Santa María de Piasca: la joya románica del valle de Liébana
El valle del Bullón desemboca en Piasca entre sierras verdes y el repique intermitente de los cencerros. En ese rincón de Liébana, casi al borde del camino, la iglesia de Santa María la Real se presenta sin preámbulo: aparece entre las casas del lugar como si siempre hubiera estado ahí, que de hecho lleva estando cerca de nueve siglos. No es un edificio monumental en el sentido que tienen esa palabra las catedrales o los grandes monasterios. Es algo distinto: un templo de escala humana cuya portada occidental —cinco arquivoltas de densa iconografía— y cuya Puerta del Cuerno —cada dovela ocupada por una figura de oficio— sitúan a Piasca en el primer escalón de la escultura románica cántabra.

Un cenobio de raíces casi borradas
La historia documentada de Piasca arranca en el año 930, cuando Teoda y Aragonti donan la villa al monasterio en un documento que ya menciona la iglesia —ecclesia— como punto de referencia. Once años después, en 941, la abadesa Aylo dirigía una comunidad dúplice —monjes y monjas bajo la misma regla de San Fructuoso— integrada por al menos treinta y seis religiosas. La jefatura permaneció siempre en manos femeninas durante ese primer siglo, lo que hace pensar que una mujer lo fundó, aunque su nombre se perdió en el tiempo. En 945 los documentos mencionan también presencia masculina, pero el carácter predominante del cenobio fue femenino durante generaciones.
Los siglos X y XI fueron de esplendor y crecimiento. Sin embargo, a finales del siglo XI la decadencia había mermado tanto la comunidad que el linaje de los Alfonso, que llevaba décadas vinculado al lugar, acabó cediendo Santa María de Piasca al poderoso monasterio leonés de San Benito de Sahagún. Las monjas fueron trasladadas al monasterio de San Pedro de las Dueñas, en León, y el cenobio lebaniés se convirtió en priorato exclusivamente masculino bajo obediencia benedictina. Esa nueva dependencia trajo recursos, organización y, cuando llegó el siglo XII, la ambición de construir un templo digno de los tiempos.
El maestro Covaterio y la consagración de 1172
Una lápida empotrada junto a la portada principal consigna con precisión la fecha de consagración: 21 de febrero de 1172. En ella se lee que el obispo Juan de León ofició la dedicación a Santa María con asistencia del abad de Sahagún don Gutierre, del prior de Piasca Pedro y del maestro de la obra, un tal Covaterio. Ese nombre, poco frecuente en los registros medievales castellanos, es la única firma que dejó el arquitecto de uno de los edificios más sobresalientes del románico del norte peninsular. No sabemos nada más de él: ni de dónde venía, ni cuántos talleres coordinó, ni si dejó obra en otro lugar. Solo la lápida y las piedras que ordenó cortar.
La planta trazada por Covaterio responde al modelo clásico del románico benedictino: tres naves —la central más ancha— articuladas en cuatro tramos, con un transepto que no sobresale al exterior y cabeceras con ábsides de planta circular al exterior y poligonal al interior. La nave izquierda tuvo su propio ábside, hoy desaparecido y sustituido por una sacristía. En el exterior, numerosos contrafuertes refuerzan los muros y una rica colección de canecillos —con figuras humanas, animales y motivos geométricos— corona la cornisa. La monumental espadaña del extremo oeste cierra la composición con rotundidad.
Las bóvedas que cubren hoy las naves son nerviadas y de trazo netamente gótico: producto de una gran reforma ejecutada en 1439 que alteró también las cabeceras. La misma inscripción que recoge la consagración de 1172 anota, siglos más tarde, esas obras de restauración. De la fábrica románica original sobreviven los arranques de los ábsides, la ornamentación escultórica dispersa por capiteles y canecillos y, sobre todo, las dos portadas, que concentran todo el saber del taller de Covaterio.
La portada occidental: cinco arquivoltas y un bestiario en piedra
La portada principal de Santa María de Piasca es la pieza más ambiciosa del románico lebaniés y una de las más ricas de Cantabria. Cinco arquivoltas ligeramente apuntadas —detalle que anticipa la sensibilidad protogótica sin romper con el espíritu románico— se suceden hacia el exterior con un programa decorativo que distribuye el ornamento de forma deliberada. La primera, la tercera y la quinta presentan dovelaje con roleos vegetales y flores de diversa factura; la cuarta se resuelve con molduras en bocel; y la segunda es la que concentra toda la figuración: leones de ojos grandes, cabezas humanas entre hojas de acanto, cabezas de animales que miran al centro de la puerta y, especialmente memorable, dos parejas de músicos con sus instrumentos. En las dovelas de esa arquivolta el cantero dejó un pequeño retrato sonoro del siglo XII.

