La catedral de Zamora: veintitrés años y una cúpula de escamas
El epígrafe del crucero presume de lo que ninguna otra catedral castellana puede presumir: veintitrés años de obra. De esa prisa salió el cimborrio de escamas de piedra que inauguró toda una familia de cúpulas en el Duero.

Veintitrés años. Eso es lo que dice, grabado en el brazo norte del crucero, el epígrafe que ninguna otra catedral castellana se habría atrevido a escribir: la obra «se realizó en veintitrés años desde que se cimentó» y se consagró «con la ayuda del Señor» en la era que corresponde a 1173. Para un edificio medieval, donde lo habitual era que el nieto del cantero rematase lo que el abuelo había empezado, esa cifra no es un dato: es una fanfarronada. Burgos tardó siglos. León, generaciones. Zamora se levantó en el tiempo de una vida adulta, y se nota nada más entrar, porque el edificio tiene una unidad que las grandes catedrales góticas nunca llegaron a permitirse.
El cabildo celebró en 2024 los ochocientos cincuenta años del templo, tomando 1174 como fecha de la consagración. La piedra dice 1173. Un año de discrepancia que retrata bien a este edificio: todo en él parece exacto hasta que uno se acerca.
Una sede recién nacida y un emperador con prisa
Zamora había sido durante dos siglos una plaza de frontera sobre el Duero, tomada y abandonada, repoblada y vuelta a arrasar. Cuando en 1120 el papa Calixto II reconoció por bula la restauración de la sede zamorana, la ciudad ganó algo más que un obispo: ganó el derecho a existir en el mapa eclesiástico de León y Castilla, y con él la obligación de demostrarlo en piedra. El primer titular de la sede restaurada, Bernardo de Perigord, no llegó a ver la obra. Alfonso VII cedió terrenos para ampliar el solar catedralicio en 1135, las obras se contrataron hacia 1150 y el grueso de la fábrica se levantó entre 1151 y 1174, bajo el obispo Esteban, a quien la tradición atribuye el empeño. Su sucesor Guillermo, entre 1176 y 1192, remató lo que faltaba del crucero.
Conviene no leer esa rapidez como devoción pura. Una catedral terminada era una sede consolidada, y una sede consolidada era una frontera diocesana que no podían discutir ni Salamanca ni Astorga ni el metropolitano de Braga. La prisa de Zamora era, además de espiritual, jurisdiccional.
El maestro que vino de fuera
Nadie ha puesto nombre seguro al autor del proyecto. La historiografía lleva un siglo repitiendo, con prudencia, que detrás del diseño hubo un maestro foráneo de primer orden, probablemente formado en el suroeste de Francia, porque lo que se construyó en Zamora no tiene precedente local que lo explique. De la nómina documentada apenas se salva un nombre: un magister Oddo que dirigía los trabajos en 1182, cuando la fábrica principal ya estaba en pie.
Lo que sí se lee sin ayuda de archivo es la disciplina del interior: tres naves de cuatro tramos, arcos apuntados, capiteles de una sobriedad casi monástica, sin la exuberancia narrativa del románico de peregrinación. Es el momento en que la reforma del Císter estaba imponiendo en media Europa la idea de que la piedra desnuda reza mejor que la piedra contada. Zamora escuchó ese mensaje sin renunciar del todo a la ambición: guardó toda la ostentación para un único gesto, y lo puso donde se ve desde el otro lado del río.
Escamas de piedra sobre el Duero
El cimborrio —el cuerpo que se eleva sobre el crucero para meter luz en el centro del templo— es la razón por la que esta catedral aparece en todos los manuales. Se levantó en el último cuarto del siglo XII sobre un tambor cilíndrico horadado por dieciséis ventanas, cuatro de ellas anuladas después por las torrecillas de las esquinas. Encima, una cúpula semiesférica dividida en dieciséis gallones —los gajos cóncavos que la recorren de arriba abajo— apoyados en ocho nervios, y cubierta por fuera de escamas de piedra semicirculares que le dan ese aire de piña, de coraza o de pez, según a quién se le pregunte.
