En Castilla nadie es más que nadie Patrimonio · Historia · Arte · Memoria Suscribirse
Castillos y fortificaciones →
Castillos y fortificaciones

Las dos Calatravas: la orden militar que se llevó el nombre de mudanza

Fecha 27 de septiembre de 2026
Lectura 11 min de lectura
Sección Castillos y fortificaciones
Autoría En el Campo Amarillo

Una ciudad omeya documentada en el año 785 y un convento blindado de cuarenta y cinco mil metros cuadrados, separados por el Campo de Calatrava. Entre los dos cerros nació en 1158 la primera orden militar de la península, y el nombre del sitio que abandonó en 1217 acabó designando media provincia.

El foso mide setecientos cincuenta metros de largo y unos diez de profundidad media, y no lo llenaba la lluvia: lo llenaba el Guadiana, desviado a propósito para que rodeara el cerro. Eso no es una zanja defensiva. Es una obra hidráulica pensada por gente que no tenía la menor intención de marcharse. Tres siglos y medio después, los caballeros que habían tomado de aquel sitio su nombre recogieron el archivo, las reliquias y el título, se fueron a otro cerro más alto y más seco, y allí volvieron a llamarse igual. Desde entonces hay dos Calatravas en la provincia de Ciudad Real, y solo una de ellas es la verdadera. La cuestión es cuál.

Qal’at Rabah, la ciudad que vigilaba el vado

La primera Calatrava no fue un castillo: fue una ciudad. Los omeyas la levantaron sobre un cerro de 619 metros en la margen izquierda del Guadiana, donde hoy termina por el este el embalse del Vicario, a seis kilómetros y medio al norte de Carrión de Calatrava. La documentación la menciona por primera vez en el año 785, en tiempos de Abd al-Rahman I, con el nombre de Qal’at Rabah, el castillo de Rabah, del que salió por corrupción romance el topónimo que hoy nombra una comarca entera, media docena de pueblos y una provincia partida por la mitad.

El recinto dibuja una elipse ajustada al contorno del cerro: unos cuatrocientos metros de eje mayor de este a oeste, ciento noventa de norte a sur, y alrededor de cincuenta torres de flanqueo repartidas por el perímetro. En la proa, el alcázar, de planta triangular y unos tres mil quinientos metros cuadrados, defendido por dos torres pentagonales —la punta hacia el enemigo, para desviar los proyectiles de las máquinas de asedio— y, en el frente sur, por dos torres albarranas, esto es, torres exentas unidas a la muralla por un arco o un puente, de modo que puedan batir el pie del muro sin comprometer el recinto si caen. Al oeste, la medina, más de cuatro hectáreas de trama urbana amurallada con unas cuarenta torres de planta cuadrada. Y desde el alcázar, bajando hasta el río, dos corachas: los muros dobles que protegen el camino al agua, la pieza que decide cuánto aguanta una plaza sitiada.

Calatrava fue capital de una región extensa y arbitró las revueltas beréberes de los siglos VIII y IX. En 853 la arrasaron unos rebeldes toledanos y Muhammad I mandó reconstruirla entera; deshecho el califato a partir de 1031, se la disputaron las taifas de Sevilla, Córdoba y Toledo. En 1147 la tomó Alfonso VII y se convirtió de golpe en la plaza cristiana más avanzada frente al islam: un cerro solo, muy por delante de cualquier refuerzo.

Los templarios devolvieron la plaza; un abad del Císter la aceptó

Aquí ocurre lo importante, y ocurre por una renuncia. Los templarios, que tenían encomendada la defensa de Calatrava, llegaron a la conclusión de que la plaza era indefendible y la devolvieron a la Corona. En 1158, Sancho III ofreció la ciudad a quien se atreviera a quedársela, y quien se atrevió fue el abad Raimundo de Fitero, monje del Císter, acompañado del fraile Diego Velázquez, que había sido soldado. De aquel gesto —una orden contemplativa aceptando un puesto de frontera que los profesionales de la guerra habían rechazado— nació la Orden de Calatrava, la primera orden militar autóctona de la península ibérica y el modelo que copiarían después Santiago, Alcántara y Montesa.

