Guadamur: un castillo en el cerro, un tesoro en la huerta
En agosto de 1858 una tormenta destapó en una huerta de Guadamur el conjunto de orfebrería visigoda más importante de Europa. En el cerro de enfrente llevaba cuatro siglos un castillo del que casi nadie preguntaba. Dos historias de patrimonio con finales opuestos.
Agosto de 1858. Una tormenta descarga sobre los cigarrales del sur de Toledo y el agua se lleva por delante el talud de una huerta llamada Guarrazar, a unos once kilómetros de la ciudad. Cuando la tierra deja de moverse, entre las raíces y las piedras caídas asoma el oro: coronas, cruces, cadenas, letras sueltas colgando de eslabones finísimos. Es el conjunto de orfebrería visigoda más importante que se conserva en Europa, y aparece en un bancal de regadío, sin monumento encima, sin nadie que lo esperase.
En el cerro de enfrente, a la vista desde la huerta, llevaba cuatro siglos plantado un castillo de piedra y ladrillo por el que entonces casi nadie preguntaba. Guadamur es este pueblo pequeño de la comarca de la Sisla donde el patrimonio se reparte así: lo más antiguo debajo de la tierra, lo más visible arriba, y ninguna de las dos cosas explicada por la otra hasta hace muy poco.

El oro que destapó una tormenta
Lo que se derrumbó con las lluvias fue el terreno donde las fuentes sitúan la iglesia de un monasterio, el de Santa María de Sorbaces. Los hallazgos se escalonaron entre 1858 y 1861 y las crónicas discrepan sobre quién levantó la primera losa: un labrador del pueblo, Francisco Morales, aparece en casi todas ellas; en otras, una vecina que paseaba con sus padres. Lo que sí está documentado es el segundo lote, el de Domingo de la Cruz, que encontró más piezas por su cuenta y en marzo de 1861 entregó a Isabel II las dos joyas que todavía le quedaban. El resto de lo suyo había ido a parar a plateros toledanos que lo desmontaron y lo fundieron para borrar su procedencia. De todo lo que salió de aquella huerta se calcula que solo sobrevive alrededor de un tercio.
Eran coronas votivas: no se llevaban en la cabeza, se colgaban con cadenas sobre el altar como ofrenda del donante a la iglesia. La mejor conservada es la de Recesvinto, rey godo entre 649 y 672. Su diadema mide 20,6 centímetros de diámetro y diez de alto, y está trabajada en oro con zafiros y perlas engastados en cabujón —es decir, pulidos en forma redondeada y sin tallar en facetas, como gotas—. De ella cuelgan veintitrés letras que, leídas en orden, dicen RECCESVINTHVS REX OFFERET: el rey Recesvinto la ofreció. Una de esas letras, la R, sigue hoy en París.
Ocho coronas camino de París

El primer lote no llegó a ninguna institución española. Pasó a manos de un intermediario francés, A. Herouart, que en 1859 viajó a París y negoció con el Gobierno francés la venta de ocho coronas y seis cruces colgantes. Entraron en el Museo de Cluny y allí se quedaron ochenta años. En España la reacción llegó tarde y en forma de excavación: en abril de 1859, José Amador de los Ríos intervino en la huerta y sacó a la luz una capilla funeraria y restos escultóricos, la primera prueba de que debajo había arquitectura y no solo un escondrijo.
Las piezas de Cluny volvieron en 1941, dentro del intercambio de obras entre la España de Franco y la Francia de Vichy que devolvió también la Dama de Elche. Para entonces faltaba ya la más famosa de todas: la corona de Suintila había desaparecido de la Real Armería del Palacio Real la mañana del 4 de abril de 1921 y nunca se recuperó. Hoy el tesoro está repartido entre el Museo Arqueológico Nacional, el Palacio Real —que conserva la corona del abad Teodosio y la cruz del obispo Lucecio— y el propio Cluny. En Guadamur no queda ni una sola pieza original.
El cerro de enfrente
El castillo se levantó ocho siglos después del tesoro y por motivos mucho menos litúrgicos. Lo promovió la familia López de Ayala en la segunda mitad del siglo XV, sobre una posición que ya había sido fortificada en época musulmana, y se completó en dos fases: el grueso hacia 1470 y una ampliación hacia el primer tercio del XVI. Enrique IV concedió a los Ayala el condado de Fuensalida en 1470, y la fortaleza es exactamente eso: la declaración de un linaje que acababa de subir de escalón en una comarca que entre 1446 y 1521 acumuló ataques, incendios y saqueos.
