Colegio de San Gregorio: un granado de piedra en Valladolid
Colegio de San Gregorio (Valladolid): levantado en 1488-1496 por fray Alonso de Burgos, fachada atribuida a Gil de Siloé, hoy Museo Nacional de Escultura.
Cuando el caballero flamenco Antoine de Lalaing pasó por Valladolid en el séquito de Felipe el Hermoso, en el viaje a Castilla que el archiduque emprendió en 1501, el Colegio de San Gregorio era todavía un edificio recién estrenado. Lo había fundado el dominico fray Alonso de Burgos, confesor de los Reyes Católicos y sucesivamente obispo de Córdoba, Cuenca y Palencia, con una bula de Inocencio VIII fechada en 1487, y sus obras corrieron entre 1488 y 1496: ocho años para levantar en Valladolid uno de los ejemplos más acabados del gótico hispanoflamenco, el mismo edificio que desde 1933 alberga el Museo Nacional de Escultura. Lalaing, hombre práctico, apuntó primero las cuentas: mil ducados de renta al año para sostener a veinte religiosos estudiantes y otros quinientos para el mantenimiento de la casa. Luego se quedó mirando.
No era para menos.

Un fraile, una reina y una bula
La Valladolid de finales del siglo XV era la ciudad de la Chancillería y de la corte itinerante, y la orden de Santo Domingo tenía en ella uno de sus conventos mayores, San Pablo. Fray Alonso de Burgos quiso añadirle algo que Castilla echaba en falta: un colegio donde los frailes más dotados estudiaran teología con rentas suficientes para no depender de nadie.
Antes del colegio llegó la tumba. Entre 1484 y 1490 el obispo mandó rehacer una capilla funeraria en el crucero de la iglesia de San Pablo, obra de Juan Guas con la participación de Juan de Talavera, a la que Simón de Colonia añadiría después la sacristía. Para ella se encargaron un sepulcro a Simón de Colonia y un retablo de madera dorada al taller de Gil de Siloé, con el pintor Diego de la Cruz. Lalaing vio ambos: un sepulcro de alabastro con figuras de tamaño natural entre las que reconoció a los reyes y al príncipe don Juan, y un retablo de treinta pies de alto por dieciocho de ancho, «todo de madera, tallada y dorada ricamente». Tras la muerte del fundador, la reina Isabel aceptó en 1500 el patronato del colegio.
Los mejores cinceles de Castilla en una sola calle
Durante mucho tiempo la autoría del edificio colegial fue un rompecabezas. Por las obras de fray Alonso pasaron casi todos los grandes nombres de la última generación gótica castellana: Juan Guas, el arquitecto del palacio del Infantado; Simón de Colonia, hijo del maestro que había coronado de agujas la catedral de Burgos; Gil de Siloé, el escultor de la cartuja de Miraflores. La investigación reciente, recogida en la monografía El Colegio de San Gregorio. Fábrica insigne al servicio del saber, identifica a Juan Guas como autor de la construcción del colegio, con Juan de Talavera en los trabajos iniciales, mientras que la fachada sigue atribuyéndose al taller de Gil de Siloé, posiblemente en colaboración con Diego de la Cruz.
El resultado es un edificio de dos patios. El primero, de paso, separa la zona religiosa —la capilla y el convento de San Pablo— de la colegial; el segundo, cuadrado, organiza a su alrededor las aulas, la biblioteca y las celdas, repitiendo la tipología universitaria. Es arquitectura para pensar, pero vestida para la corte.
Una fuente, un granado y dos hombres salvajes
La fachada es un retablo que se ha salido a la calle. En la parte baja, el programa es religioso: en el tímpano —el espacio semicircular sobre la puerta— el propio fray Alonso aparece arrodillado ofreciendo el colegio a san Gregorio Magno, entre santo Domingo y san Pablo. En las jambas montan guardia los salvajes, hombres cubiertos de pelo, con barba y maza, que sostienen escudos. Se han leído de muchas maneras: como imagen del ser humano antes de la civilización, como eco de san Juan Bautista en el desierto o, más arriesgadamente, como reflejo de las primeras noticias de América.
