Las prefecturas de 1810: el mapa con el que Napoleón quiso reinventar España
En 1810, el gobierno de José I dividió España en 38 prefecturas con nombres de ríos y cabos, al estilo francés. Un mapa racional, bellísimo y absurdo que nunca llegó a existir.
En 1810, las provincias españolas estuvieron a punto de llamarse de otra manera. Nada de León, Burgos o Jaén: el mapa que se diseñó aquel año hablaba de Duero Alto, Tormes, Bidasoa o Cabo de la Nao. Durante unos meses, en plena Guerra de la Independencia, el gobierno de José I Bonaparte imaginó una España completamente redibujada, con las fronteras trazadas a regla y compás y bautizada con nombres de ríos y accidentes geográficos, al estilo de la Francia revolucionaria.
Aquel mapa nunca llegó a existir de verdad. Pero se conserva como uno de los experimentos más fascinantes —y más extraños— de la historia territorial de España: un dibujo racional, elegante y, al mismo tiempo, profundamente absurdo.
Un decreto para borrar el Antiguo Régimen
El 17 de abril de 1810, José I firmó un decreto que dividía España en 38 prefecturas y 111 subprefecturas. La idea no era caprichosa: venía directamente del pensamiento de la Revolución Francesa, que había arrasado los viejos reinos y señoríos para sustituirlos por departamentos racionales, manejables y de tamaño parecido, todos dependientes de París.
Trasladada a España, esa lógica tenía un objetivo claro: barrer de un plumazo el enredo heredado del Antiguo Régimen. El mapa de entonces era un rompecabezas de reinos, señoríos, realengos y un sinfín de enclaves y exclaves —sobre todo en Castilla— que hacían casi imposible administrar el territorio. Frente a aquel caos, las prefecturas proponían orden puro: al frente de cada una, un prefecto de confianza del gobierno, como en Francia.
José María de Lanz, el ingeniero que dibujó la España imposible
El encargado de trazar el nuevo mapa fue José María de Lanz y de Zaldívar, ingeniero y matemático nacido en México que había pasado largas temporadas en Francia. Lanz partió de proyectos previos —como los de Juan Antonio Llorente y Francisco Amorós— y aplicó lo que mejor conocía: el modelo departamental francés y sus conocimientos geográficos y matemáticos del terreno.
El resultado fue un mapa de una coherencia geométrica casi obsesiva: líneas rectas, prefecturas de superficie parecida y fronteras apoyadas en accidentes naturales, con los ríos ejerciendo de límite una y otra vez. Sobre el papel, era limpio y moderno. Sobre el terreno, ignoraba siglos de historia, de economía y de vínculos entre comarcas vecinas. Racional, sí; pero también ajeno a cómo vivía de verdad la gente.

La España de los ríos y los cabos
La primera gran novedad del mapa eran los nombres. Desaparecían las denominaciones históricas y en su lugar aparecían meras descripciones geográficas: Duero Alto, Tormes, Bidasoa, Segre, Ebro-Jalón, Cabo de Peñas, Cabo de la Nao. El nombre ya no recordaba a un reino o a una ciudad, sino al río o al cabo sobre el que se asentaba la prefectura.
La segunda novedad afectaba a las capitales. Muchas ciudades no solo perdían su nombre, sino también su capitalidad, que se trasladaba a poblaciones a menudo más pequeñas: Astorga en lugar de León, o casos como La Carolina, Ciudad Rodrigo o Jerez. Y la geometría producía auténticos disparates: Aragón quedaba partido en dos por el curso del Ebro, con Zaragoza dividida y buena parte de sus pueblos vecinos asignados a Huesca; las Vascongadas se unían en una sola prefectura; y comarcas conectadas de siempre acababan separadas por el simple hecho de que un río pasara por en medio.
Un mapa que nunca existió
A pesar de su elegancia sobre el papel, el mapa de Lanz jamás se aprobó oficialmente ni llegó a aplicarse de forma efectiva. La Guerra de la Independencia y la pronta caída de José I lo dejaron en pura teoría: en la mayor parte del país, las prefecturas fueron poco más que líneas sobre un plano.
Para colmo, el propio Napoleón complicó el plan de su hermano. Decidido a controlar directamente el territorio, se anexionó las tierras al norte del Ebro: Cataluña y Aragón quedaron fuera de la España de José I y pasaron a gobernarse aparte, al margen del mapa de prefecturas. Así que aquel dibujo tan metódico nació ya recortado y herido antes de ponerse en marcha.
El fantasma que anticipó las provincias de hoy
Y sin embargo, aquel experimento fallido no cayó del todo en el olvido. La idea de fondo —racionalizar el territorio, sustituir el enredo del Antiguo Régimen por una división ordenada y de tamaños equilibrados— siguió viva. Solo veintitrés años después, en 1833, la reforma de Javier de Burgos dividió España en las provincias que, en lo esencial, seguimos usando hoy.
La gran diferencia es que la división de 1833 fue mucho más prudente: mantuvo los nombres tradicionales, respetó en buena medida las capitales de siempre y no pretendió borrar la memoria histórica a golpe de río. Las prefecturas de 1810 fueron, en cierto modo, el borrador extremo y afrancesado de esa misma idea; un ensayo que se atrevió a llegar mucho más lejos de lo que España estaba dispuesta a aceptar.
¿En qué prefectura te habría tocado vivir?
Mirar hoy el mapa de las prefecturas tiene algo de juego y algo de vértigo. Es fácil buscar el pueblo de uno y descubrir que, de haber salido adelante aquel plan, quizá no viviríamos en la provincia de Salamanca o de Ávila, sino en la prefectura del Tormes o del Duero Alto. Un pequeño recordatorio de que las fronteras que damos por eternas son, casi siempre, decisiones humanas que pudieron ser de otra manera.
También en el cuaderno: si te interesa cómo se ha organizado y reorganizado el territorio castellano a lo largo de los siglos, sigue con Clunia Sulpicia, la Castilla anterior a Castilla, y con Ciudad Rodrigo, una de las capitales que aquel mapa quiso reinventar.
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- Historia de la organización territorial de España
- José I Bonaparte, una biografía
- La Guerra de la Independencia española
- La división provincial de 1833 de Javier de Burgos
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Este cuaderno continúa en el archivo: patrimonio, historia, arte y memoria castellana para leer con calma.
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