Por sus salas pasó gente de peso. La tradición local sitúa aquí a Juana de Castilla y a Felipe el Hermoso en julio de 1502, camino de las Cortes de Toledo, y el propio castillo lo conmemoró en el siglo XIX con una serie de frescos. Después llegó el trasiego habitual de las casas nobiliarias castellanas: el señorío cambió de manos entre Velasco, Uceda y Frías hasta que, a principios del XIX, el edificio se quedó sin dueño interesado.

Garitones, canes y una franja de ladrillo
Guadamur pertenece a la familia de castillos señoriales del siglo XV en los que la defensa ya convive con el escaparate. Son dos recintos cuadrangulares concéntricos: el interior, con torres cilíndricas en las esquinas y cubos rectangulares en los lienzos; el exterior, una barbacana —el muro bajo y adelantado que obliga al atacante a detenerse antes de llegar al principal— rodeada por un foso que se cruzaba en puente levadizo. El patio de armas y el palacio forman un rectángulo de unos veinte por doce metros.
La torre del homenaje ronda los treinta metros de altura sobre una base de diez por quince, y es la pieza que justifica el viaje. Se organiza en dos cuerpos superpuestos y remata en garitones, esas garitas voladas en las esquinas que en Guadamur descansan sobre ménsulas circulares. Bajo la cornisa corren canes triples: modillones de piedra que sobresalen del muro para sostener el vuelo. El aparejo combina mampostería reforzada con sillería en las esquinas —piedra labrada en bloques regulares, colocada donde el muro sufre— y bandas decorativas de ladrillo, ese recurso castellano que convierte un material barato en ritmo visual. Sobre los muros, repetido, el escudo de los López de Ayala.

Franceses, carlistas y un siglo de goteras
En 1809 las tropas napoleónicas dañaron gravemente el conjunto. Vinieron después las guerras carlistas, el abandono y el expolio lento, el de quien se lleva una piedra labrada porque nadie la está usando. A mediados del siglo XIX el castillo era una ruina con nombre, de las que se dibujaban en los libros de viaje románticos precisamente porque estaban caídas. En 1880 lo compraron tres vecinos del pueblo, detalle pequeño y muy revelador: el patrimonio castellano ha pasado más de una vez por manos particulares en el punto exacto en que nadie más lo quería.
Un conde con un historiador al lado
En 1887 lo adquirió Carlos Morenés y Tord, IV barón de las Cuatro Torres y VI conde del Asalto, y emprendió una restauración que se prolongó hasta 1900. No fue un capricho aislado. El historiador del arte Alejandro de la Fuente Escribano ha estudiado esa intervención como el punto de llegada de un proceso que arranca a finales del XVIII y que la ideología romántica y el gusto por lo medieval empujaron hasta hacerlo posible: primero los viajeros escriben sobre la ruina, después los periodistas la convierten en asunto público, y solo entonces alguien paga la obra.
El conde tuvo al lado a Jerónimo López de Ayala, conde de Cedillo, historiador toledano y uno de los mejores conocedores del patrimonio de la provincia. La paradoja es exquisita: un López de Ayala asesorando la reconstrucción del castillo que otro López de Ayala había mandado levantar cuatro siglos antes. La Guerra Civil volvió a castigar el edificio y hubo que restaurarlo de nuevo, esta vez bajo el marqués de Aguilar de Campoo. El 18 de junio de 1964 fue declarado monumento histórico-artístico, con el código de protección RI-51-0001611.
Lo que todavía sale de la tierra
La huerta, mientras tanto, siguió callada más de un siglo. Entre 2002 y 2005 el arqueólogo alemán Christoph Eger hizo sondeos y aplicó geomagnetismo y georradar para leer el subsuelo sin abrirlo. Desde 2013 hay excavación sistemática, y lo que aparece no es un escondite de tesoros sino un complejo monástico y palacial de época visigoda: cimentaciones de sillería de granito, basas de mármol de gran tamaño pertenecientes a un edificio monumental, y cinco áreas identificadas —monasterio, basílica, manantial con necrópolis, palacio y mina—. La interpretación que manejan los excavadores es la de un santuario de primer orden del reino de Toledo, activo entre finales del siglo VI y comienzos del VIII.
