Basílica de San Vicente: el sepulcro donde Ávila juraba
Basílica de San Vicente (Ávila): románico extramuros del siglo XII con el cenotafio de los mártires donde se juraba. Monumento Nacional desde 1882.
El 29 de enero de 1471, en la basílica de San Vicente de Ávila, un testigo sin más aval que su palabra metió la mano derecha en un sepulcro de piedra pintada. La basílica, levantada extramuros entre el primer tercio del siglo XII y el XIV sobre el lugar donde la tradición sitúa el martirio de los hermanos Vicente, Sabina y Cristeta, es una de las grandes iglesias románicas de España y Monumento Nacional desde el 26 de julio de 1882. Pero aquel invierno era, sobre todo, otra cosa: un sitio donde se juraba. Quien mentía con la mano dentro se exponía, según la fórmula, a que se le secara el brazo o a quedar leproso.
Nadie quería jurar en San Vicente a la ligera.

Tres hermanos al otro lado de la puerta
La basílica está fuera de la muralla, a unos pasos de la puerta que lleva su nombre, en el ángulo nordeste de la ciudad, y esa posición no es un capricho urbanístico. Responde a la leyenda fundacional de Ávila cristiana. Según la tradición, durante la persecución de Diocleciano, hacia el año 306, el pretor Daciano mandó prender a Vicente por negarse a reconocer que había sacrificado a los dioses romanos; sus hermanas Sabina y Cristeta huyeron con él y los tres fueron ejecutados aquí, junto a una peña, y sus cuerpos abandonados a las alimañas. Una serpiente los habría guardado. Un judío que se burló de los cadáveres sintió su abrazo, se convirtió y, arrepentido, levantó el primer templo para enterrarlos.
De ese templo primitivo no sabemos nada: el silencio documental es, como recuerda la historiadora María Carrión Longarela, absoluto. Lo que sí sigue ahí es la peña. En la cripta, bajo la cabecera, la capilla de la derecha deja ver la roca donde, según la tradición, se depositaron por primera vez los cuerpos. En la capilla central se venera la Virgen de la Soterraña, una imagen del siglo XV ante la que rezó Teresa de Jesús.
Piedra caleña para una ciudad recién fundada
El edificio que hoy vemos nace con la repoblación de Ávila, impulsada desde finales del siglo XI por Raimundo de Borgoña, yerno de Alfonso VI. La propia basílica sitúa el arranque de las obras en ese momento, en paralelo a la muralla, y fija en el primer tercio del siglo XII la construcción de la cripta y de los tres ábsides semicirculares, siguiendo el modelo de San Isidoro de León. El templo crece luego hacia los pies con calma de siglos: en el último tercio del XII se levantan el nártex —el vestíbulo cubierto que precede a la puerta principal—, las tribunas, las dos torres de la fachada y la bóveda de la nave mayor. Las ayudas de Alfonso X y de Sancho IV, en la segunda mitad del siglo XIII, empujaron el final de las obras, que se rematan a comienzos del XIV con un cimborrio gótico de bóveda octogonal sobre el crucero, después de que el primero se viniera abajo. En 1477 se remata la torre norte y se construye la sacristía.

La planta es de cruz latina, con tres naves de seis tramos separadas por pilares cruciformes con semicolumnas adosadas, un crucero amplio y la cabecera triple sobre la cripta. El material es lo que la distingue a primera vista del granito gris de la muralla: la piedra caleña, una arenisca de tonos dorados y rojizos extraída de las canteras de La Colilla, que con el sol de la tarde hace que el edificio parezca encendido por dentro.
El escultor que vino del norte
La portada occidental, protegida bajo el nártex entre las dos torres, es la pieza que justifica el viaje. Cinco arquivoltas —los arcos concéntricos que enmarcan una portada— decoradas con arquillos ciegos, bezantes, que son discos en relieve a modo de monedas, motivos vegetales y florones. En el parteluz, la columna que divide en dos el vano de la puerta, un Cristo en majestad; en las jambas, el apostolado; en los pequeños tímpanos de cada hoja, la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Una advertencia moral a la altura de los ojos de quien entraba, y más aún de quien entraba a jurar.
La historiografía ha vinculado esta portada y el cenotafio de los mártires al maestro Fruchel —documentado también como Frugerius o Froger—, un escultor de origen francés, probablemente del norte de Borgoña, activo en Ávila hacia 1170 y muerto en 1192, al que se asocia asimismo la cabecera de la catedral. Pero conviene no simplificar: Carrión Longarela, siguiendo a Daniel Rico Camps, rechaza la atribución a un único nombre y prefiere hablar de una escultura «sintética y verdaderamente sincrética», alimentada por corrientes borgoñonas que habían llegado antes a Palencia, hacia 1160. Más que una firma, un taller y una época.
Una tumba para cuerpos ausentes
Bajo el crucero se alza el cenotafio de los santos, labrado en la segunda mitad del siglo XII en piedra policromada. Tiene forma de arca con tejado a dos aguas, como una iglesia en miniatura dentro de otra iglesia. Sus relieves cuentan la historia completa. El costado norte narra el prendimiento de Vicente, la visita de sus hermanas y la huida de los tres; el sur, el desnudamiento, el tormento en el potro, la decapitación, el enterramiento y la serpiente que castiga al delator. En el frente oriental, la Adoración de los Reyes se reparte en tres escenas; en el occidental, un Pantocrátor rodeado por los símbolos de los evangelistas.