El detalle que revela el nivel del taller es que esas escamas no se añadieron después: se tallaban en la propia dovela —cada una de las piedras en forma de cuña con las que se monta un arco o una bóveda— antes de colocarla en su sitio. La piel y el hueso son la misma pieza. Y el paso del cuadrado del crucero al círculo del tambor no se resuelve con trompas, como haría el románico corriente, sino con pechinas, los triángulos curvos que rellenan las esquinas: una solución de raíz bizantina que en la Castilla de 1170 sonaba a otro mundo. Alrededor, cuatro torrecillas repiten en miniatura el conjunto entero, y cuatro frontones apuntan a los cuatro puntos cardinales.
Zamora no se quedó sola con la idea. De ella derivan la Torre del Gallo de la Catedral Vieja de Salamanca y el cimborrio de la Colegiata de Toro, hasta formar lo que los historiadores llaman el grupo del Duero. El primero de los tres, el que enseñó a los demás, es este.
Abajo, en el brazo sur del crucero, sobrevive la Puerta del Obispo, única portada íntegra de la fábrica antigua. Es un tratado de cómo se compone una entrada románica: el vano abocinado, el intradós lobulado, cuatro arquivoltas —los arcos concéntricos que enmarcan la puerta, encajados uno dentro de otro como las hojas de una cebolla— y, arriba, relieves con san Pablo y san Juan Evangelista a un lado y la Virgen con el Niño al otro. La luz rasante de la tarde le saca un claroscuro que ninguna fotografía frontal consigue.

Lo que cada siglo se llevó por delante
La catedral que se ve hoy no es la que se consagró. En el siglo XVI, los tres ábsides románicos de la cabecera fueron demolidos y sustituidos por una cabecera gótica; el gusto nuevo pagaba mejor que la memoria. En 1591 un incendio arrasó el claustro primitivo: el proyecto del sustituto, ya en clave clasicista, lo firmó Juan del Ribero Rada en 1592 —el mismo año que la sobria portada norte— y lo terminó Hernando de Nates en 1612.
Con el retablo mayor pasó lo de siempre, tres veces seguidas. El hispanoflamenco de Fernando Gallego y su taller, pintado entre 1490 y 1494, fue desmontado para dar paso a un altar barroco de Joaquín Benito Churriguera, que a su vez cedió ante un diseño neoclásico de Ventura Rodríguez. De la primera versión quedan tablas sueltas en el museo. Se salvó, en cambio, la sillería del coro que Juan de Bruselas talló en nogal entre 1502 y 1506, con sus dos órdenes de asientos y su repertorio de figuras que va de lo devoto a lo descaradamente profano.
Y en 1835 la catedral recibió, procedente del desamortizado monasterio de San Jerónimo, la imagen del Cristo de las Injurias. Zamora ganó su icono más venerado el día que otro edificio lo perdió todo. Esta catedral no se conservó: se fue reescribiendo.
El siglo que decidió que aquello valía
La protección legal llegó por Real Orden de 5 de septiembre de 1889, cuando el Estado declaró el templo Monumento Nacional. El museo catedralicio abrió en 1926 y ha ido creciendo por etapas —1992, 2001, 2016, 2017— hasta convertirse en el argumento silencioso de la visita: allí están los tapices flamencos que hicieron famosa a la catedral entre los estudiosos del textil, con la serie de Tarquino Prisco tejida en Flandes hacia 1475, la de la Guerra de Troya salida de los talleres de Tournai en el último tercio del siglo XV, la de la Viña labrada en Bruselas hacia 1500, la de la Historia de Aníbal de François Geubels hacia 1570 y la del Rey David de finales de la centuria. Se conserva también la custodia procesional de Pedro de Ávila, de 1515, con el basamento que Antonio Rodríguez le añadió en 1598.
