San Baudelio de Berlanga: la palmera que perdió sus pinturas
San Baudelio de Berlanga (Soria): ermita mozárabe del siglo XI cuyas pinturas románicas se vendieron en 1922. Seis fragmentos están en el Prado desde 1957.
«Sustracción total pinturas». Con esas tres palabras telegrafió el guarda de la ermita de San Baudelio de Berlanga, en Casillas de Berlanga (Soria), a finales de julio de 1926, lo que ya no tenía remedio. Dentro de aquella iglesia mozárabe del siglo XI, levantada alrededor de una sola columna que se abre en ocho arcos como una palmera, los muros se habían quedado desnudos. Las pinturas románicas que los cubrían, vendidas por sus propietarios en 1922 por unas 65.000 pesetas, están hoy repartidas entre Nueva York, Boston, Indianápolis, Cincinnati y Madrid, donde el Museo del Prado conserva seis fragmentos desde 1957.
La palmera, en cambio, no se la pudo llevar nadie.
Un eremitorio en tierra de nadie
El sitio no invita a construir. Una ladera de monte bajo al sur del Duero, a unos ocho kilómetros de Berlanga, con chaparros, tomillo pisado y un silencio que en agosto zumba de chicharras. Lo que atrajo a los primeros ocupantes fue una cueva. Excavada en la roca, sigue ahí, abierta en el costado de la nave, y todo apunta a que la ermita nació para santificar un lugar de eremitas anterior a ella.

Hasta mediados del siglo XI, estas tierras fueron frontera viva entre los reinos cristianos y al-Ándalus. A pocas leguas se alzaba Gormaz, la gran fortaleza califal con la que Córdoba vigilaba el Duero. Cuando la raya se desplazó hacia el sur, el territorio se repobló, y en ese momento, a finales del siglo XI, se levantó la iglesia dedicada a San Baudelio, forma castellana de San Baudilio, un mártir de Nimes cuyo culto había cruzado los Pirineos. La primera mención documental conocida es de 1136. Es, por tanto, un edificio cristiano construido cuando ya no había guerra en el horizonte inmediato, pero con un vocabulario que venía del sur: el de los mozárabes, los cristianos que habían vivido bajo dominio islámico y traían consigo el arco de herradura y el gusto cordobés.
Una palmera de piedra
Por fuera, San Baudelio es casi nada: dos cajas de mampostería —piedra sin labrar trabada con mortero— reforzadas con sillares, bloques escuadrados de cantería, en las esquinas. Una nave de 8,50 por 7,30 metros y un ábside rectangular de 4,10 por 3,60, con muros de alrededor de un metro de grosor y el suelo asentado directamente sobre la roca madre. Ni portada esculpida ni canecillos. Un pastor podría pasar por delante sin sospechar lo que hay dentro.
Dentro, la sorpresa es total. En el centro de la nave se levanta una única columna cilíndrica, gruesa, de la que brotan ocho arcos de herradura —el arco que se cierra por debajo de su diámetro, como una herradura de caballo— que se apoyan en ménsulas de los muros y sostienen la bóveda. El efecto es exactamente el de un tronco que se abre en hojas. Sobre la columna, encajada en lo alto, hay una cámara diminuta, un camarín cilíndrico inaccesible cubierto por una cupulilla de seis nervios cruzados, emparentada con las bóvedas de nervios de la mezquita de Córdoba. Para qué servía sigue siendo una incógnita: se ha propuesto que guardara reliquias o textos sagrados.

A los pies, una tribuna o coro alto descansa sobre dieciocho columnillas dispuestas en tres filas de seis, unidas por arcos de herradura irregulares. Debajo quedan cinco naves estrechas que no llegan a los dos metros de altura, un bosque de fustes que los historiadores llaman con razón la «mezquitilla». Desde ese rincón se accede a la cueva. En unos ochenta metros cuadrados, el edificio condensa un oratorio, una mezquita en miniatura, una gruta de ermitaño y un pequeño relicario suspendido en el aire. Es un espacio para ser recorrido despacio, agachando la cabeza.