La paradoja está en la palabra. Un cenotafio es un sepulcro vacío, y este lo estaba: en 1062 las reliquias se habían trasladado al monasterio burgalés de San Pedro de Arlanza. Para Carrión Longarela, el monumento funciona como una «declaración de intenciones» del clero abulense, que reclamaba con piedra lo que había perdido en hueso. El edificio entero sería así un macrosepulcro, y el arca, un microedificio.
Tres siglos después, el cenotafio cambió de aspecto. En 1465, cuando el obispo Martín de Vilches levantó la lápida, se habló de un «milagro de la sangre», y a raíz de ello se añadió el baldaquino gótico flamígero de madera policromada y dorada sobre un azul intenso, con los escudos de Castilla, de la catedral, del papado y del propio obispo, completado con una reja encargada en 1468.
La mano en el sepulcro
Volvamos al testigo de 1471. El juramento se hacía en la cara occidental del arca, donde una abertura en forma de roseta permitía introducir la mano en el sepulcro, ante una cruz de plata y el libro de los Evangelios. Era el recurso para los pleitos en los que una declaración no tenía otra prueba que la conciencia de quien la hacía. San Vicente fue así una iglesia juradera, como Santa Gadea de Burgos, y el cabildo la prefería a la catedral para encomendarse antes de una batalla o dar gracias después.

Reliquias errantes y andamios del XIX
El siglo XIX trajo a la vez el abandono y el rescate. Con la desamortización de 1835, las reliquias que guardaba Arlanza salieron de un monasterio vaciado hacia la colegiata de Covarrubias, y desde allí a la catedral de Burgos, antes de regresar por fin a San Vicente, donde hoy reposan en urnas en el altar mayor. El edificio, entretanto, acusaba siglos de reparaciones parciales y añadidos.
Desde mediados del XIX hasta el primer cuarto del XX, el arquitecto abulense Enrique María Repullés y Vargas dirigió una larga restauración que suele citarse como una de las primeras en España hechas con respeto al estilo original del edificio. La declaración como Monumento Nacional llegó en 1882, y en 1985 la basílica quedó incluida en la declaración de la ciudad vieja de Ávila y sus iglesias extramuros como Patrimonio de la Humanidad. Al cenotafio le tocó esperar más: entre 1850 y 1920 había recibido un repinte monocromo que, en palabras de Carrión, «embota las incidencias más delicadas», y fue la restauración de 2003 la que devolvió a la luz buena parte de su policromía medieval.
La visita
La basílica está en la plaza de San Vicente, 6, junto a la puerta homónima de la muralla. Desde Madrid se llega en algo más de una hora por la AP-6 y la AP-51; desde Salamanca, por la A-50; desde Segovia, por la N-110.
Del 1 de abril al 31 de octubre abre de lunes a sábado de 10:00 a 18:30 y los domingos de 14:00 a 18:00. Del 1 de noviembre al 31 de marzo, de lunes a miércoles de 10:00 a 13:30 y de 16:00 a 18:30; de jueves a sábado, de 10:00 a 18:30, y los domingos, de 16:00 a 18:00. En todos los casos, la hora final es la de última entrada. La entrada general cuesta 3 euros y la reducida, 2,20; los menores de 12 años acompañados y los empadronados en Ávila no pagan. Los horarios pueden cambiar por las celebraciones litúrgicas, así que conviene consultarlos antes.
Al salir, la puerta de San Vicente da paso al recinto amurallado y, a pocos minutos, a la catedral y su cimorro. Para completar el románico extramuros, siguen San Pedro, en la plaza del Mercado Grande, San Andrés y, junto al Adaja, la ermita de San Segundo; desde allí se sube a los Cuatro Postes para ver la muralla entera.
Lo que se jura en piedra
San Vicente recuerda que los monumentos no se levantaron para ser mirados. Se hicieron para usarse: para enterrar, reclamar, rezar, pleitear y, llegado el caso, decir la verdad bajo amenaza de perder un brazo. Una ciudad es, en buena medida, sus santos, viene a decir Carrión, y Ávila, que se estaba fundando de nuevo, quiso tener los suyos aunque no estuvieran dentro de la caja.
Hoy el arca sigue en el crucero, recuperado el azul de su baldaquino, y ya nadie mete la mano en la roseta. Pero basta quedarse un rato frente a ella, con la luz dorada de la caleña entrando por el cimborrio, para entender por qué alguien pensó, durante siglos, que aquí no se podía mentir.
También en el cuaderno:
- El cimorro de Ávila: la catedral que también era el cubo más fuerte de la muralla
- La muralla de Ávila: el cinturón de granito que lleva mil años definiendo una ciudad
- San Pedro de Arlanza: la cuna de Castilla que se repartió en pedazos
Fuentes
- María Carrión Longarela, «El cenotafio de San Vicente de Ávila», Cuadernos Medievales, 35 (2023), pp. 52-75.
- Basílica de San Vicente, Historia y Horarios y tarifas.
- Ayuntamiento de Ávila, Turismo: Basílica de San Vicente.
- Turismo de Castilla y León: Basílica de San Vicente.
- MonumentalNet: Basílica de San Vicente (protección y materiales).
- Asturnatura: Basílica de San Vicente de Ávila (descripción de las portadas).
- Románico Digital: San Vicente de Ávila, juradera (documento de 1471).
- Wikipedia: Basílica de San Vicente (Ávila) y Cenotafio de los santos Vicente, Sabina y Cristeta (como punto de partida).
#publi · Para seguir tirando del hilo: el volumen abulense de la gran enciclopedia del románico castellano y una guía monumental de la ciudad.
- Enciclopedia del Románico en Castilla y León: Ávila (Fundación Santa María la Real).
- Fabriciano Romanillos y Fernando Cid, Monumentos de Ávila: guía para visitar la ciudad (Maxtor).
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