Los soportes no son uniformes, lo que añade dinamismo compositivo al conjunto: dos arquivoltas arrancan de columnas de fuste circular, mientras las otras tres descargan sobre las aristas del muro mediante boceles que hacen las veces de columnillas entregas. A uno y otro lado se despliegan cinco capiteles por hoja, coronados por un cimacio corrido que avanza también por las jambas de la puerta y está profusamente decorado. La iconografía de esos capiteles es extraordinaria: dragones alados de membranas finísimas, centauros, grifos y quimeras de toda clase comparten espacio con una escena que los especialistas identifican como la Anunciación, de composición más serena. Como nota de singular inventiva, en el fuste derecho el taller de Covaterio talló directamente en el paramento —fuera de capitel, fuera del marco convencional— una imagen de San Miguel en combate cuerpo a cuerpo con el demonio: una solución iconográfica que rompe las convenciones y delata un programa pensado con libertad.
Por encima de la portada, la fachada primitiva conserva una pequeña galería de tres arcos ciegos —el central de medio punto, los laterales lobulados con reminiscencias andalusíes— en la que se cobijan tres esculturas: San Pedro con las llaves que le simbolizan, San Pablo con un libro en cuya cubierta todavía puede leerse la palabra «PAULUS», y una Virgen con el Niño añadida en el siglo XVI. Es frecuente que los visitantes fijen la atención en la portada y dejen de mirar hacia arriba; quien lo hace descubre que la fachada de Piasca es un palimpsesto donde el románico, lo mudéjar y el renacimiento se superponen en apenas cuatro metros de altura.
La Puerta del Cuerno: el mundo de los oficios
Quien rodee el templo hacia el sur encontrará la portada meridional, conocida desde antiguo como la Puerta del Cuerno. Comunicaba el templo con las dependencias del monasterio —el claustro, el scriptorium, las cocinas— y por eso es más pequeña, más íntima, menos aparatosa que la portada occidental. Dos arquivoltas de medio punto descansan sobre una única columna a cada lado, con su capitel y su cimacio amplio. La decoración exterior de los fustes y las impostas se resuelve con roleos y motivos vegetales de traza convencional.
Lo verdaderamente singular está en la arquivolta interior: cada dovela alberga una figura humana. No santos, no personajes bíblicos, no reyes. Figuras de oficios: el herrero ante su fragua, el copista inclinado sobre el pergamino en el scriptorium, el músico con su instrumento, el artesano con sus herramientas. Es un programa iconográfico rarísimo en el románico peninsular y que convierte esta puerta secundaria en el documento humano más valioso del conjunto. Donde la portada occidental habla el lenguaje de la teología y el bestiario, la Puerta del Cuerno eligió el de los contemporáneos del cantero: la gente que trabajaba con las manos y que habitaba los mismos valles de Liébana.

El interior: bóvedas góticas y capiteles con restos de color
El interior de Santa María de Piasca es hoy un espacio transformado: las bóvedas nerviadas del siglo XV enmarcan un ambiente de luz tamizada donde lo románico sobrevive en fragmentos. Los más elocuentes son los capiteles junto al altar mayor, algunos de los cuales conservan todavía trazas de policromía —ocres, azules apagados, restos de rojo— que permiten imaginar un interior originalmente pintado de pies a cabeza, como era norma en el románico pleno. Uno de esos capiteles muestra la Adoración de los Reyes Magos con una composición clara y figuras de gran relieve, posiblemente la pieza interior más conseguida del conjunto.
El transepto no sobresale al exterior, pero se percibe en planta como un ensanchamiento del primer tramo que da a las naves cierta solemnidad de crucero. Los ábsides de la nave central y la derecha conservan su forma original en la parte inferior; la curvatura de la piedra en ese nivel contrasta con la verticalidad gótica de las bóvedas superiores y recuerda que este edificio tiene dos tiempos, dos manos, dos intenciones. La nave izquierda perdió su ábside en la reforma medieval, pero el desequilibrio no pesa: la atención se va siempre hacia las portadas.
Cómo llegar y qué tener en cuenta
Piasca pertenece al municipio de Cabezón de Liébana, en el suroccidente de Cantabria. Se accede por la CA-185 desde Potes, remontando el valle del Bullón hacia el norte; también puede llegarse desde La Hermida siguiendo el río Deva aguas arriba. La iglesia está en el núcleo de la aldea, visible desde el camino. No hay museo ni centro de interpretación; el templo suele estar abierto en horario diurno, y para visitas fuera de ese margen conviene contactar con la parroquia de Cabezón de Liébana.
La visita se complementa bien con el monasterio de Santo Toribio de Liébana, a menos de veinte kilómetros, que guarda el Lignum Crucis más grande del mundo cristiano, y con las iglesias de Santa María de Lebeña y San Pedro de Lebena, que completan el cuadro del románico lebaniés. Si dispones de un día entero, el itinerario desde Potes por el valle del Bullón hasta Piasca, con parada en Lebeña a la vuelta, es uno de los recorridos de arte medieval más concentrados y menos concurridos de España.
Para quienes quieran profundizar en el contexto, la Enciclopedia del Románico en Cantabria (Fundación Santa María la Real) es la referencia más completa sobre los más de doscientos veinte testimonios románicos de la región. Sus tres tomos incluyen un volumen dedicado íntegramente a Liébana y las cuencas.
Sube hasta Piasca por los valles del Bullón y deja que el templo te sorprenda entre prados y cencerros. Rodéalo despacio, busca los músicos de la portada occidental, descifra los oficios de la Puerta del Cuerno y piensa que esta piedra lleva casi nueve siglos contando lo mismo: que el arte grande también florece en los rincones pequeños.
Maravillosa iglesia y buen artículo. La única apreciación es que desde este mes de julio de 2026 el museo y centro de interpretación está abierto y pueden verse canecillos y metopas originales ESPECTACULARES!!!