Cacerías bajo el Evangelio
Unas décadas después de construida, la ermita se cubrió entera de pintura. El Prado data el conjunto hacia 1125; el Metropolitan afina entre 1129 y 1134, y lo relaciona con la llegada del lugar a la órbita de Alfonso I el Batallador. El programa se organizaba en dos pisos. Arriba, la vida de Cristo: las bodas de Caná, la entrada en Jerusalén, la Última Cena, las santas mujeres ante el sepulcro, la curación del ciego y la resurrección de Lázaro, las tentaciones en el desierto. Abajo, un mundo que no aparece en los Evangelios: un halconero a caballo, una cacería de liebres con perros, un ciervo acosado, un soldado con lanza y escudo, un oso, un dromedario y un elefante que carga un castillo sobre el lomo, y cortinajes fingidos que imitaban telas colgadas.
Esos animales no son decoración exótica sin más. El elefante, según explica la ficha del Prado, simboliza la humildad y se asocia a Cristo; el castillo que lleva a cuestas es, para el Fisiólogo, el bestiario medieval que explicaba el sentido moral de los animales, la carga de los males humanos. El camello evocaba las tierras bíblicas y el lujo de Oriente. Las escenas bíblicas se atribuyen al llamado Maestro de Maderuelo, el mismo taller que pintó la ermita de la Vera Cruz de Maderuelo, en Segovia, y las de caza a un segundo pintor, bautizado por la historiografía como Maestro de San Baudelio. Las técnicas combinan el fresco, pintado sobre el enlucido todavía húmedo, con retoques en seco.

Sesenta y cinco mil pesetas
El conjunto se dio a conocer a los estudiosos en 1907, y por Real Orden de 24 de agosto de 1917 la ermita fue declarada Monumento Nacional. La declaración protegía el edificio, pero no resolvía de quién era lo que había en sus paredes. La ermita pertenecía a un grupo de vecinos de Casillas, y en 1922, asesorados por el registrador de la propiedad de Almazán, Juan Francisco Marina Encabo, vendieron las pinturas al anticuario Leone Levi por unas 65.000 pesetas.
El 3 de julio de 1922, un capitán de la Guardia Civil encontró a varios extranjeros trabajando en la ermita y paró los trabajos. El historiador Elías Tormo llevó el caso al Senado, el Estado pleiteó y la causa llegó al Tribunal Supremo, que en febrero de 1925 falló a favor de los vendedores: los propietarios podían vender libremente las pinturas y el comprador disponer de ellas. En 1926 volvió el equipo del restaurador italiano Franco Steffanoni y las arrancó con la técnica del strappo, que consiste en pegar una tela a la superficie pintada con una cola fuerte, dejarla secar y tirar de ella para despegar la película de color, que después se traslada a un lienzo nuevo. Los muros quedaron con las huellas del arranque.
El resto es una historia de mercado. El marchante Gabriel Dereppe llevó los fragmentos a Estados Unidos; el Museo de Bellas Artes de Boston compró la Última Cena y las santas mujeres en 1927; las bodas de Caná y la entrada en Jerusalén acabaron en Indianápolis; el halconero en Cincinnati; el dromedario, las tentaciones y la curación del ciego con Lázaro en The Cloisters, la sede medieval del Metropolitan en Nueva York.
El precio de volver
El regreso llegó por una vía que resume bien la época. En 1957, el Metropolitan cedió seis escenas del registro profano —la cacería del ciervo, la cacería de liebres, el soldado, el elefante, el oso y una cortina— al Museo del Prado. No fue una devolución, sino un depósito indefinido. A cambio, España entregó al museo neoyorquino el ábside románico de San Martín de Fuentidueña,
en Segovia, que se desmontó piedra a piedra y se volvió a levantar en The Cloisters, donde se inauguró en 1961. Para recuperar a medias un monumento, se entregó otro entero.

Los seis paneles cuelgan hoy en el Prado, montados sobre bastidores. La cacería de liebres mide 185 por 360 centímetros; el elefante, 205 por 135. En la ermita, en cambio, quedan restos, huellas y la palmera desnuda. En marzo de 2024, la Junta de Castilla y León pidió en préstamo a los museos de Estados Unidos y al Prado las pinturas dispersas para reunirlas en una exposición temporal; entonces reconoció que ninguna institución había respondido todavía.
