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Castillos y fortificaciones

Una puerta sin muralla: los cuatro kilómetros que Ciudad Real se quitó de encima

Fecha 19 de septiembre de 2026
Lectura 10 min de lectura
Sección Castillos y fortificaciones
Autoría En el Campo Amarillo

De ciento treinta torreones de la muralla de Ciudad Real queda uno; de ocho puertas, solo la Puerta de Toledo, salvada por una declaración de 1915. Historia de una cerca medieval de 4.600 metros que la ciudad fue demoliendo durante siglo y medio, y del artesonado mudéjar que estuvo doscientos años tapado en la iglesia de Santiago.

Puerta de Toledo de Ciudad Real, resto de la muralla medieval

De ciento treinta torreones queda uno. De ocho puertas, una. De cuatro kilómetros y medio de muralla elíptica, cincuenta metros de lienzo desconchado en la Ronda de la Mata que casi nadie mira al pasar. Ciudad Real demolió su propio recinto medieval con una constancia casi metódica repartida a lo largo de siglo y medio, y lo hizo sin dramatismo: por conveniencia urbana, por higiene, por necesidad de piedra barata. Lo que sobrevive de aquella Villa Real cabe hoy en tres paradas de un paseo corto.

Puerta de Toledo de Ciudad Real
La Puerta de Toledo, superviviente mayor de la muralla medieval de Ciudad Real. Foto: Javier Martin, Wikimedia Commons, CC BY-SA.

Un rey funda una villa para fastidiar a una orden

En 1255 Alfonso X otorgó carta puebla a una aldea llamada Pozuelo de Don Gil, perdida entre las tierras llanas que la Orden de Calatrava administraba a su antojo. Ese documento es el acta de nacimiento de la ciudad, y la jugada no era inocente: plantar una villa de realengo —dependiente del rey, no de una orden militar ni de un señor— en medio de un territorio de freires calatravos equivalía a clavar una bandera. La nueva Villa Real quedaba además sobre el camino real de Toledo a Sevilla, por donde bajaba el comercio y subían los rebaños de la Mesta.

La villa creció deprisa. En 1420, a petición de los cuadrilleros de la Hermandad Vieja —la milicia vecinal que protegía los ganados trashumantes y perseguía a los malhechores de los montes—, Juan II le concedió el título de ciudad, de donde viene el nombre actual. Del privilegio no se conserva original en el archivo municipal: todas las crónicas lo mencionan, ninguna lo enseña.

Fue también aquí donde el Santo Oficio hizo sus primeras armas en Castilla la Nueva: el tribunal se constituyó en abril de 1483 y en junio de 1485 se mudó a Toledo, dejando tras de sí once autos de fe y ochenta y ocho procesos documentados.

Una elipse casi perfecta

La primera noticia documentada de obras en la cerca es de 1297, y la fortificación quedó rematada hacia 1328, ya en tiempos de Alfonso XI. El resultado fue una de las murallas urbanas más regulares de Castilla: una elipse de unos 4.600 metros de perímetro, muros de 2,20 metros de grosor, ciento treinta torreones y ocho puertas —Toledo, Calatrava, La Mata, Granada, Ciruela, Alarcos, Santa María y del Carmen—. No era granito de montaña ni sillería monumental: el lienzo se levantó sobre todo con mampostería y sillarejo, piedra pequeña sin labrar trabada con mortero, reservando los sillares escuadrados de caliza para esquinas, jambas y arcos, que es donde el empuje aprieta.

Es una muralla de llanura, no de risco. No buscaba la inexpugnabilidad de el cinturón de granito de Ávila, encajado en un cerro y pensado para una frontera viva. Buscaba delimitar, controlar, cobrar: una cerca urbana en la Mancha es sobre todo una aduana, y ocho puertas son ocho puntos donde se paga el portazgo. Durante siglos, de hecho, solo tres accesos estuvieron habitualmente abiertos —Toledo, Alarcos y el portillo de Santa María—, lo que da una idea bastante clara de para qué servía aquel anillo de piedra.

