Arévalo: once iglesias de barro cocido entre dos ríos
A mediados del siglo XIII, una villa abulense sin canteras a mano sostenía once parroquias de ladrillo y tapial. Arévalo y el mudéjar de La Moraña: arcos ciegos, ajedreces, un cimborrio sin iglesia y la prueba de que la escasez no produce arquitectura menor.
A mediados del siglo XIII, Arévalo sostenía once iglesias. No era sede episcopal ni capital de reino: era una villa de la meseta abulense encajada en la cuña que forman el Adaja y el Arevalillo, cabeza de una comunidad de villa y tierra, con un vecindario que hoy cabría en un barrio mediano de capital de provincia. Once parroquias. Y casi todas levantadas con lo único que había a mano: barro.
Once parroquias y ningún cantero
Conviene empezar por el suelo, porque en Arévalo el suelo lo explica todo. La Moraña —la comarca llana del norte de Ávila, campiña cerealista y horizonte sin accidentes— no tiene canteras. No hay granito como en la sierra abulense ni caliza como en los páramos del norte. Hay arcilla, hay tierra, hay agua en dos ríos y hay paja de los rastrojos. Con eso se construye, y con eso se construyó.
La villa no aparece con seguridad en la documentación hasta la repoblación del siglo XII, cuando la frontera del Duero ya ha quedado atrás y el Adaja deja de ser tierra de nadie. Lo que viene después es una explosión constructiva concentrada: las décadas finales del siglo XII y los siglos XIII y XIV son los momentos clave de la arquitectura mudéjar arevalense. Murallas de tapial —la técnica de levantar muros apisonando tierra húmeda dentro de encofrados de madera—, puertas, torres y esas once iglesias que un vecindario modesto se echó encima.
Mudéjar es el nombre que se le da al trabajo de los alarifes —maestros de obra de tradición islámica que siguieron trabajando bajo dominio cristiano— aplicado a programas y plantas cristianas. En Arévalo no es una nota exótica ni un capítulo aparte: es la arquitectura de la villa entera. Aquí el ladrillo no imita a la piedra. Hace lo que la piedra no sabe hacer.

La aritmética del ladrillo
Un sillar de granito se labra una vez y pesa lo que pesa. Un ladrillo se cuece por millares, lo mueve un hombre solo y admite ser colocado de canto, de plano, en diagonal o resaltado unos centímetros sobre el plano del muro. Esa docilidad es la que gobierna el mudéjar de La Moraña: el muro se convierte en tapiz.
El recurso central es el arco ciego, el arco que no abre ningún vano y se limita a hundirse en el paramento como un pliegue de sombra. Puestos en serie, en dos o tres pisos superpuestos, y a veces doblados —un arco trazado dentro de otro, en resalte—, resuelven de un golpe tres problemas: aligeran el muro, lo articulan visualmente y crean, a lo largo del día, un relieve que el sol de la meseta va escribiendo y borrando. Sobre ellos, paños de decoración en damero, que el habla local llama sin más ajedreces.
Todo esto lo hicieron obradores locales cuyos nombres no conservamos: no hay contratos con nombre de maestro, no hay firmas en los muros, no hay tratados. Solo hay obra, repetida y afinada durante dos siglos por gente que aprendió mirando la torre de la parroquia de al lado.
Dos torres que no se parecen
La iglesia de San Martín, en la plaza de la Villa, es el edificio donde todo esto se ve mejor, entre otras cosas porque tiene dos torres y las dos son distintas. La villa las llama gemelas. No lo son.
La primera es la torre de los Ajedreces, la más antigua, hueca, dividida en tres cuerpos de arcos ciegos y rematada por doce paños de damero de ladrillo y arcos de medio punto. La segunda, la Torre Nueva, es maciza y se levantó hacia 1200. Entre una y otra hay pocas décadas y un mundo entero de decisiones: la primera es un ejercicio de ornamento; la segunda, de solidez. Puestas lado a lado, funcionan como un manual abierto de lo que Arévalo sabía hacer con barro cocido.
