iglesia, dependencias y patrimonio, y murió el 20 de diciembre de 1073. Fue canonizado en 1076 y su tumba convirtió el lugar en meta de peregrinos; hacia 1125 la casa ya no se llamaba San Sebastián, sino Santo Domingo.

Su vida la contó en latín el monje Grimaldo, por encargo del abad Fortunio, y siglo y medio después la puso en romance Gonzalo de Berceo: entre 1230 y 1237 escribió su Vida de Santo Domingo de Silos, 777 estrofas de cuaderna vía —la estrofa de cuatro versos alejandrinos con una sola rima que usaron los clérigos del XIII— que son, en el fondo, un cantar de gesta a lo divino.

Sesenta arcos y dos siglos de cincel

El abad Fortunio, sucesor de Domingo, consagró en 1088 una iglesia románica de tres naves. De ella solo queda la Puerta de las Vírgenes, labrada hacia 1120-1130, cuando se construyó el crucero. Lo que sí sobrevivió entero es el claustro, el patio porticado que ordena la vida de un monasterio y que aquí es casi un cuadrado: dos galerías de unos 33 metros, al norte y al sur, con 16 arcos cada una, y otras dos algo más cortas, al este y al oeste, con 14. Son arcos de medio punto que descansan sobre columnas pareadas, con un único capitel —la pieza esculpida que corona el fuste y recibe el peso del arco— para cada pareja.

No se hizo de una vez. Las galerías oriental y septentrional son las más antiguas: la guía del monasterio de la Junta de Castilla y León las sitúa hacia 1100, y los propios monjes las llevan a la segunda mitad del siglo XI. Las del oeste y el sur se terminaron en el último tercio del siglo XII, y el piso superior, más sobrio, entre finales de ese siglo y comienzos del XIII. La historiografía habla de un primer y un segundo maestro de Silos, dos talleres separados por varias décadas y por una manera distinta de entender la piedra.

Los capiteles del primer taller apenas cuentan historias: son un bestiario. Leones enredados en tallos, águilas con cabeza de león, aves con cuerpo de dragón, sirenas, pelícanos, buitres, hombres a lomos de machos cabríos, el caladrio —el ave fabulosa que, según los tratados medievales, sabía si un enfermo iba a morir con solo mirarle—. Todo en un relieve finísimo, casi de marfil, que bebe de las telas orientales y de las miniaturas mozárabes. El segundo taller, en cambio, narra: la infancia de Cristo y la Pasión, escena a escena.

El peregrino de Emaús

En cada esquina, donde dos galerías se encuentran, el machón —el pilar macizo que refuerza el ángulo— lleva en sus caras dos grandes relieves. Seis pertenecen a la etapa antigua y cuentan lo que ocurre después de la cruz: el Descendimiento, el Sepulcro y la Resurrección, los discípulos de Emaús, la duda de santo Tomás, la Ascensión y Pentecostés. Los dos restantes, la Anunciación y el árbol de Jesé, en el ángulo suroeste, se labraron a finales del siglo XII, con otra mano y otro tiempo en los pliegues.

El más citado es el de Emaús. Cristo camina con los dos discípulos que no lo reconocen, y el escultor lo vistió de peregrino, con el zurrón y la concha de vieira: el resucitado vestido de romero, esculpido en un monasterio que vivía de acoger a quienes llegaban a pie hasta la tumba de su santo. Las figuras, alargadas, cruzan las piernas en ese paso de danza tan propio de Silos.

Arriba, sobre la galería baja, corre el otro gran tesoro del claustro: el alfarje, una techumbre plana de madera, sin bóveda, pintada en época mudéjar. Sus partes más antiguas se catalogan entre 1366 y 1384, el año en que un incendio arrasó buena parte del monasterio, y reúnen más de seiscientas representaciones de temas religiosos y profanos: un repertorio de la Castilla del siglo XIV que se contempla desde abajo, con la cabeza echada hacia atrás. En el mismo claustro reposan el sepulcro del santo, con su yacente del siglo XIII, y la Virgen de Marzo, talla de esa misma centuria.

Los libros que se fueron

Silos no solo tallaba piedra. En su escritorio se copió uno de los grandes beatos, los comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana: los monjes Munnio y Dominico acabaron el texto el 18 de abril de 1091 y el prior Pedro terminó sus 106 miniaturas el 30 de junio de 1109. De aquí salieron también las Glosas Silenses, anotaciones en romance en los márgenes de un penitencial latino de finales del siglo XI, testigos de una lengua que aún no sabía que se llamaba castellano. Y del taller de esmaltes del monasterio salió, hacia 1150-1170, el frontal que hoy guarda el Museo de Burgos.

