San Pedro de la Nave: la iglesia visigoda que se negó a desaparecer bajo el agua
San Pedro de la Nave (Zamora), joya visigoda del siglo VII trasladada piedra a piedra en 1930-32 para salvarla de las aguas del embalse de Ricobayo.
La iglesia visigoda de San Pedro de la Nave, levantada a finales del siglo VII, es una joya del prerrománico europeo. Pero su mayor hazaña no fue resistir trece siglos: fue sobrevivir a una mudanza monumental en los años treinta del siglo XX. La construcción del embalse de Ricobayo amenazaba con sumergir este templo zamorano bajo las aguas del río Esla para siempre, y para salvarlo se hizo algo que en España no se había hecho nunca: desmontarlo piedra a piedra y volverlo a levantar, kilómetros más arriba, exactamente igual.
Una de las últimas obras del reino visigodo
San Pedro de la Nave se construyó, según la interpretación tradicional, entre los años 680 y 711, quizá durante el reinado de Égica: los años inmediatamente anteriores a la conquista musulmana de la Península. Sería, por tanto, una de las últimas obras del arte visigodo, el canto del cisne arquitectónico de un reino que estaba a punto de desaparecer. Conviene decir, en honor a la verdad, que la datación no es pacífica: algunos especialistas han propuesto fechas posteriores al 711, en época de repoblación, y el debate sigue abierto. Pero sea visigoda tardía o levemente posterior, la iglesia es uno de los edificios altomedievales más extraordinarios de Europa, y como tal fue declarada Monumento Nacional ya en abril de 1912.
Su valor lo confirma un dato reciente: España la ha incluido en la lista indicativa para su candidatura a Patrimonio Mundial de la UNESCO, dentro de un conjunto de edificios altomedievales de la Península.
El embalse que iba a borrarla del mapa
A finales de los años veinte, la empresa Saltos del Duero —que con el tiempo, fusionada con Hidroeléctrica Ibérica, daría lugar a Iberduero, antecedente de la actual Iberdrola— proyectó su primera gran presa: la de Ricobayo, sobre el Esla. El embalse resultante, con capacidad para más de 1.100 hectómetros cúbicos, iba a anegar el valle donde la iglesia llevaba más de mil años plantada, a orillas del río. Se barajaron soluciones casi rocambolescas, como rodear el templo con un muro de contención que frenara las aguas, una idea inviable frente a semejante masa de agua.
La solución vino de la mano del gran historiador del arte Manuel Gómez-Moreno, que propuso lo impensable: trasladar la iglesia entera. Fue, además, un episodio pionero en otro sentido: era la primera vez en España que una empresa hidroeléctrica asumía salvar el patrimonio del territorio que iba a inundar, décadas antes de que existiera siquiera el concepto de responsabilidad corporativa.
Una mudanza de mil años de antigüedad
La operación, dirigida por el arquitecto y conservador de monumentos Alejandro Ferrant Vázquez, se prolongó de 1930 a 1932. El edificio se desmontó por completo: cada sillar, cada arco, cada capitel fue numerado minuciosamente, trasladado varios kilómetros cuesta arriba hasta El Campillo y vuelto a colocar en su sitio con precisión milimétrica. El desmontaje tuvo, además, un efecto inesperado y valiosísimo: permitió estudiar la estructura del templo desde dentro, piedra a piedra, como ningún edificio altomedieval había podido estudiarse hasta entonces, y aprovechar el proceso para restaurar las piezas dañadas.

Cómo está hecha: geometría, luz y piedra desnuda
La iglesia está construida con sillería de arenisca dorada, de talla regular y asentada en hiladas perfectas sin argamasa: piedra sobre piedra, ajustada en seco. Su planta es un híbrido fascinante entre la cruz griega del proyecto original y la disposición basilical que le dieron las naves laterales añadidas, con esa compartimentación de espacios que exigía la antigua liturgia hispánica: un ámbito para el sacerdote, otro para los clérigos, otro para los fieles. A ambos lados del presbiterio se abren dos estancias que pudieron servir de celdas, sacristías o capillas.
Los arcos son de herradura, al modo visigodo, y las cubiertas, bóvedas de medio cañón que en la cabecera conservan su estructura pétrea original. La luz entra medida y escasa, por vanos aspillados y abocinados que concentran la claridad en el altar. El conjunto mantiene intacta una armonía geométrica y un manejo de la luz que lo convierten en un testimonio único de la Hispania visigoda tardía. Hay incluso una rareza deliciosa inscrita en sus sillares: un horologio o reloj de sol grabado junto al arco toral, que nunca llegó a terminarse.
Daniel, Isaac y los leones: la escultura
Si la arquitectura impresiona, la escultura desarma. La decoración de San Pedro de la Nave está entre lo más sobresaliente de todo el prerrománico: un ancho friso corrido de círculos con motivos vegetales y animales recorre los muros, y sobre las columnas adosadas se alzan los célebres capiteles historiados, tallados a bisel con una calidad muy superior a la de cualquier obra anterior. Ahí están Daniel en el foso de los leones, sereno entre las fieras con los brazos alzados, y el sacrificio de Isaac, con la mano de Dios deteniendo el cuchillo de Abraham. En los cimacios, roleos habitados por animales y figuras humanas; en las basas, los símbolos de los evangelistas. Es teología tallada en piedra para una comunidad que, en su inmensa mayoría, no sabía leer.
Quien haya leído nuestra pieza sobre el románico palentino reconocerá aquí al antepasado: siglos antes de que los canecillos y capiteles románicos contaran historias a los campesinos de la Montaña Palentina, los talleres de San Pedro de la Nave ya habían entendido que la piedra podía predicar.
La visita
San Pedro de la Nave se encuentra hoy en El Campillo, a unos veinte minutos de Zamora capital. Si visitas la ciudad, acércate: el templo se alza a las afueras del caserío, sobrio y dorado, rodeado de encinas. En su interior hay además un sepulcro monolítico medieval —la tradición lo vincula a los santos barqueros Julián y Basilisa, que según la leyenda pasaban a los peregrinos de una orilla a otra del Esla— y una pila bautismal del siglo XVI. Pasear entre sus muros sabiendo que cada bloque de piedra fue desarmado, numerado y vuelto a encajar añade una capa de asombro a un templo que se negó a desaparecer bajo el agua.
Por qué importa este lugar
San Pedro de la Nave importa dos veces. Importa por lo que es: uno de los edificios más antiguos y mejor conservados de la España altomedieval, un testimonio casi milagroso de cómo construía, esculpía y rezaba la Hispania del siglo VII. Y importa por lo que le pasó: su traslado de 1930-1932 fue una operación pionera de ingeniería patrimonial, la demostración temprana de que el progreso —una presa, un embalse, la electricidad que pedía el país— no tenía por qué pagarse con la destrucción de la memoria. Casi un siglo después, aquella decisión sigue siendo una lección: las piedras se pueden mover; lo que no se puede es recuperarlas del fondo de un pantano.
Para seguir leyendo (#publi): para profundizar en el contexto del templo y sus hermanas, la bibliografía sobre arte visigodo y prerrománico español es abundante y accesible; y sobre la figura clave de este rescate, merece la pena la obra de Manuel Gómez-Moreno. Son enlaces de afiliado: si compras a través de ellos, el blog recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti.
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