Belmonte: la estrella de seis puntas que un cortesano dibujó sobre La Mancha
En 1456, Juan Pacheco mandó levantar sobre el cerro de San Cristóbal una fortaleza cuya planta no se parece a ninguna otra en España: un triángulo que se abre en polígono de nueve lados y seis torres. Cinco siglos después pasó 319 días en la Lista Roja del patrimonio.
1456. Sobre el cerro de San Cristóbal, en el borde nororiental de La Mancha, los canteros empiezan a replantear una planta que no se parece a la de ningún otro castillo de Castilla. No hay un cuadrado con torres en las esquinas ni una torre del homenaje rodeada de liza. Hay un triángulo equilátero que se quiebra y se abre hasta convertirse en un polígono de nueve lados, con seis torres clavadas en los vértices. Visto desde arriba —desde donde nadie lo vería hasta cinco siglos después—, el castillo de Belmonte dibuja una estrella de seis puntas.
Quien lo mandó levantar no era rey. Era algo más incómodo: el hombre que decidía por el rey.

El hombre que gobernaba Castilla sin ser rey
Juan Pacheco, primer marqués de Villena, fue el prototipo del privado castellano del siglo XV: nacido en la propia Belmonte, criado en la casa del infante don Enrique, encumbrado cuando aquel infante se convirtió en Enrique IV. Durante tres décadas manejó la corte con una mezcla de habilidad diplomática y deslealtad calculada, cambiando de bando cada vez que el bando propio dejaba de convenirle. Acumuló señoríos, villas y el maestrazgo de la Orden de Santiago. Y acumuló, sobre todo, fortalezas.
Ese es el contexto de Belmonte. El marquesado de Villena era un enorme corredor de tierras entre Castilla, Aragón y Murcia, y las guerras sucesorias que envenenaron el reinado de Enrique IV —el pleito interminable sobre si la heredera legítima era su hija Juana o su hermana Isabel— convirtieron cada castillo señorial en una ficha de negociación. Pacheco no construyó en el cerro de San Cristóbal para resistir un asedio improbable. Construyó para que se viera desde la llanura quién mandaba allí.
Es la misma lógica que levantó, en esos mismos años, otras declaraciones de piedra: el castillo de Coca para los Fonseca o el castillo de Mombeltrán para Beltrán de la Cueva, precisamente el rival de Pacheco en el favor del rey. La nobleza castellana del cuatrocientos se peleaba en la corte y se respondía en el paisaje.
Un triángulo que se abre en estrella
La traza se atribuye a Hanequín de Bruselas, el maestro de origen flamenco que dirigió la obra de la catedral de Toledo, y el catálogo regional apunta también a Juan Guas —el gran arquitecto del gótico isabelino, que trabajó además en la colegiata de la propia villa— como probable rematador de los trabajos. Las obras se prolongaron hasta finales de la década de 1460 y la fortaleza quedó probablemente concluida hacia 1474, ya bajo Diego López Pacheco, segundo marqués.
El resultado es una planta que los expertos llaman atenazada: los muros no cierran un perímetro liso, sino que se pliegan en ángulos entrantes y salientes, como unas tenazas. La ventaja es puramente balística. En un lienzo recto, el defensor solo puede disparar de frente y el pie de la muralla queda ciego; con los paños quebrados, cada tramo de muro es batido desde el tramo vecino y no queda ángulo muerto. Belmonte lleva ese principio hasta el extremo geométrico: nueve lados, seis torres cilíndricas de unos veintidós metros, y una barrera artillera exterior perforada por cerca de un centenar de puntos de disparo entre troneras —las aberturas de boca redonda pensadas para armas de fuego— y aspilleras, las rendijas verticales para ballesta y arco. El recinto se cierra con tres puertas: la del Campo, la de la Villa y la de los Peregrinos.

Todo eso, y sin embargo, la torre del homenaje quedó truncada. El castillo nunca llegó a terminarse del todo.