Casi todo acabó lejos. El Beato dejó Silos en el siglo XIV, pasó por varias bibliotecas y llegó a la Biblioteca Real de Madrid, de donde se lo llevó José Bonaparte, que lo vendió al British Museum en 1840. Hoy es el manuscrito Add. MS 11695 de la British Library, igual que el penitencial de las glosas. Tampoco la iglesia románica resistió al gusto de la Ilustración: en 1751 se derribó para levantar un templo neoclásico según trazas de Ventura Rodríguez, que no se concluyó hasta el final del siglo.

El golpe definitivo llegó en noviembre de 1835. Con el decreto de exclaustración de Mendizábal la comunidad se dispersó, y la biblioteca con ella: en 1850 salieron 402 volúmenes hacia la Real Academia de la Historia y en 1863 otros 6.090 fueron a la biblioteca provincial de Burgos. Durante cuarenta y cinco años el claustro quedó sin comunidad.

Un ciprés, dieciocho de diciembre

El 18 de diciembre de 1880 llegaron a Silos unos benedictinos franceses de la abadía de Ligugé, guiados por dom Ildefonso Guépin, monje de Solesmes. Traían dos cosas: la voluntad de restaurar la casa y el canto gregoriano tal y como Solesmes lo había reconstruido a partir de los manuscritos medievales. Rebuscaron en subastas los códices dispersos, desmontaron y repararon el alfarje entre 1888 y 1890, y en 1882 plantaron un ciprés en el patio. Hoy pasa de los 25 metros.

Ese árbol tiene soneto propio. Gerardo Diego lo escribió en 1924 en el libro de visitas del monasterio —«Enhiesto surtidor de sombra y sueño»— y desde entonces el ciprés de Silos es tan parte del claustro como los capiteles. En 1931 el conjunto fue declarado Monumento Nacional; un incendio en 1970 obligó a una nueva restauración en 1971-1972; y la botica del siglo XVIII, con cuatrocientos botes de cerámica de Talavera hechos para el monasterio, volvió a casa en 1927 gracias a la compra y donación de Juan de Aguirre. El resto lo hizo el disco: unas grabaciones de los años setenta, reeditadas en 1994 bajo el título Chant, que pasaron más de un año en la lista Billboard y llevaron a miles de curiosos hasta un pueblo pequeño del sur de Burgos.

La visita

Santo Domingo de Silos está a unos 60 kilómetros al sureste de Burgos. Desde el norte se llega por Lerma y la BU-900, pasando por Covarrubias; desde Madrid, por la A-1 hasta la zona de Gumiel y después por la BU-910 hacia el norte. Esta última entrada tiene premio: la carretera cruza en túnel el desfiladero de la Yecla justo antes del pueblo, y una pasarela permite recorrer a pie la garganta caliza.

El claustro, el museo y la botica se visitan de lunes a sábado de 10:00 a 13:00 y de 16:30 a 18:00; domingos y festivos, de 12:00 a 13:00 y de 16:00 a 18:00. Cierra el 1 de enero y el 25 de diciembre, y alguna fiesta monástica. La entrada general cuesta 4 euros y es gratuita los miércoles por la tarde. Las vísperas cantadas son a las 19:00, en la iglesia, y merece la pena quedarse: el gregoriano se entiende mejor allí que en ningún disco. Conviene confirmar el horario en la web de la abadía antes de ir.

Para completar la jornada: el Parque Natural de los Sabinares del Arlanza-La Yecla, con sus sabinas centenarias; Covarrubias, a unos 18 kilómetros; las ruinas de San Pedro de Arlanza, junto al río; y, a unos 30 kilómetros hacia el sur, la ciudad romana de Clunia.

Lo que queda cuando todo se va

Silos lo perdió casi todo, varias veces. Se fue su iglesia románica, se fue su beato a Londres, se fueron sus libros a Madrid y a Burgos, se fueron los monjes. Lo que no pudo irse fue el claustro, porque la piedra no se subasta con facilidad, y fue precisamente el claustro el que atrajo de vuelta a los monjes, y los monjes los que devolvieron el canto, y el canto el que llenó el patio de gente. Un monumento no es solo lo que se conserva, sino lo que obliga a volver. En Silos, esa obligación tiene forma de sesenta arcos y de un ciprés que apunta hacia arriba sin terminar nunca de llegar.

También en el cuaderno:

Fuentes


#publi · Para seguir tirando del hilo: el poema de Berceo sobre el abad riojano y el estudio clásico del claustro. Los enlaces de este bloque son de afiliado: si compras a través de ellos, el blog recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti.

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