Arriba, el discurso se vuelve político sin dejar de ser teológico. Sobre una fuente en la que se bañan y juegan unos niños crece un granado cargado de fruto, y de sus ramas brota el escudo de los Reyes Católicos, sostenido por el águila de san Juan y flanqueado por leones rampantes. A los lados, parejas de ángeles sostienen las armas del fundador, cuya flor de lis —su emblema personal— se repite en dinteles y jambas como una firma. La historiadora María Lozano de Vilatela ha interpretado el conjunto como un microcosmos que funde el mito de la Fuente de la Juventud con el Árbol de la Vida: el saber como camino hacia la visión de Dios, que era exactamente lo que se iba a estudiar dentro. Y en Castilla, en aquellos años, nadie podía mirar una granada sin pensar también en Granada.

La paradoja es deliciosa: el estilo que llamamos isabelino, el de la reina austera, es el más desbordado de toda la arquitectura española. No queda un palmo de piedra sin labrar.
Columnas que se retuercen
El patio colegial es la otra gran pieza. De planta cuadrada y dos pisos, descansa en la planta baja sobre pilares helicoidales, retorcidos como cuerdas, cuyos capiteles se decoran con medias bolas y flores de lis separadas por el motivo de la cadena. El piso alto es puro encaje: pretiles calados de tracería gótica —el dibujo geométrico de piedra que rellena huecos y antepechos—, arcos geminados, es decir, emparejados, bajo cortinas pétreas, y guirnaldas de follaje entre las que juguetean niños tallados en un relieve tan plano que ya roza el Renacimiento. Del antiguo coronamiento se conservan un friso de yugos y flechas, las divisas de Fernando e Isabel, y una colección de gárgolas con forma de seres fantásticos.

Un detalle sirve de reloj: en los escudos del patio falta la granada que se incorporó a las armas reales tras la conquista de 1492, lo que permite suponer que esta parte estaba terminada antes. La escalera, con barandillas góticas y el escudo del fundador en los muros, se cubre con una techumbre de madera de tradición mudéjar en cuyo friso aparecen las iniciales de los reyes.
Teólogos, indios y una controversia sin veredicto
El colegio cumplió su función con creces. Por él pasaron teólogos como Bartolomé Carranza, futuro arzobispo de Toledo, o Melchor Cano, y entre sus muros se celebró en 1550 y 1551 la Junta de Valladolid, la célebre controversia que Carlos I convocó tras ordenar que se detuvieran nuevas conquistas mientras no se resolviera si eran justas. Frente a frente, Bartolomé de las Casas, defensor de los indígenas, y el humanista Juan Ginés de Sepúlveda, que justificaba la guerra. Los jueces discutieron entre sí y se dispersaron sin una decisión colectiva. Aquella discusión sobre los derechos de los pueblos conquistados se libró, paradójicamente, bajo un granado de piedra que muchos han leído como alusión a otra conquista, la de Granada.
Cuartel, presidio y oficinas
La decadencia llegó por capas. Durante la invasión napoleónica desaparecieron el retablo de Siloé y el sepulcro del fundador; de aquel retablo apenas quedan un crucifijo conservado en Ciguñuela y un relieve de la Ascensión en Herrera de Duero, a partir de los cuales los investigadores han intentado reconstruirlo. El edificio quedó casi ruinoso. En 1820, con la supresión de las órdenes regulares durante el Trienio Liberal, el colegio se abandonó; se reocupó brevemente en 1823 y la exclaustración de 1835 lo vació para siempre.
Lo que siguió fue un siglo de usos ajenos: cuartel, presidio, sede del Gobierno Civil, oficinas, aulas de instituto y de escuelas normales. Cada inquilino tabicó, abrió y cerró a su manera. La declaración como Monumento Nacional en 1884 lo protegió del derribo, no de las reformas.
Un museo para las tallas que nadie quería
La salvación tuvo algo de justicia poética. En octubre de 1842 se había creado en Valladolid el Museo Provincial de Bellas Artes con las esculturas, retablos y pasos procedentes de los conventos suprimidos en 1836, instalado en el palacio de Santa Cruz. En 1933 la Segunda República, a impulso del historiador Ricardo de Orueta, director general de Bellas Artes, lo elevó a Museo Nacional de Escultura y lo trasladó a San Gregorio. Las tallas expulsadas de los conventos por la desamortización encontraron casa en un edificio que la desamortización había dejado sin uso.
