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Castillos y fortificaciones

La Mota: la fortaleza hecha para la pólvora que perdió a su preso por una cuerda

Fecha 27 de septiembre de 2026
Lectura 10 min de lectura
Sección Castillos y fortificaciones
Autoría En el Campo Amarillo

El castillo de la Mota de Medina del Campo fue la fortaleza artillera más avanzada de su tiempo. Se recuerda, sin embargo, por sus huéspedes: Juana en la barrera, César Borgia descolgándose de la torre, Hernando Pizarro veinte años preso.

25 de octubre de 1506. Es de noche en Medina del Campo y un preso de treinta y un años, hijo de un papa y antiguo cardenal, se descuelga con sogas desde lo alto de la torre del homenaje del castillo de la Mota. No llega entero al foso, pero llega. Es César Borgia, y la Corona pondrá diez mil ducados por su captura. La fortaleza más avanzada de su tiempo, la que los Reyes Católicos habían erizado con más de doscientas bocas de fuego, acababa de perder a su huésped más valioso por una cuerda.

Un altozano en la llanura de las ferias

En Castilla se llama mota a una elevación del terreno, y en la llanura de Medina cualquier altura, por modesta que sea, es una ventaja militar. Sobre este altozano hubo poblamiento ya en la Edad del Hierro, y sobre él se cercó la villa cuando se repobló la Tierra de Medina, hacia 1080. Del recinto del siglo XII quedan restos de calicanto, mortero de cal con cantos rodados: así se construía donde no había piedra que tallar.

Esa es la condición de la comarca: cereal y arcilla, horizontes planos, rastrojos dorados en septiembre y un cielo que ocupa tres cuartas partes del paisaje. Medina no creció al amparo de un río ni de una sierra, sino del comercio: sus ferias generales la convirtieron a finales de la Edad Media en una de las grandes plazas mercantiles y financieras de Europa. Una villa así necesitaba un castillo. Lo que resulta menos obvio es que llegara a tener este.

Tres reyes y un arzobispo

El castillo que vemos es del siglo XV y de muchas manos con intereses opuestos. Hacia 1433 el infante Juan de Aragón, señor de Medina, grava a los vecinos para costear obras en la fortaleza. Tras la primera batalla de Olmedo, en 1445, la villa vuelve a la órbita de Juan II de Castilla, y su hijo Enrique IV levanta hacia 1460 la pieza que define la silueta del conjunto: la torre del homenaje, que debía de estar acabada en 1468.

En 1464 el propio Enrique IV entregó el castillo al arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, uno de los prelados más turbulentos del reino, y la Corona no lo recuperó hasta 1475, con Isabel y Fernando ya en el trono y la guerra sucesoria abierta. Los nuevos reyes sacaron una conclusión práctica: Medina era demasiado importante para dejarla en manos ajenas, y su castillo demasiado viejo para la guerra que venía.

Cuatro millones de maravedíes contra la pólvora

Entre 1476 y 1483 los Reyes Católicos rodearon el viejo castillo con una barrera, un segundo recinto bajo y grueso que se adelanta al muro principal para recibir el primer golpe, y excavaron alrededor un foso profundo de taludes inclinados. Siete años de obra y algo más de cuatro millones de maravedíes, una fortuna para la época. La dirigieron dos hombres de oficios muy distintos: el maestro Fernando, artillero de los ejércitos reales, y el maestro Abdalla, alarife mudéjar, es decir, maestro albañil formado en la tradición constructiva de origen andalusí. Un experto en pólvora y un experto en ladrillo: la combinación explica el resultado.

La barrera se organiza en cuatro niveles de tiro, con más de doscientas troneras —aberturas para la boca de un arma de fuego, abocinadas para que el tirador pueda girar la pieza— y más de medio kilómetro de galerías dentro de los muros, con sus propios sistemas de ventilación para que el humo no asfixiara a los artilleros. No es un castillo al que se le añadieron cañones: es una máquina de disparar a ras de foso, pensada para que nadie alcanzara el pie de los muros sin quedar en fuego cruzado. Un eslabón entre el castillo medieval y la fortaleza artillera moderna.

Todo en ladrillo rojizo, el material de la tierra, trabajado con la precisión de los alarifes. La torre del homenaje tiene planta cuadrada de trece metros de lado y unos treinta y ocho de altura —las guías la redondean en cuarenta—, cinco plantas y, en lo alto, matacanes, balcones con el suelo abierto para arrojar proyectiles sobre quien atacaba el pie del muro, y ocho garitones, torrecillas voladas de vigilancia. Dentro se conserva el Mirador de la Reina, una estancia angosta con bóveda mudéjar policromada. Por fuera, guerra; por dentro, ornamento.

Una princesa en la barrera

Una fortaleza así sirve para resistir asedios, pero también para guardar lo que la Corona no quiere perder. La Mota custodió durante un tiempo documentos del archivo real, antes de que Simancas se convirtiera en la gran caja fuerte de papel de la monarquía. Y custodió personas.

En noviembre de 1503, la princesa Juana, heredera de Castilla, estaba en Medina bajo la vigilancia del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, y quería reunirse con su marido, Felipe el Hermoso, en Flandes. Una tarde salió a pie hasta la última puerta del castillo, resuelta a marcharse, y cuando le cerraron el paso se negó a volver: pasó esa noche y la siguiente en la barrera, a la intemperie, sin aceptar resguardo contra el frío de la meseta. Eduardo Rosales pintó la escena en un lienzo que dejó inacabado al morir, en 1873, y que guarda el Museo del Prado.