Cien bocas de fuego y un techo de mocárabes
Por dentro, la fortaleza se olvida de la guerra. Belmonte es un palacio gótico-mudéjar y lo demuestra en el techo. La Sala del Gobernador —unos ciento cincuenta metros cuadrados, el marco solemne del poder señorial— se cubre con una armadura de par y nudillo: la carpintería de tradición hispanomusulmana en la que dos vigas inclinadas (los pares) se traban a un tercio de su altura por un travesaño (el nudillo), de modo que el techo dibuja un fondo plano entre dos faldones. Es la solución que permitió cubrir grandes salas sin bóveda de piedra y decorarlas como una alfombra suspendida.

La capilla, octogonal, y la llamada sala de embajadores conservan artesonados con mocárabes, esos racimos de prismas escalonados que cuelgan del techo como estalactitas y que en Castilla son cita directa del vocabulario nazarí. En las yeserías góticas que enmarcan los vanos aparece una y otra vez el escudo de los Pacheco. Y en dos ventanas se despliega un bestiario medieval de cincuenta y nueve figuras talladas en piedra: el catálogo de monstruos, animales y grutescos con el que el siglo XV amueblaba su imaginación.
La paradoja está servida. Un edificio erizado de troneras cuyo verdadero contenido es un salón de fiestas. Como en el palacio del Infantado, la fortaleza es en buena medida un argumento.
El siglo en que dejó de ser casa
Juan Pacheco murió en 1474, el mismo año en que su castillo se daba por acabado. Su hijo apostó por Juana en la guerra de sucesión castellana y perdió: los Reyes Católicos desmembraron buena parte del marquesado de Villena y la casa se replegó hacia otros dominios. Belmonte dejó de ser residencia y empezó a ser inmueble.
Lo que sigue es la biografía habitual de los castillos castellanos, contada en usos: cuartel durante las guerras del XIX, cárcel de partido, más tarde academia del Frente de Juventudes, y entre medias largos periodos de nada. Los tejados se hunden por donde siempre se hunden, la piedra se aprovecha, la maleza sube por la barrera artillera. Nadie derriba un castillo: simplemente se deja de mirar.
Una emperatriz con planos neogóticos
La interrupción llega desde París. Eugenia de Montijo, granadina de nacimiento y emperatriz de los franceses por matrimonio con Napoleón III, heredó entre sus muchos títulos el marquesado de Villena. Hacia 1857 mandó restaurar el castillo de sus antepasados y encargó los trabajos al arquitecto Alejandro Sureda, que rehízo los interiores en clave neogótica: chapados de ladrillo en las fachadas del patio, barandillas nuevas, techos y solados repuestos. Las cuentas hablan de más de un millón y medio de reales gastados hasta 1870.
Es una restauración de su tiempo, con todo lo que eso significa: no devolvió el edificio al siglo XV, sino al siglo XV que el XIX quería ver. Pero le puso techo. Eugenia murió en 1920 y su sobrino nieto, duque de Peñaranda, continuó las obras. Después vino otra vez el silencio, y el silencio duró casi un siglo.
Trescientos diecinueve días en la Lista Roja
El 29 de enero de 2008, Hispania Nostra incluyó el castillo de Belmonte en su Lista Roja del Patrimonio con un motivo escueto: deterioro por abandono. El 13 de diciembre de ese mismo año lo retiró. Entre una fecha y otra hay trescientos diecinueve días, un plazo insólito en un catálogo donde los edificios envejecen esperando durante décadas.
Lo que ocurrió en ese hueco fue una rehabilitación financiada a tres bandas —el entonces Ministerio de Fomento, el ayuntamiento y los propietarios privados, la casa ducal de Peñaranda y Montijo— que devolvió cubiertas, consolidó estructuras y musealizó el conjunto. El castillo reabrió al público en el verano de 2010 y una segunda fase de obras se prolongó hasta bien entrada la década siguiente. Hoy es visitable, tiene audioguía en cuatro idiomas y, desde 2018, un parque exterior con más de cuarenta réplicas a escala real de máquinas de asedio de cinco siglos distintos.