Dicho de otro modo: las coronas no estaban enterradas en mitad del campo. Estaban donde tenían que estar, colgadas sobre el altar de una iglesia que nadie se había molestado en buscar. Hicieron falta ciento cincuenta y cinco años y un proyecto arqueológico para demostrar lo que el propio tesoro llevaba diciendo desde 1858.
La visita
Guadamur está a unos trece kilómetros de Toledo. Se llega por la CM-401 en dirección a Polán, con desvío señalizado al pueblo. El castillo domina la localidad y su exterior se recorre libremente; el interior es de propiedad privada y solo se visita en régimen concertado, además de usarse para bodas y rodajes, así que conviene llamar o escribir antes de subir en lugar de presentarse a puerta fría.
El yacimiento de Guarrazar se visita únicamente con guía y reserva previa, en reservas@guarrazar.com, con grupo mínimo de ocho personas, recorrido de unas dos horas y entrada individual en torno a los ocho euros. En el pueblo, el Centro de Interpretación del Tesoro de Guarrazar ocupa desde 2007 el edificio de las antiguas escuelas municipales y expone réplicas de las coronas y cruces realizadas por el orfebre Juan José Marmolejo, junto a frisos, capiteles y basas visigodas donados por los vecinos. Es la única forma de ver el tesoro completo donde apareció.
Para combinar en el día: Toledo capital queda a media hora larga y, hacia el oeste, por la carretera de Navahermosa, está Santa María de Melque, en San Martín de Montalbán, con el castillo de Montalbán asomado al barranco del Torcón. Un itinerario visigodo y medieval de jornada redonda, casi todo en carreteras secundarias entre olivar y encina.
Hay una lección incómoda en Guadamur, y no es la de siempre. Lo que se perdió del tesoro no lo destruyó ninguna guerra ni ningún invasor: lo fundieron plateros para revenderlo, se lo llevó un intermediario con un contrato en regla y se esfumó de una vitrina oficial en pleno Madrid. El expolio del patrimonio castellano casi nunca ha tenido forma de saqueo espectacular. Ha tenido forma de trámite.
Y frente a eso, el castillo del cerro cuenta la historia contraria: sobrevivió porque a alguien le pareció que valía la pena, primero a tres vecinos que juntaron el dinero y después a un conde con ínfulas románticas y buen asesor. Ninguna de las dos cosas —la fundición y la restauración— tuvo nada de inevitable. Las dos fueron decisiones. Eso es, en el fondo, todo lo que separa a un monumento de un solar.
También en el cuaderno:
- Santa María de Melque: la arquitectura desnuda del reino visigodo
- San Pedro de la Nave: la iglesia visigoda que se negó a desaparecer bajo el agua
- El Castillo de Coca: la fortaleza de ladrillo mudéjar que convirtió la tierra en arte
Fuentes
- Alejandro de la Fuente Escribano, «La restauración del castillo de Guadamur en el siglo XIX como expresión del romanticismo en España», Espacio, Tiempo y Forma. Serie VII, Historia del Arte, n.º 7 (2019). DOI: 10.5944/etfvii.7.2019.22217.
- Portal de Cultura de Castilla-La Mancha, fichas de los yacimientos visitables de Guarrazar y del castillo de Guadamur.
- Proyecto arqueológico Guarrazar, «Las excavaciones», con el historial de intervenciones desde 1859.
- Museo Arqueológico Nacional, pieza «Corona votiva de Recesvinto», del tesoro de Guarrazar.
- Asociación Española de Amigos de los Castillos, ficha del castillo de Guadamur en CastillosNet.
- AACHE Ediciones, ficha del castillo de Guadamur, con la secuencia constructiva y los propietarios sucesivos.
Una selección de libros sobre el tesoro de Guarrazar es un buen complemento.
Este enlace de Amazon es un enlace de afiliado (#publi): si compras a través de él, el blog recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti.
Todavía no hay comentarios. Puedes abrir la conversación al final de la pieza.