Isabel la Católica murió en Medina un año después, el 26 de noviembre de 1504. Aquellas noches en la barrera son el primer capítulo público de una leyenda —la de la reina loca— que la historiografía actual discute con buenas razones.

La noche del Valentino

César Borgia llegó a la Mota como prisionero de Estado. Detenido en Nápoles tras la muerte de su padre, Alejandro VI, había pasado antes por el castillo de Chinchilla, en Albacete. La Corona no lo quería muerto ni libre: lo quería guardado.

La noche del 25 de octubre de 1506, con ayuda desde fuera, se descolgó de la torre. Llegó al foso malherido, pero alcanzó Villalón, en dominios del conde de Benavente, que le dio amparo. Disfrazado, siguió hacia el norte: el 29 de noviembre estaba en Santander, donde lo interrogaron sin reconocerlo; embarcó en Castro Urdiales y el 3 de diciembre llegaba a Pamplona, a la corte de su cuñado, el rey de Navarra. Murió en marzo de 1507, en una emboscada ante Viana. La cuerda de la Mota le había comprado cinco meses.

Hubo otros presos ilustres. Hernando Pizarro, hermano del conquistador del Perú, entró en 1541 y no salió hasta el 17 de mayo de 1561: veinte años de encierro durante los que siguió administrando sus negocios americanos y se casó con su sobrina Francisca. Por sus estancias pasaron también Fernando de Aragón, duque de Calabria, y Rodrigo Calderón, el poderoso secretario del duque de Lerma. El castillo artillero más moderno de Castilla terminó siendo, sobre todo, una cárcel.

Ceniza en agosto, ruina en invierno

La villa tuvo peor suerte que sus presos. El 21 de agosto de 1520, en plena guerra de las Comunidades, las tropas realistas de Antonio de Fonseca y Rodrigo Ronquillo llegaron a Medina para llevarse la artillería real. Los vecinos se negaron a entregarla, temiendo que se usara contra Segovia, y los soldados prendieron fuego a la villa. Ardió buena parte del caserío y el convento de San Francisco, donde los mercaderes guardaban sus mercancías de feria. La quema empujó a media Castilla, empezando por Valladolid, a la causa comunera.

El castillo sobrevivió a la guerra, pero no al tiempo. Con el declive de las ferias perdió su razón de ser, y a comienzos del siglo XX era una ruina imponente. El 8 de noviembre de 1904 fue declarado monumento nacional.

Del ladrillo roto al ladrillo nuevo

La recuperación fue larga y no siempre inocente. Teodosio Torres rehízo almenas y parapetos entre 1913 y 1916, y Juan Agapito y Revilla consolidó lo más débil hasta 1929. La intervención decisiva llegó tras la Guerra Civil: entre 1939 y 1942, bajo la supervisión de Pedro Muguruza, Francisco Íñiguez Almech devolvió al castillo su aspecto actual. El 29 de mayo de 1942 se entregó a la Sección Femenina de Falange, que tuvo allí su Escuela Mayor de Mandos hasta enero de 1977. Parte de lo que el visitante toma por medieval es una reconstrucción de posguerra con intención simbólica.

Hoy pertenece a la Junta de Castilla y León. Desde 1992, el arquitecto Fernando Cobos Guerra ha dirigido una etapa distinta, basada en documentar, diagnosticar y excavar antes de tocar un ladrillo; en julio de 2010 la torre del homenaje volvió a abrirse al público.

La visita

Medina del Campo está a unos 45 kilómetros al sur de Valladolid y a unos 150 de Madrid por la A-6, que pasa junto a la villa; tiene estación de tren con servicios de alta velocidad, a menos de una hora de Madrid. El castillo se alza a las afueras, a un paseo de la plaza mayor.

Las visitas salen del Centro de Recepción de Visitantes (983 810 063 y 983 812 724) y se reservan en la web oficial del castillo. La guiada a la torre dura unos cincuenta minutos, en grupos de cinco a quince personas, y cuesta 5 euros, o 9 si se combina con el resto del castillo y las galerías de la barrera; no se recomienda con vértigo, claustrofobia o movilidad reducida. Hay audioguía en español, inglés y francés y, en verano, visitas teatralizadas. Conviene consultar antes: algunos días la torre cierra por obras.

En la villa esperan la colegiata de San Antolín, la plaza mayor que fue escenario de las ferias y el Museo de las Ferias. A media hora al norte, Tordesillas, donde Juana pasó casi medio siglo de encierro; hacia el sureste, Coca, el otro gran castillo de ladrillo de la meseta.

Los muros y sus huéspedes

Se construye una fortaleza contra un enemigo, y casi nunca es ese enemigo el que acaba dándole nombre. La Mota se pensó para una guerra artillera, con doscientas troneras apuntando a un asaltante imaginario, y sin embargo nadie la recuerda por un asedio. Lo que tuvo fueron inquilinos: una princesa que se negó a entrar, un Borgia que se negó a quedarse, un conquistador que envejeció administrando imperios desde una celda. Los castillos se recuerdan por lo que resistieron. Este se recuerda por lo que no pudo retener.

También en el cuaderno:

Fuentes


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