San Martín se construyó, en rigor, entre los siglos XII y XVIII, y conserva del arranque la nave, la galería porticada del lado sur y la torre norte. Después le fueron cosiendo capillas: la de los Muñoces en el siglo XIV, la de Ungría en el XVI. En el XVIII el ábside original desapareció para dejar sitio a una cabecera y un retablo barrocos. Es la biografía normal de una parroquia viva: nadie conserva un edificio que usa a diario, lo reforma.
A pocos metros, Santa María la Mayor —de finales del XII o principios del XIII— guarda el gesto urbano más arevalense de todos: el cuerpo bajo de su torre está atravesado por un arco, y por debajo de la iglesia pasa la calle de Santa María. La torre no se aparta de la ciudad; la ciudad la cruza. Dentro, en la capilla mayor, aparecieron pinturas góticas del siglo XIV con un Pantocrátor en su mandorla y, bajo él, la Jerusalén Celestial. Fue declarada Bien de Interés Cultural con publicación en el BOE del 21 de mayo de 2005.
El cimborrio que se quedó sin iglesia
A dos kilómetros del casco, en mitad de un campo de labor, hay una cabecera sin nave. Es la ermita de La Lugareja, resto del monasterio de Santa María de Gómez Román, documentado ya en una bula de 1178 como comunidad monástica y entregado hacia 1240 a una comunidad femenina.
Lo que queda es solo la cabecera triple y el crucero, y basta. Sobre el tramo recto del ábside central se alza un cimborrio —el cuerpo elevado que ilumina el crucero desde arriba— de planta cuadrada, forrado por fuera de arcos doblados de ladrillo y resuelto por dentro con una cúpula sobre pechinas, los triángulos curvos que permiten pasar de la planta cuadrada al círculo de la cúpula. La obra se levantó sobre un zócalo de mampostería con verdugadas de ladrillo y nunca llegó a terminarse. En el siglo XVII el conjunto ya estaba en ruinas.
Se la considera la obra maestra del románico-mudéjar abulense, y es, mirada de lejos sobre el rastrojo, una de las imágenes más raras de Castilla: un edificio que es todo remate y nada de cuerpo. El fragmento superviviente resultó ser exactamente el que valía la pena.
Cuando la iglesia se llenó de grano
La caída fue lenta y previsible. Once parroquias eran demasiadas para una villa que dejó de crecer; las que sobraban se cerraron, y una iglesia sin culto es un edificio sin nadie que le arregle el tejado. San Martín fue desacralizada en 1911 y pasó buena parte del siglo XX haciendo de almacén.
Hay una ironía castellana en ese destino —el templo de una villa cerealista terminó guardando cereal— y también una verdad incómoda: el uso profano salvó lo que la devoción ya no podía pagar. Un granero se barre y se cierra con llave. La alternativa habitual era el derrumbe.
Lo que sí protegió el patrimonio arevalense fue papel. San Martín y La Lugareja quedaron declaradas monumento nacional por el decreto publicado en la Gaceta de Madrid del 4 de junio de 1931, en aquella tanda republicana que blindó de golpe centenares de edificios en toda España. Cuatro décadas después, el 21 de marzo de 1970, un decreto declaró conjunto histórico-artístico la parte antigua de la villa; se publicó en el BOE del 14 de abril y fue, según la prensa especializada, la primera declaración de ese tipo en la provincia de Ávila.
Lo que devolvió el andamio
San Martín volvió a abrirse en 2005, restaurada por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, y funciona hoy como centro cultural: exposiciones, conciertos, talleres. No ha recuperado su función original ni la recuperará, y precisamente por eso el caso es interesante. La nave que guardó trigo guarda ahora público.
El castillo siguió otro camino. Levantado en el siglo XIV sobre la confluencia de los ríos, fue mandado reconstruir en la segunda mitad del XV por Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar, y reformado a principios del XVI bajo los Reyes Católicos. Su torre del homenaje, semicircular, se alzó sobre un torreón mudéjar anterior y mezcla sillería en la base con ladrillo en lo alto: la piedra donde hacía falta y el barro donde bastaba. Desde 1476 sirvió sobre todo de prisión de presos ilustres —por sus muros pasó Felipe Guillermo de Orange-Nassau en tiempos de Felipe IV—. Hoy pertenece al Ministerio de Agricultura y alberga en la torre un pequeño museo del cereal. La villa que molió grano durante siglos acabó musealizándolo.