Duró treinta y siete años. El 19 de julio de 1195, el ejército castellano se desfondó en Alarcos, a pocas leguas de allí, y los almohades recuperaron Calatrava. Alfonso VIII no la recobró hasta 1212, pocos días antes de Las Navas de Tolosa. Para entonces la orden ya tenía otro sitio en la cabeza.

Un convento con cuarenta y cinco mil metros cuadrados de muralla

El sitio nuevo era el cerro de Dueñas, en el término de Aldea del Rey, a 925 metros de altitud y con doscientos sesenta y cinco metros de desnivel sobre el llano: un mirador sobre el paso natural hacia Andalucía, y enfrente, en otro cerro, el castillo de Salvatierra. Los calatravos habían andado detrás de aquel emplazamiento desde 1191, cuando se les donó, y Alfonso VIII les confirmó la propiedad íntegra en 1201. Entre 1213 y 1217 levantaron la fortaleza y trasladaron allí la sede. La iglesia se empezó hacia 1218 y en 1246 ya se enterraba dentro.

Lo que se conserva son tres recintos amurallados encadenados sobre más de cuarenta y cinco mil metros cuadrados. Los muros principales tienen unos dos metros de espesor y entre diez y catorce de altura exterior, levantados en mampostería —piedra sin labrar, trabada con mortero— de cuarcita de la propia sierra, más una muralla interior de ciento cincuenta metros con treinta almenas y cuatro torres cilíndricas. No es un castillo con capilla: es un monasterio blindado, con claustro, sala capitular, refectorio, cocinas, hornos, caballerizas y hospedería.

La iglesia del siglo XIII es la pieza que justifica la subida. Tres naves, la central más alta, con los muros en cuarcita gris y los pilares, los arcos de las puertas y los nervios de las bóvedas tallados en roca volcánica roja, que en el Campo de Calatrava se tiene a mano porque aquello es un campo de volcanes apagados. El contraste entre la piedra gris del muro y la roja de la nervadura no es decorativo por accidente: es la geología local convertida en criterio de obra. Las bóvedas se cerraron con ladrillo puesto de canto formando un despiece que las fichas describen como de nido de golondrina, una solución más morisca que cisterciense. Y sobre la Puerta de la Estrella se abre el rosetón, también labrado en roca volcánica, que es lo primero que ve quien llega por el camino empedrado.

El terremoto de Lisboa y una mudanza que tardó doscientos años en cumplirse

Un convento a novecientos metros de altura, expuesto a todos los vientos de la Meseta, consume mantenimiento sin descanso: tejados, ventanas y cañerías en reparación perpetua. Felipe II subió en 1560 y de aquella visita salió el camino empedrado que todavía se pisa; ocho años después, el papa Pío V autorizó por bula el traslado de la comunidad, aunque sin obligar a ejecutarlo. Los freires siguieron allí dos siglos más.

El golpe definitivo lo dio el terremoto de Lisboa de 1755, cuyos desperfectos remataron lo que el viento llevaba dos siglos empezando. El 15 de junio de 1802 se dio posesión de la Casa de los Grandes Maestres de Almagro al subprior Vicente Gutiérrez Thena, y la comunidad bajó del cerro. Después, el desorden del siglo: entre 1808 y 1814 el gobierno intruso disolvió las órdenes militares; en 1816 el Sacro Convento se instaló en el Monasterio de la Asunción de Almagro; en 1835 la desamortización lo suprimió definitivamente. La fortaleza quedó vacía y los materiales aprovechables fueron desapareciendo, que es como se arruinan casi todos los monumentos castellanos: no de golpe, sino a carretadas.

Lo que sale de la tierra cada agosto

Las dos Calatravas se declararon monumento en junio de 1931, en aquella tanda republicana que salvó sobre el papel medio patrimonio español. Lo demás llegó mucho más tarde. Calatrava la Vieja fue expropiada por la Junta de Comunidades en 1984 y declarada Bien de Interés Cultural con categoría de Zona Arqueológica por el Decreto 60/1992, de 28 de abril. En 1980, Miguel Fisac —arquitecto de Daimiel, a media hora de allí— firmó el proyecto de restauración de Calatrava la Nueva, orientado a recuperar espacios, perspectivas y volúmenes antes que a reconstruir: la calzada de acceso, el tendido eléctrico enterrado, la muralla exterior y las galerías abovedadas consolidadas, la Puerta del Sol limpia. El 19 de julio de 2003 ambos yacimientos quedaron integrados en el Parque Arqueológico Alarcos-Calatrava.