Seis arcos y siete canteros

La Puerta de Toledo es lo único que queda en pie de ese sistema, y por fortuna era la mejor. Se levantó hacia 1328 —la inscripción interior fecha la obra en la era hispánica de 1366, equivalente a 1328 en nuestro cómputo— sobre el camino real de Toledo a Sevilla. Dos torreones de planta rectangular, doce metros de altura por cuatro de frente, flanquean un paso articulado por seis arcos de formas deliberadamente distintas: los hay apuntados, de medio punto y de herradura. Esa convivencia del ojival cristiano y el herradura de raíz islámica es lo que los manuales llaman gótico-mudéjar, y aquí no es etiqueta: es un edificio que dos tradiciones constructivas levantaron a la vez.

Dentro, los dos tramos se cubren con bóvedas de nervadura divididas en cuatro paños, sobre arcos apeados en ménsulas, con escudos de Castilla y León en las claves. En las dovelas —las piedras en cuña que forman el arco— se conservan cuatro bustos esculpidos desde la obra original, y en la sillería se han identificado marcas de al menos siete canteros distintos: los signos incisos con que cada operario firmaba su trabajo para cobrarlo. Siete manos, siete jornales, una puerta.

Una lápida reproduce en caracteres góticos una fórmula de bendición: «Visita, oh Señor, esta morada, y aparta de ella todas las asechanzas del enemigo». Es el versículo de completas que se recitaba en los monasterios antes de dormir, grabado aquí sobre el vano por el que entraban los arrieros. Una muralla es una máquina de guerra y también un acto de fe en que la piedra baste.

Detalle exterior de la Puerta de Toledo en Ciudad Real
La puerta exenta, ya separada del recinto que la explicaba. Foto: Rafa Esteve, Wikimedia Commons, CC BY-SA.

El techo que estuvo doscientos años tapado

A pocos minutos de allí, junto a la antigua judería, está la iglesia de Santiago Apóstol, el templo más antiguo de la ciudad. Se empezó a finales del siglo XIII y se terminó a mediados del XIV: tres naves con arcos apuntados sobre pilares gruesos y una cabecera de tres ábsides poligonales —siete lados el central, cinco los laterales— con bóvedas de crucería. La torre se alzó sobre un torreón defensivo previo y conserva ese aire de fortaleza de tantos campanarios manchegos.

Lo extraordinario está arriba. La nave central se cubre con un artesonado mudéjar de madera policromada en amarillo de oropimente, de 23,87 por 6,18 metros, decorado con lacería —esa geometría de cintas entrelazadas que forma estrellas y polígonos, herencia directa del taller andalusí— y estrellas octogonales de flores lobuladas. Lo reciben treinta y dos canecillos, las ménsulas voladas que soportan el peso de la viga, cada una con un escudo distinto: los de Pedro Muñiz de Godoy, maestre de Calatrava, los de la propia orden y los de los Coello de Portugal. En el ábside sobrevive una pintura mural de dragones apocalípticos.

Durante el siglo XVIII a alguien le pareció que aquello era cosa vieja y mandó tapar la nave con una bóveda de cañón. El artesonado se quedó a oscuras, encima del falso techo, unos doscientos años. Reapareció en la restauración integral que la administración regional acometió entre 1985 y 1989, cuando también se consolidó la torre y se levantaron los encalados que ocultaban las pinturas. Entre las maderas apareció una moneda de Enrique III, acuñada entre 1390 y 1406, que fecha la obra con una precisión que pocos artesonados castellanos consienten. En 2008 la madera volvió a restaurarse, con un presupuesto de 260.000 euros.

Interior de la iglesia de Santiago de Ciudad Real
Interior de Santiago, el templo medieval que conserva el gran artesonado mudéjar. Foto: Wikimedia Commons.

Piedra barata para una plaza de toros

La muralla no cayó de un golpe: se fue. El primer tramo se derribó en 1767. Entre 1853 y 1862 se autorizaron demoliciones parciales para obras municipales, y en 1853 se abrió la puerta de Ciruela para el ferrocarril. En 1863 se echó abajo el lienzo entre las puertas de la Mata y de Toledo con un objetivo sanitario: desecar las lagunas de los Terreros, focos de paludismo que la propia cerca ayudaba a embalsar. Los acuerdos municipales de derribo total llegaron en 1931 y 1932, y el último paño desapareció ya entrados los años sesenta.