La declaración de protección, en cambio, era vieja: llegó en 1931, en la gran tanda republicana de monumentos histórico-artísticos. Setenta y siete años de papel no habían impedido que se cayera el tejado. La lección es incómoda y conviene no olvidarla: una figura de protección no es una obra de reparación.
La visita
Belmonte está en el extremo occidental de la provincia de Cuenca, en plena Mancha, y se llega por la N-420, que enlaza directamente con la capital conquense a unos 95 kilómetros. Desde Madrid, el camino más lógico es la A-3 hacia Valencia y desviarse a la altura de Tarancón hacia La Puebla de Almenara y Osa de la Vega; desde Valencia, la propia A-3 hasta enganchar la N-420 en La Almarcha. Hay autobús desde Madrid (Méndez Álvaro), Cuenca y Valencia.
El castillo está en la calle de Eugenia de Montijo, sin número, sobre el pueblo. En temporada alta —del 21 de abril al 20 de septiembre— abre de 10:00 a 14:00 y de 16:30 a 20:30, con cierre los lunes salvo en agosto y última entrada cuarenta y cinco minutos antes; conviene confirmar horarios antes de salir, porque cambian con la estación. Calcule hora y media para el recinto y otra media larga para el parque de máquinas de asedio.

Y no se marche sin bajar al pueblo. Belmonte conserva buena parte de su muralla medieval y tres de sus cinco puertas, y su colegiata de San Bartolomé guarda sillería, retablos y un órgano dieciochesco que todavía suena. Aquí nació en 1527 Fray Luis de León. A un cuarto de hora está Mota del Cuervo con sus molinos en el cerro; a otro tanto, Villaescusa de Haro y su capilla de la Asunción. Y si viene desde Madrid, la ciudad romana de Segóbriga queda casi de paso.
La geometría no salva a nadie
Belmonte es la fortaleza más sofisticada que se construyó en la Castilla del cuatrocientos y, al mismo tiempo, una de las más inútiles. Su planta estrellada resolvía un problema balístico que la artillería de pólvora estaba a punto de dejar obsoleto; su torre del homenaje se quedó sin rematar; su dueño murió antes de habitarla del todo; su heredero perdió la guerra que aquellos muros debían ganar. Lo que la ha mantenido en pie no ha sido nunca su capacidad defensiva, sino una sucesión improbable de caprichos: el orgullo de un cortesano, la nostalgia de una emperatriz destronada, el 1,5 % cultural de un ministerio.
Quizá sea eso lo que enseñan los castillos castellanos cuando se les mira despacio. No sobreviven los más fuertes, sino los que alguien —en cada siglo, por motivos distintos y casi siempre poco heroicos— decide seguir mirando. En el cerro de San Cristóbal, la estrella de seis puntas lleva más de cinco siglos esperando ese gesto. De momento, sigue teniéndolo.
También en el cuaderno:
- El Castillo de Coca: la fortaleza de ladrillo mudéjar que convirtió la tierra en arte
- El castillo de Mombeltrán: la fortaleza que Beltrán de la Cueva alzó sobre Gredos
- El Palacio del Infantado: la cumbre del gótico civil castellano en Guadalajara
Fuentes
- Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, ficha del Castillo de Belmonte, Catálogo del Patrimonio Cultural.
- Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, Castillo de Belmonte, monumentos y yacimientos visitables.
- Hispania Nostra, ficha del Castillo de Belmonte en la Lista Roja del Patrimonio (alta: 29-I-2008; baja: 13-XII-2008).
- Urbipedia, Castillo de Belmonte, archivo de arquitectura.
- Casa Ducal de Peñaranda y Montijo, Historia del Castillo e información de visita, castillodebelmonte.com.
- Ayuntamiento de Belmonte, Cómo llegar, turismobelmonte.es.
- Turismo de Castilla-La Mancha, Belmonte.
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- Castillos medievales de España, de Luis Monreal y Tejada y Albert Ollé Martín.
- Castillos de España, tomo II: Castilla-La Mancha y Castilla y León (Tesoros Everest del arte español).
- 101 castillos de España sorprendentes, de Andrés Guzmán Silva.
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