Y en la Vieja se sigue cavando. Las campañas que dirigen Manuel Retuerce Velasco, de la Universidad Complutense, y el arqueólogo Miguel Ángel Hervás Herrera arrancaron en 1984 y no se han detenido. La de 2025 se desarrolló del 18 de agosto al 12 de septiembre con doce estudiantes de la Complutense y de la Universidad de Castilla-La Mancha, y se centró en las estructuras emirales del frente occidental del alcázar —los siglos VIII a X, la Calatrava fundacional—, con hallazgos de cerámica vidriada de tipo Pechina. Queda medina entera bajo el rastrojo: la geofísica confirma que el subsuelo está lleno aunque en superficie no se vea nada.

La visita

Calatrava la Nueva está en el término de Aldea del Rey, en la carretera de Calzada de Calatrava a Puertollano, kilómetro 7,2. Abre de martes a domingo —lunes cerrado—, de mañana y de tarde, con jornada corrida los domingos de invierno; de octubre a marzo cierra a las seis y de abril a septiembre estira la tarde hasta las nueve. La entrada general cuesta 4 euros y la reducida 2,50, y los fines de semana y festivos la visita guiada va incluida en el precio. Los teléfonos son el 926 693 119 y el 926 092 957, y conviene usarlos antes de coger el coche: la web del propio castillo publica horarios que no coinciden con los del portal de Cultura, y la última palabra la tiene siempre quien abre la puerta. Desde el aparcamiento hay una cuesta considerable hasta la iglesia; con calor de julio, la primera hora de la mañana.

Calatrava la Vieja queda mucho más al norte, a seis kilómetros y medio de Carrión de Calatrava: se sale del pueblo por la CR-211 y se toma el desvío hacia la ermita de la Virgen de la Encarnación. Conviene comprobar antes el estado del yacimiento, porque Turismo de Castilla-La Mancha lo da cerrado temporalmente por labores de conservación. Para completar la jornada, el tercer vértice del parque arqueológico: Alarcos, a las afueras de Ciudad Real, donde se perdió en 1195 lo que costó diecisiete años recuperar. Y para cerrar el círculo, Almagro, adonde bajó el convento cuando el cerro dejó de ser habitable.

El nombre dura más que la piedra

Una orden militar entera se llamó durante siglos por un cerro que abandonó en 1217. No solo la orden: se llaman así el Campo de Calatrava y sus volcanes, Carrión de Calatrava, Calzada de Calatrava, Granátula de Calatrava, y una provincia que todavía se explica a sí misma con ese apellido. El topónimo original era árabe y designaba el castillo de un tal Rabah del que no sabemos casi nada. La ciudad que lo llevó primero lleva quinientos años deshabitada; la fortaleza que lo heredó, doscientos vacía.

Las piedras se caen, se venden, se llevan a otra parte; lo que persiste es el nombre, que no pesa, no gotea y no necesita tejado. Por eso importa lo que hacen cada agosto doce estudiantes con una paleta en el frente occidental de un alcázar emiral: devolverle contenido a un nombre que todo el mundo repite sin saber de dónde viene es, a estas alturas, la única restauración que queda pendiente.

También en el cuaderno:

Fuentes


#publi — Dos libros para seguir tirando del hilo de lo contado aquí. Son enlaces de afiliado: si compras a través de ellos, el blog recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti.

  • Enrique Rodríguez-Picavea Matilla, Señores, caballeros y comendadores: la orden de Calatrava en la Edad Media (La Ergástula).
  • Miguel Sobrino, Castillos y murallas. Las biografías desconocidas de las fortalezas de España (La Esfera de los Libros).
Compartir X Facebook WhatsApp
Comentarios

Todavía no hay comentarios. Puedes abrir la conversación al final de la pieza.

Deja un comentario

Seguir leyendo

Descubre más desde En el Campo Amarillo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

����������