El Monasterio de Monsalud: el gran cisterciense de la Alcarria que curaba la rabia
Hay un detalle en la historia del Monasterio de Monsalud que detiene a cualquier lector: durante varios siglos, peregrinos llegaban hasta aquí específicamente para curarse de la rabia. Y de la melancolía del corazón. Y de la posesión por espíritus malignos. Y del mal de ojo. Los monjes cistercienses de Córcoles (Guadalajara) no se anunciaban como médicos, pero la fama de la Virgen de Monsalud transformó su monasterio en algo difuso y fascinante: un santuario donde la medicina medieval y lo sobrenatural se daban la mano. Ese pasado extraordinario no es más que una de las capas que hacen de Monsalud uno de los conjuntos cistercienses más interesantes y menos visitados de España.

De la orilla del Tajo a Córcoles: los primeros pasos
El primer monasterio de Monsalud no estaba donde lo vemos hoy. Fue fundado en 1138, por iniciativa del rey Alfonso VII de Castilla, en la orilla derecha del río Tajo, en el término de Auñón, en un paraje llamado Villafranca. Solo dos años después, en 1140, la fundación fue trasladada al término de Córcoles. El primer documento fiable data de 1167: Juan de Treves, canónigo de la catedral de Toledo y arcediano de Huete, concede al cenobio y a la Orden del Císter la aldea de Córcoles con todas sus tierras. En 1169, el rey Alfonso VIII de Castilla ratificó esa donación y marcó los límites del dominio abacial: desde la orilla derecha del río Guadiela hasta los términos de Pareja, Sacedón y Alcocer.
La casa madre de Monsalud fue la Abadía de Escaladieu (Scala Dei), en el Pirineo francés, de donde vino su primer abad, Fortún Donato, un monje francés que pudo haber sido discípulo de Bernardo de Claraval. Monsalud fue uno de los cuatro grandes monasterios cistercienses de la provincia de Guadalajara, junto a Bonaval, Buenafuente del Sistal y Óvila, y es hoy el mejor conservado de todos ellos.
Alfonso VIII, la Virgen y el sanatorio que curaba la rabia
La leyenda del poder milagroso de Monsalud comenzó con un rey y una recuperación inesperada. Tras conquistar Cuenca en 1177, Alfonso VIII acudió al monasterio extenuado, con achaques y malestar anímico. Allí se recuperó sorprendentemente y atribuyó su mejora a la intercésión de la Virgen de Monsalud. Fue, según la tradición, el primer milagro de muchos.
La fama de la Virgen creció con los siglos hasta adquirir un perfil muy específico. Se le atribuían poderes sanadores sobre males concretos: la rabia, las aflicciones y melancolía del corazón, los endemoniados y el mal de ojo. El monasterio fue anunciado abiertamente como un sanatorio contra esos males. Peregrinos que viajaban por la Alcarria desviaban su camino para visitar la imagen; algunos llegaban desde muy lejos. La devoción alcanzó su mayor esplendor en los siglos XVII y XVIII, cuando el nombre de Monsalud circulaba por buena parte de Castilla como sinónimo de sanación y amparo.
La iglesia: una arquitectura entre dos mundos
La iglesia abacial de Monsalud fue construida entre finales del siglo XII y comienzos del XIII, en ese momento de transición en que el románico cede terreno al gótico sin perder su esencia. El resultado es un edificio románico en su cuerpo y gótico en sus nervios: la planta de tres naves con crucero y cabecera triple responde a la tipología cisterciense clásica; los arcos apuntados y las bóvedas de crucería le aportan una ligereza que ningún modelo románico puro habría conseguido.
La nave central, más elevada que las laterales, se estructura en dos tramos reforzados por contrafuertes exteriores. El espacio se cubre con cuatro tipos distintos de bóveda según la zona: de cuarto de esfera en los hemiciclos de los ábsides laterales; de cañón apuntado en los tramos rectos de los mismos y en los extremos del crucero; de crucería en las naves; y de ocho nervios en el tramo central del crucero y cuatro en el hemiciclo del ábside mayor. Al exterior, la cabecera escalonada —el ábside central más alto que los colaterales— forma un juego de volúmenes de gran claridad. El ábside mayor está dividido por cuatro columnas que abren tres ventanales, uno de ellos modificado para alojar un camerín de la Virgen, y la cornisa descansa sobre veintiocho modillones de roleos. La portada meridional de cinco arquivoltas y el gran rosetón contiguo son los elementos más vistosos de la fachada sur. Para los curiosos: en las piedras de la iglesia se han identificado 484 marcas de cantero de 117 tipos diferentes, uno de los catálogos más ricos de la provincia.

