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Castillos y fortificaciones

Peñafiel: el castillo con forma de barco que se salvó vendiendo vino

Fecha 25 de septiembre de 2026
Lectura 11 min de lectura
Sección Castillos y fortificaciones
Autoría En el Campo Amarillo

Doscientos diez metros de largo por veinte de ancho: el castillo de Peñafiel copia la forma del cerro y parece un buque varado sobre los viñedos de la Ribera. Lo reconstruyó en 1456 el maestre de Calatrava y lo salvó, en 1999, un museo del vino.

Castillo de Peñafiel sobre el cerro

Doscientos diez metros de largo y, en los tramos más angostos, apenas veinte de ancho. Ninguna fortaleza castellana tiene una planta tan improbable como la del castillo de Peñafiel, y la razón no está en el capricho de nadie: está en la geología. El castillo no se adaptó al cerro; el castillo es el cerro, forrado de piedra hasta el borde mismo del precipicio. Desde el valle, con los viñedos de la Ribera abajo, el efecto es el que todo el mundo describe igual porque no hay otra manera de describirlo: un buque de piedra varado a doscientos kilómetros del mar más cercano.

Castillo de Peñafiel sobre el cerro
El castillo de Peñafiel, un buque de piedra varado sobre la Ribera del Duero. Foto: Wikimedia Commons.

La peña ya era fiel antes de la leyenda

La versión bonita dice que en 1013, tras arrebatar el enclave a los musulmanes, el conde castellano Sancho García proclamó que desde aquel día aquella sería «la peña más fiel de Castilla». De ahí, Peñafiel. Es una etimología redonda, con la pega de que no puede ser cierta: el topónimo Penna Fidele ya aparece escrito en un documento de 943, setenta años antes de la frase, junto al nombre de Ansur Fernández, primer conde de Monzón. La leyenda no bautizó el sitio. Llegó después a explicar un nombre que ya existía.

Lo que sí es cierto es la importancia del emplazamiento. El cerro se levanta exactamente donde los ríos Duratón y Botijas desembocan en el valle del Duero, es decir, en el nudo donde se cruzan tres corredores naturales. Durante el siglo X aquello fue tierra de nadie y de todos, tomada y perdida con la regularidad exasperante de la frontera del Duero. Almanzor la ocupó; Sancho García la recuperó en 1013; a partir de ahí, Peñafiel dejó de ser un puesto avanzado y empezó a ser una villa.

Convento de San Pablo de Peñafiel
El convento de San Pablo, fundación y panteón de don Juan Manuel en Peñafiel. Foto: Wikimedia Commons.

Don Juan Manuel, que escribía cuentos y levantaba muros

El primer gran constructor del castillo que hoy se visita fue también uno de los mejores prosistas de la Edad Media castellana. Don Juan Manuel (1282-1348), nieto de Fernando III, sobrino de Alfonso X y señor de Peñafiel, es el autor de El conde Lucanor, esa colección de cuentos ejemplares donde un noble pide consejo a su ayo y el ayo responde con una historia. El mismo hombre que escribió aquellas parábolas sobre la prudencia política se pasó la vida practicando una política nada prudente: conspiró contra Fernando IV, pactó y rompió con Alfonso XI, casó y descasó hijas por conveniencia y estuvo en guerra abierta con su rey durante años.

Peñafiel era su plaza fuerte y su capital personal. En la primera mitad del siglo XIV reedificó la fortaleza sobre lo que quedaba del recinto condal y fundó a los pies del cerro el convento dominico de San Pablo —las fuentes bailan entre 1318 y 1324—, un edificio mudéjar de ladrillo que eligió para su sepultura. Un señor medieval que se construye a la vez el castillo y el panteón dice bastante sobre cómo entendía la permanencia.

1456: el hermano del otro

El siglo XV empezó mal para el castillo. Las crónicas hablan de un derribo ordenado desde la corona en tiempos de Juan II, el castigo habitual a una fortaleza señorial que había estado en el bando equivocado. Lo que hoy se sube a ver no es, por tanto, el castillo de don Juan Manuel: es lo que se levantó encima de sus ruinas a partir de 1456, cuando los derechos sobre aquellos restos recayeron, ya bajo Enrique IV, en don Pedro Girón Acuña Pacheco, maestre de la Orden de Calatrava.