La última gran intervención fue la rehabilitación de los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano, que ganaron el concurso nacional en 2002 y recibieron en 2007 el Premio Nacional de Restauración. Las obras en el edificio, con un presupuesto de 14.488.471 euros, ganaron casi 2.000 metros cuadrados, hasta 6.568 construidos, y el museo reabrió el 18 de septiembre de 2009, tras diez años cerrado. Hoy, junto a Alonso Berruguete, Juan de Juni o Gregorio Fernández, el propio edificio es una pieza más de la colección.

La visita
El colegio está en la calle Cadenas de San Gregorio, 1 y 2, a un paso de la plaza de San Pablo, en el centro de Valladolid. Desde Madrid se llega por la A-6 y, desde Tordesillas, la A-62, o bien por Segovia y la A-601; la A-62 es también la carretera desde Burgos y desde Salamanca. En tren de alta velocidad, Madrid queda a una hora escasa.
El Museo Nacional de Escultura abre de martes a sábado de 10:00 a 14:00 y de 16:00 a 19:30, y los domingos y festivos de 10:00 a 14:00; los lunes cierra. La entrada general cuesta 3 euros y la reducida 1,50, con acceso gratuito los sábados por la tarde y los domingos. Conviene confirmar horarios y tarifas en la web del museo antes de ir.
Merece la pena empezar por fuera, con la luz de la tarde de cara a la fachada, y comparar en la misma plaza la portada de la iglesia de San Pablo, otro muro convertido en retablo. El museo tiene además otras dos sedes muy cerca, el palacio de Villena y la Casa del Sol, y la plaza de San Pablo reúne el palacio de Pimentel, donde nació Felipe II.
El árbol que sigue dando fruto
San Gregorio se levantó para formar teólogos y acabó guardando esculturas; se pensó como casa de frailes y fue cárcel y oficina. Ninguno de sus usos estaba previsto en la fachada, y sin embargo el granado de piedra los ha acompañado a todos sin perder una hoja. Quizá esa sea la lección de los grandes edificios: sobreviven a la idea que los hizo nacer porque se construyeron con más ambición de la que su función necesitaba.
Fray Alonso quería que aquí se aprendiera a mirar hacia arriba. Cinco siglos después, quien se detiene en la calle Cadenas de San Gregorio sigue haciéndolo, aunque ya no sepa que la fuente de los niños era una promesa de sabiduría.
También en el cuaderno:
- El Palacio del Infantado: la cumbre del gótico civil castellano en Guadalajara
- La Catedral de Burgos: agujas de encaje y el vértigo del gótico castellano
- La Colegiata de San Antolín: el altar que se asomó a las ferias de Europa
Fuentes
- Ministerio de Cultura, dossier de inauguración del Museo Nacional Colegio de San Gregorio (2009).
- María Lozano de Vilatela, estudio sobre el simbolismo de la fachada de San Gregorio de Valladolid, Traza y Baza (Universitat de Barcelona).
- José María de Azcárate, «Datos artísticos recogidos en los viajes de Lalaing (1501)», BSAA, 25 (1959).
- Clementina Julia Ara Gil, reseña de El Colegio de San Gregorio. Fábrica insigne al servicio del saber, BSAA arte, 85 (2019).
- Turismo de Castilla y León: Colegio de San Gregorio y Museo Nacional de Escultura (horarios y tarifas).
- Artehistoria: Colegio de San Gregorio (Valladolid). Detalle de la fachada.
- Smarthistory: ensayo sobre la fachada del Colegio de San Gregorio.
- Wikipedia: Colegio de San Gregorio, Museo Nacional de Escultura y Valladolid debate (como punto de partida).
#publi · Para seguir tirando del hilo: el catálogo de la colección del propio museo y una guía de la ciudad para completar el paseo.
- Museo Nacional de Escultura. Colección / Collection (VV. AA.).
- Paloma Ledrado e Ignacio González, Valladolid (Guía Azul).
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