La sala capitular, el claustro y los maestres de Calatrava
Más allá de la iglesia, Monsalud conserva buena parte de las dependencias que ordenaban la vida diaria de la comunidad. La sala capitular es, junto con la iglesia, el espacio arquitectónicamente más notable del conjunto. Se accede a través de un alto arco apuntado flanqueado por sendas ventanas góticas. El interior, de planta rectangular, se divide en dos naves por dos columnas centrales con capiteles foliáceos muy similares a los de la cercana iglesia de Alcocer, lo que apunta a un mismo taller. Las bóvedas de crucería cubren el espacio con la sobriedad que el Císter elevaba a principio estético.
En los muros de la sala capitular se abren las hornacinas funerarias de dos figuras de notable relieve histórico: don Nuño Pérez de Quiñones, cuarto maestre de la Orden de Calatrava, fallecido en 1212 —el año de la batalla de Las Navas de Tolosa—, y don Sancho de Fontova, comendador de la misma Orden, muerto en 1263. Su presencia convierte la sala en un pequeño panteón de la frontera medieval, testimonio de los lazos entre los monjes y las órdenes militares que operaban en la zona.
El claustro actual es una reedificación del siglo XVI de estilo clásico sobrio —el original románico-gótico no se conserva—. Tres galerías sobreviven; la cuarta se derrumbó el siglo pasado. Se dispone al norte de la iglesia, posición inusual en el esquema monacal, y organiza a su alrededor las demás dependencias: sacristía antigua, sacristía nueva (siglo XVII), bodega excavada en la roca con galerías para las tinajas de vino, y la portería del siglo XVII cuya fachada muestra en relieve de piedra caliza las figuras de san Benito y san Bernardo flanqueando una hornacina vacía, rematada por un frontón triangular con Dios Padre en lo alto.

Decadencia, reforma y el golpe de Mendizábal
La historia de Monsalud no es la de un esplendor continuo. Entre los siglos XIII y XV, el monasterio atravesó un declive progresivo provocado por la mala gestión de sus abades. El sistema de encomienda convirtió la abadía en una fuente de ingresos para prelados que en ocasiones ni siquiera pisaban el recinto: el abad Gabriel Condulmario, nombrado a finales del siglo XV, se limitaba a cobrar sus trescientos escudos sin asomar por Córcoles. La vida religiosa decayó con los recursos.
La vuelta al orden llegó de forma poco delicada. En enero de 1538, dos abades reformadores acompañados del corregidor de Cuenca entraron por la fuerza en el monasterio para imponer la incorporación a la Observancia de Castilla, el movimiento de reforma impulsado por el cardenal Cisneros. Los monjes residentes resistieron; fue inútil. La reforma se impuso, y con ella llegó la recuperación. Los hermanos Bernardo y Sebastián Barrantes, procedentes de Galicia, gobernaron el monasterio a mediados del XVI y en solo siete años liquidaron las deudas acumuladas, reconstruyeron el coro, adquirieron un órgano y devolvieron al culto su antiguo esplendor. En 1549, una bula del papa Julio III integró formalmente a Monsalud en la Congregación de Castilla: el escudo de esa congregación aún puede verse tallado en la puerta occidental.
El segundo esplendor duró hasta que 1835 lo cortó de raíz. La Desamortización de Mendizábal obligó a los monjes a abandonar el recinto; sus obras de arte fueron dispersadas o destruidas, y el edificio pasó a manos privadas que durante años lo utilizaron como cantera para la construcción en el pueblo de Córcoles. Lo que hoy vemos es lo que sobrevivió a ese expolio. Fue declarado monumento histórico-artístico en 1931. En 2015 y 2016 recibió una primera restauración parcial, y en 2023 se destinaron 740.000 euros —del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia— para consolidar la estructura, impermeabilizar cubiertas y recuperar el claustro y la sala capitular.
Cómo visitar el Monasterio de Monsalud
El monasterio se encuentra en la localidad de Córcoles, dentro del término municipal de Sacedón (Guadalajara), a unos cinco minutos del casco urbano de esa villa. Desde Madrid se llega por la A-3 y la CM-200, en aproximadamente hora y media. Las visitas son guiadas: en horario de verano (abril–septiembre), abre viernes, sábados y festivos de 10:30 a 13:30 y de 17:00 a 20:00, y los domingos de 10:30 a 13:30; en horario de invierno (octubre–marzo), los mismos días de 10:30 a 17:30 y los domingos de 10:30 a 13:30. Conviene confirmar el horario antes de la visita.
También en el cuaderno: para seguir el rastro del Císter en Castilla, continúa con el Monasterio de Moreruela, el Monasterio de Rioseco y la Real Fábrica de Paños de Brihuega.
Para quien quiera entender Monsalud dentro del contexto más amplio de la expansión cisterciense en la Península, el volumen colectivo coordinado por la Fundación Santa María la Real, Monasterios cistercienses en la España medieval, ofrece el contexto histórico y arquitectónico más sólido para situar este rincón de la Alcarria en el mapa de la Europa monacal.
Sea cual sea el motivo de la visita —la arquitectura, la historia, la curiosidad por esa imagen que curaba la rabia—, lo que Monsalud ofrece hoy es lo que siempre ha ofrecido por debajo de los milagros y la devoción: la claridad del pensamiento cisterciense expresada en piedra. Una arquitectura que creyó que el silencio era el camino más directo hacia Dios. En estos muros medio abiertos al cielo, ese silencio sigue ahí.
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