El apellido conviene retenerlo. Pedro Girón era hermano de Juan Pacheco, marqués de Villena, el privado que manejó a Enrique IV durante tres décadas. Los dos hermanos hicieron en los mismos años exactamente lo mismo en dos extremos de Castilla: levantar fortalezas que no esperaban asedio alguno y que servían, sobre todo, para que se viese desde la llanura quién mandaba. Peñafiel es el contrapunto vallisoletano de esa política de piedra. Pedro Girón murió en 1466 sin verla terminada —nunca llegó a estarlo del todo— y sus descendientes, condes de Ureña primero y duques de Osuna después, heredaron un edificio cada vez más grande y cada vez menos necesario.

Castillo de Peñafiel desde la torre del homenaje
La planta alargada del castillo vista desde la torre del homenaje. Foto: José Luis Filpo Cabana, Wikimedia Commons.

Veintiocho cubos y una proa

La forma de barco no es una metáfora turística: es una consecuencia. El castillo se asienta sobre un cerro testigo, uno de esos montes de cima plana y laderas abruptas que quedan aislados cuando la erosión se lleva el páramo de alrededor y deja en pie un resto como prueba de la altura que un día tuvo todo. La plataforma resultante es larguísima y estrecha, y la fábrica del siglo XV se limita a seguirla hasta el último centímetro.

De ahí salen dos recintos concéntricos. El exterior, de muros lisos y sin torres, bordea el filo del cerro y hacía las veces de barbacana —el muro bajo y avanzado que obliga al atacante a superar una primera línea antes de llegar a la principal—. El interior, más alto, lleva alrededor de veintiocho cubos cilíndricos almenados repartidos con una regularidad casi obsesiva, unidos por un adarve, el pasillo de ronda que corre por lo alto de la muralla protegido por el parapeto. La puerta principal se abre al este, flanqueada por dos torreones y coronada por un matacán: esa galería volada, sostenida sobre ménsulas, que tiene el suelo perforado para dejar caer proyectiles sobre quien aporrea la puerta.

En el centro, partiendo el recinto en dos como un puente de mando, se alza la torre del homenaje: un prisma rectangular de treinta y cuatro metros con tres plantas abovedadas comunicadas por escalera de caracol, reforzado por ocho garitones cilíndricos —torrecillas voladas— en las esquinas y en los puntos medios de los lados. Se entraba por un puente levadizo, a media altura, y desde arriba, en los días limpios de meseta, la vista alcanza según la ficha oficial hasta ciento cincuenta kilómetros: de la sierra de Ayllón al Guadarrama. Debajo, aljibes y almacenes excavados en la roca. Todo en sillería caliza del propio páramo, extraída prácticamente al pie de la obra.

Cuando ya no queda a quién vigilar

A partir del siglo XVI, la historia del castillo es la de una ausencia. Los Osuna vivían en la corte y en sus estados andaluces; el castillo se quedó sin señor, sin guarnición y sin enemigo. Sirvió de prisión, después de casi nada, y durante mucho tiempo fue exactamente lo que suelen ser las fortalezas abandonadas en Castilla: una cantera con vistas, de la que el pueblo de abajo se surtía de piedra sin que nadie lo impidiera.

La protección legal llegó el 1 de junio de 1917, con la declaración de Monumento Nacional. La reparación, medio siglo más tarde: entre 1966 y 1973 se acometieron las obras que consolidaron lo que quedaba en pie y devolvieron el perfil que hoy se ve desde la carretera. Es la secuencia de siempre, y merece la pena subrayarla: cincuenta años entre reconocer un edificio y tocarlo. Un papel no sostiene un muro.

El vino que le encontró un oficio

Lo que salvó definitivamente a Peñafiel no fue una restauración, sino una idea: darle trabajo. En 1998 la Diputación de Valladolid encargó al arquitecto Roberto Valle la conversión del castillo en Museo Provincial del Vino, y la obra se inauguró en 1999. El planteamiento fue de una prudencia ejemplar. En lugar de horadar los muros del siglo XV para colgar de ellos suelos y escaleras, Valle metió dentro del patio de armas una estructura completamente exenta —pilares y vigas de acero, forjados de madera— que se sostiene sola y no toca la fábrica antigua. Se lee a simple vista qué es castillo y qué es museo, y el día que el museo sobre, se desmonta.

El resultado funciona: dos niveles de exposición sobre el viñedo, la vendimia y la elaboración, y un sótano de muros de caliza con sala de catas, auditorio y biblioteca. En 2017 pasaron por allí 86.553 visitantes, una cifra que ninguna fortaleza de la provincia se acerca a igualar. Las obras no han parado: en 2024 se remataron las del adarve perimetral. El castillo que se levantó para vigilar un valle acabó viviendo de lo que ese valle cultiva.