En 2024, con los actos del octavo centenario y medio, la ciudad volvió a mirar hacia arriba. Es un ejercicio que conviene repetir de vez en cuando: casi todo lo que la catedral tiene de excepcional está por encima de la línea de los tejados.
La visita
La catedral está en la Plaza de la Catedral, en el extremo alto del casco antiguo, junto al castillo y al mirador sobre el Duero. La entrada general cuesta 6 euros y la reducida 4 (estudiantes, pensionistas, personas con discapacidad, desempleados, familias numerosas y grupos de más de veinte), y da acceso a cuatro sitios: la propia catedral, el museo catedralicio, la iglesia de Santo Tomé y el Museo Diocesano. Es gratuita para menores de doce años acompañados, para residentes en Zamora y las tardes de los lunes. El horario cambia según la temporada —en verano y hasta mediados de octubre abre en jornada continua buena parte de la semana— y la última entrada se cierra media hora antes que las puertas, así que conviene comprobarlo y comprar el billete en la web del cabildo antes de subir.
Se llega en coche por la A-11, la autovía del Duero, desde Tordesillas, y por la A-66, la Ruta de la Plata, que enlaza Zamora con Salamanca al sur y con Benavente al norte. En tren es todavía más cómodo: desde 2021 la ciudad está en la línea de alta velocidad Madrid-Galicia y el viaje desde Madrid ronda los sesenta y cinco minutos, de manera que la catedral entra sin apuros en un día.
Para combinar: las veintitrés iglesias románicas del casco antiguo, que Zamora reivindica como la mayor concentración urbana de Europa; San Pedro de la Nave, en El Campillo, a menos de media hora en coche; el monasterio de Moreruela, hacia el norte; y sobre todo la Colegiata de Toro, a unos treinta kilómetros aguas arriba, para ver de un tirón dos cimborrios de la misma familia. La mejor vista del zamorano no está dentro: está al otro lado del río, desde donde el edificio entero se lee como una sola idea.

Veintitrés años, ocho siglos
Las catedrales que tardan cuatrocientos años en levantarse cuentan la historia del gusto: cada tramo delata una moda, un maestro, una crisis de financiación. Las que se hacen de una vez cuentan otra cosa, más incómoda y más humana: la historia de una decisión. Zamora decidió en 1151 qué quería ser, lo construyó sin darse tiempo a cambiar de opinión y luego dedicó ocho siglos a corregirse por los bordes: la cabecera, el claustro, los retablos, las portadas. El núcleo, sin embargo, sigue ahí, intacto y escamoso sobre el crucero, recordando que a veces la unidad de un edificio no es fruto de la paciencia, sino justo de lo contrario.
También en el cuaderno:
- Monasterio de Santa María de Moreruela: el esqueleto del primer Císter en España
- San Pedro de la Nave: la iglesia visigoda que se negó a desaparecer bajo el agua
- El cimorro de Ávila: la catedral que también era el cubo más fuerte de la muralla
Fuentes
- Cabildo de la Catedral de Zamora, secciones «Historia», «Exterior», «Museo» y «Visita» (catedralzamora.com).
- Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Zamora, Fundación Santa María la Real, 2002.
- Alberto J. Gundín Lorenzo, Los cimborrios del Duero, Trabajo Fin de Grado, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (UPM), 2022.
- «El cimborrio de la catedral de Zamora revisitado», revista EGA Expresión Gráfica Arquitectónica (Universitat Politècnica de València).
- Real Orden de 5 de septiembre de 1889, declaración de Monumento Nacional.
- Portal de turismo del Ayuntamiento de Zamora y Fundación Santa María la Real (Románico Digital).
- Prensa: cobertura del 850 aniversario de la consagración (2024) y de la llegada de la alta velocidad a Zamora (2021).
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