La piedra no se perdió: cambió de sitio. Los sillares acabaron en edificios municipales, en el seminario y en la plaza de toros. Es la biografía habitual de las murallas urbanas castellanas, y conviene no contarla solo como tragedia: en el XIX, derribar la cerca era literalmente respirar. Igual que en el Valladolid que se reinventó a finales de siglo, la ciudad decidió que su futuro estaba fuera del anillo. El trazado sigue ahí, dibujado en negativo: las rondas actuales calcan la elipse medieval con una fidelidad que sorprende en cualquier plano.

Lo que se salvó y lo que costó salvarlo

La Puerta de Toledo fue declarada Monumento Nacional el 17 de febrero de 1915 —hoy la figura equivalente es la de Bien de Interés Cultural—, y esa declaración temprana explica que siga en pie mientras el resto del recinto se desmontaba. No bastó para librarla del deterioro: la humedad y la degradación de la caliza obligaron a una intervención mayor, iniciada en octubre de 2012, dentro de un plan de 2.187.902 euros en el que la Fundación MonteMadrid aportó 719.018 para la puerta y el Ayuntamiento 1.468.884 para reordenar el entorno. Las obras depararon hallazgos arqueológicos en el subsuelo del paso.

Del alcázar que Alfonso X mandó levantar en el punto más alto del terreno poco después de fundar la villa no queda más que un arco apuntado, el llamado Torreón del Alcázar, apuntalado hace más de un siglo con dinero del marqués de Villamediana para que no se viniera abajo. De un palacio real que alojó bodas, cortes y embajadas queda una curva de piedra. Es, a su manera, el resumen exacto de esta ciudad.

La visita

Ciudad Real está a unos doscientos kilómetros de Madrid: por carretera, A-4 hasta Puerto Lápice y después la autovía CM-42; en tren, con parada de alta velocidad desde que se inauguró la línea Madrid-Sevilla en 1992, lo que la convierte en una de las capitales españolas más cómodas de visitar en el día sin coche. Todo lo que se cuenta aquí se recorre andando en una mañana larga.

La Puerta de Toledo se alza en el extremo norte del casco, exenta y rodeada hoy por un espacio reordenado que permite verla por los cuatro costados; el acceso es libre, y merece la pena rodearla despacio buscando las marcas de cantero en los sillares del arranque. La iglesia de Santiago está en el centro, a unos diez minutos a pie, junto a la antigua judería: conviene confirmar horario en la oficina municipal de turismo (926 216 468), porque abre en función de los cultos, y el artesonado se aprecia mucho mejor con la luz encendida. El Torreón del Alcázar queda al sureste. El Museo Provincial y la catedral de Santa María del Prado están dentro del mismo perímetro.

Con coche y un segundo día, la provincia recompensa: el conjunto sacro-fortificado de Calatrava la Nueva está a unos treinta kilómetros al sur, en Aldea del Rey, y hacia el este, ya en el límite con Albacete, las quince lagunas de Ruidera y sus barreras de toba.

Arcos de la Puerta de Toledo de Ciudad Real
Los arcos de la Puerta de Toledo, una mezcla gótico-mudéjar de piedra y memoria urbana. Foto: Rafa Esteve, Wikimedia Commons, CC BY-SA.

Una puerta que ya no separa nada

Hay algo casi cómico en una puerta monumental que no guarda ningún interior: se puede entrar por ella o rodearla, y da exactamente igual. Ha perdido su función y ha conservado su forma; eso es, en el fondo, lo que llamamos patrimonio. La muralla cumplió su papel durante seiscientos años y luego estorbó, y la ciudad hizo con ella lo que las ciudades vivas hacen con lo que estorba. No hubo villanos: hubo decisiones razonables tomadas una tras otra hasta que no quedó nada que decidir.

Lo que salvó a la Puerta de Toledo no fue su belleza —el resto del recinto también la tenía— sino un papel firmado en 1915 que la declaró intocable justo antes de que le llegara el turno. Ese es el margen real entre conservar y perder: casi siempre, unos años y una firma. Conviene recordarlo cada vez que se pasa bajo sus seis arcos, que hoy no separan la ciudad del campo, sino una ciudad de sí misma.

También en el cuaderno:

Fuentes

Una selección de libros sobre la historia de Ciudad Real aporta contexto a la Puerta de Toledo.

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