La visita
Arévalo queda sobre la A-6, la autovía del Noroeste, y en el cruce con la CL-605, la carretera que une Segovia con Zamora. Está a 55 kilómetros de Ávila, 33 de Medina del Campo y 61 de Segovia. Tiene estación de Renfe a unos dos kilómetros del casco histórico, con servicios hacia Ávila, Madrid, Valladolid, Palencia y León, de modo que es de los pocos conjuntos monumentales de la meseta a los que se puede llegar sin coche.
El recorrido mínimo es corto y se hace a pie: plaza de la Villa con San Martín y Santa María la Mayor, el arco bajo la torre, las calles porticadas y el castillo asomado al Arevalillo, que abre fines de semana y festivos. Conviene reservar tiempo y una llamada previa para La Lugareja: está en finca privada y el acceso al interior es muy limitado —tradicionalmente, una hora a la semana—, así que merece la pena confirmarlo en la oficina de turismo antes de ir. Aunque no se entre, la cabecera se ve desde el camino y compensa el desvío.
Para completar el día, dos direcciones opuestas y del mismo material: Madrigal de las Altas Torres, a 26 kilómetros, con su recinto amurallado de ladrillo; y Medina del Campo, a 33, con la Mota y la colegiata. Quien quiera ver adónde llegó esta arquitectura cuando tuvo dinero detrás, que suba hasta el castillo de Coca, ya en Segovia. Y en la mesa, el tostón asado, que en Arévalo tiene marca de garantía propia.
La nobleza de lo que no era noble
Durante mucho tiempo, el mudéjar de ladrillo se estudió como el pariente pobre del románico de sillería: lo que se hacía cuando no había piedra ni dinero para traerla. La palabra que se usaba era sucedáneo. Arévalo desmiente eso desde el primer arco ciego.
Porque lo que aquí ocurrió no fue una renuncia, sino una traducción. Unos alarifes sin cantera inventaron un lenguaje que la piedra no podía hablar —la serie, el ritmo, el tapiz, la sombra que se mueve— y lo repitieron hasta convertirlo en la fisonomía de una comarca entera. Ocho siglos después, buena parte de aquellos muros sigue en pie, y algunos de granito no.
Hay una lección castellana en eso, y no es pequeña. La escasez no produce necesariamente arquitectura menor. A veces produce arquitectura distinta, que es una forma más difícil y más honesta de ser excelente.
También en el cuaderno:
- El Castillo de Coca: la fortaleza de ladrillo mudéjar que convirtió la tierra en arte
- El cimorro de Ávila: la catedral que también era el cubo más fuerte de la muralla
- La Colegiata de San Antolín: el altar que se asomó a las ferias de Europa
Fuentes
- Decreto de declaración de conjunto histórico-artístico de Arévalo, 21 de marzo de 1970 (BOE de 14 de abril de 1970).
- Declaración de monumento nacional de la iglesia de San Martín y de la ermita de La Lugareja, Gaceta de Madrid de 4 de junio de 1931.
- Declaración de Bien de Interés Cultural de la iglesia de Santa María la Mayor, BOE núm. 123, de 21 de mayo de 2005.
- Red de Conjuntos Históricos de Castilla y León, ficha de Arévalo (recohicyl.com/arevalo).
- Portal Oficial de Turismo de la Provincia de Ávila, fichas de la iglesia de San Martín, la iglesia de Santa María la Mayor y el monasterio de Santa María de Gómez Román.
- Portal de Turismo de la Junta de Castilla y León, ficha de la ermita de Santa María Gómez de Román / La Lugareja.
- Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, intervención de restauración de la iglesia de San Martín (2005).
- Wikipedia en español, entradas «Conjunto Histórico de Arévalo», «Iglesia de San Martín (Arévalo)», «Iglesia de Santa María la Mayor (Arévalo)», «Ermita de La Lugareja» y «Castillo de Arévalo» (punto de partida y cotejo de fechas).
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