La visita
San Baudelio está a unos ocho kilómetros al sur de Berlanga de Duero por la carretera SO-152, en dirección a Casillas de Berlanga, y a unos dos kilómetros de este pueblo. Hay aparcamiento junto a la ermita. Es anexo del Museo Numantino de Soria y abre de martes a sábado de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 20:00 de abril a septiembre, y de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 18:00 de octubre a marzo; domingos y festivos, solo de 10:00 a 14:00. Los lunes cierra, y no se permite el acceso en el último cuarto de hora. Conviene confirmar el horario antes de ir.
Antes o después, merece la pena el Centro de Interpretación de la Ermita de San Baudelio, en Berlanga (calle Bajada Dehesa, 4), instalado en el antiguo matadero: maqueta, audiovisuales y una gran fotografía de la palmera. La entrada cuesta 3 euros y hay que contactar antes con la Oficina de Turismo de Berlanga (975 343 433). Con el mismo viaje se ven el castillo y la colegiata de Berlanga, y siguiendo la SO-152 aparecen el románico de Caltojar y Bordecorex y la villa amurallada de Rello. Si se vuelve hacia el Duero, Gormaz completa el día con la otra cara de la frontera.
Lo que no cabe en un camión
San Baudelio enseña una verdad incómoda sobre el patrimonio: se conservó lo que no se podía vender. La columna, los arcos, la cueva y la tribuna siguen en su ladera porque la piedra trabada no se deja trocear sin destruirse; las pinturas, que eran una piel de pocos milímetros, viajaron. La ley de 1925 no vio en aquellos muros un bien común, sino una propiedad con dueño, y el mercado hizo el resto.
Un siglo después, la ermita se visita como se lee un libro al que le han arrancado las ilustraciones. Y sin embargo conserva lo esencial, lo que ningún museo puede exponer: la luz que entra de lado por las saeteras, el olor a piedra fría, la escala exacta de un cuerpo agachado bajo los arcos de la mezquitilla. Las pinturas están a salvo en cuatro ciudades. La palmera sigue sola, en el único sitio donde tiene sentido.
También en el cuaderno:
- Berlanga de Duero: una colegiata de cuatro años y un castillo que nunca disparó
- Gormaz: el kilómetro de muralla con el que Córdoba fijó la frontera del Duero
- San Miguel de Escalada: el monasterio que los monjes de Córdoba construyeron en doce meses
Fuentes
- Museo Nacional del Prado, Pinturas murales de San Baudelio de Casillas de Berlanga (Enciclopedia) y ficha de la obra Elefante (P007264).
- The Metropolitan Museum of Art, ficha Camel (61.219), The Cloisters Collection.
- Junta de Castilla y León, Museos de Castilla y León, Ermita de San Baudelio (anexo del Museo Numantino): horarios.
- Turismo de Castilla y León, Centro de Interpretación de la Ermita de San Baudelio.
- Nostra et Mundi, inventario de patrimonio disperso: Conjunto mural de San Baudelio de Berlanga.
- San Baudelio de Berlanga: expolio, pecios, eufemismos, FronteraD.
- 7 de julio de 1922: el expolio de las pinturas de la ermita de San Baudelio, El Debate, 2022; Las pinturas de Soria expoliadas que hoy poseen varios museos de Estados Unidos, elDiario.es; La Junta pide préstamo de pinturas de ermita de San Baudelio, El Mirón de Soria, 21 de marzo de 2024.
- Guerreros, dromedarios, osos y halconeros: el programa iconográfico de San Baudelio de Berlanga, masdearte.
- Descripción arquitectónica y medidas: guiadesoria.es, iberHistoria y Artemisia, «Arquitectura de San Baudelio de Berlanga», contrastadas entre sí.
- Wikipedia, Ermita de San Baudelio de Berlanga (como punto de partida).
#publi · Para seguir tirando del hilo: la monografía de referencia sobre la ermita y la guía que recorre el románico de toda la provincia.
- Milagros Guardia Pons, San Baudelio de Berlanga, una encrucijada (colección Memoria Artium, 10).
- Pedro Luis Huerta Huerta, Todo el Románico de Soria (colección Románico guías).
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