Plaza del Coso y castillo de Peñafiel
La Plaza del Coso con el castillo al fondo: la villa al pie del barco de piedra. Foto: Wikimedia Commons.

La visita

Peñafiel está poco más de cincuenta kilómetros al este de Valladolid, sobre el eje del Duero. Desde la capital se llega por la N-122 o por la autovía A-11, que discurre paralela; desde Madrid, lo lógico es la A-1 hasta Aranda de Duero y continuar por la N-122 hacia el oeste, algo menos de dos horas en total. El castillo se sube por la calle Subida al Castillo, sin número, y hay aparcamiento a media ladera.

La entrada general, que incluye castillo y museo, cuesta 6,60 euros; los menores de doce años acompañados entran gratis y la visita con cata sale por 9,20 euros los fines de semana. De abril a septiembre abre de martes a domingo y festivos de 10:30 a 14:00 y de 16:00 a 20:00; de octubre a marzo, la tarde se acorta hasta las 18:00. Cierra los lunes, además del 24, 25 y 31 de diciembre y el 1 y el 6 de enero. Teléfono: 983 881 199. Conviene reservar por internet en temporada alta y calcular hora y media larga para el conjunto.

Y no se vaya sin bajar al pueblo, que es la mitad del viaje. La Plaza del Coso es una plaza medieval de casas de entramado de madera con balcones corridos que sigue funcionando como coso taurino en las fiestas de agosto; el convento de San Pablo conserva el ábside mudéjar de ladrillo de don Juan Manuel; y bajo las calles hay decenas de bodegas subterráneas excavadas a pico. A un cuarto de hora queda el monasterio cisterciense de Santa María de Valbuena, junto al río; algo más lejos, hacia el este, Curiel de Duero y Peñaranda de Duero. Es comarca de bodegas: casi todas piden reserva previa.

Lo que se salva es lo que sirve

Hay una lección incómoda en este cerro. El castillo de Peñafiel no ha llegado hasta nosotros por ser el mejor construido, ni por haber resistido ningún asedio memorable —no resistió ninguno—, ni por la declaración de 1917, que lo dejó dormir cincuenta años más. Ha llegado porque a finales del siglo XX alguien le encontró un oficio que no tenía nada que ver con aquello para lo que fue levantado, y porque el oficio resultó rentable. La piedra sobrevive cuando encuentra un motivo contemporáneo para seguir en pie.

Eso explica, también al revés, buena parte de las ruinas de Castilla: los cientos de castillos, ermitas y monasterios a los que nadie ha sabido encontrar función. La diferencia entre un monumento y un escombro no siempre está en el valor histórico. A menudo está en si alguien, en algún momento, decidió que aquello todavía servía para algo. En Peñafiel, la respuesta vino de las viñas que rodean el cerro, que llevaban allí, pacientes, desde mucho antes de que a nadie se le ocurriera fortificarlo.

También en el cuaderno:

Fuentes

  • Asociación Española de Amigos de los Castillos, ficha del Castillo de Peñafiel (doble recinto, torreones, atribución de la obra a Pedro Girón).
  • CastillosNet, Castillo de Peñafiel (torre del homenaje, garitones, puerta este, restauraciones de 1966-1973 y de 2024).
  • Turismo Ribera del Duero, ficha del Castillo de Peñafiel (dimensiones, declaración de Monumento Nacional del 1 de junio de 1917, alcance de las vistas).
  • Peñafiel, Historia del Condado de Castilla (mención documental de Penna Fidele en 943, Ansur Fernández, convento de San Pablo).
  • ArquitecturaVA, Museo Provincial del Vino, castillo de Peñafiel (proyecto de Roberto Valle, 1998-1999; estructura exenta de acero y madera).
  • Ayuntamiento de Peñafiel, Museo Provincial del Vino (horarios, tarifas y datos de contacto).
  • Miguel Sobrino, Castillos y murallas. Las biografías desconocidas de las fortalezas de España, La Esfera de los Libros, 2022.

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  • Miguel Sobrino, Castillos y murallas. Las biografías desconocidas de las fortalezas de España (La Esfera de los Libros).
  • Castillos medievales de España, de Luis Monreal y Tejada y Albert Ollé Martín.
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