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El Monasterio de Monsalud: el gran cisterciense de la Alcarria que curaba la rabia

Fecha 12 de julio de 2026
Lectura 9 min de lectura
Sección Arquitectura
Autoría En el Campo Amarillo

Hay un detalle en la historia del Monasterio de Monsalud que detiene a cualquier lector: durante varios siglos, peregrinos llegaban hasta aquí específicamente para curarse de la rabia. Y de la melancolía del corazón. Y de la posesión por espíritus malignos. Y del mal de ojo. Los monjes cistercienses de Córcoles (Guadalajara) no se anunciaban exactamente como médicos, pero la fama de la Virgen de Monsalud transformó su remoto monasterio en algo difuso y fascinante: un santuario donde la medicina medieval y lo sobrenatural se encontraban en el mismo recinto. Ese pasado extraordinario no es más que una de las capas que hacen de Monsalud uno de los conjuntos cistercienses más interesantes y menos visitados de España.

Monasterio de Monsalud, Córcoles, Guadalajara
El Monasterio de Monsalud en Córcoles (Sacedón, Guadalajara). Foto: Wikimedia Commons.

De la orilla del Tajo a Córcoles: los primeros pasos

El primer monasterio de Monsalud no estaba donde lo vemos hoy. Fue fundado en 1138, por iniciativa del rey Alfonso VII de Castilla, en la orilla derecha del río Tajo, en el término de Auñón, en un paraje conocido como Villafranca —donde hoy se levanta el Santuario de la Virgen del Madroñal—. Solo dos años después, en 1140, la fundación fue trasladada al término de Córcoles, donde ha permanecido hasta hoy.

El primer documento fiable que menciona el monasterio data de 1167: Juan de Treves, canónigo de la catedral de Toledo y arcediano de Huete, concede al cenobio y a la Orden del Císter la aldea de Córcoles con todas sus tierras. En 1169, el rey Alfonso VIII de Castilla ratificó esa donación y marcó los límites del dominio abacial: desde la orilla derecha del cercano río Guadiela hasta los términos de Pareja, Sacedón y Alcocer. El monasterio echó así raíces en uno de los territorios que la Corona de Castilla acababa de recuperar y necesitaba poblar y organizar.

La casa madre de Monsalud fue la Abadía de Escaladieu (Scala Dei), en el Pirineo francés, de donde vino su primer abad, Fortún Donato, un monje francés que pudo haber sido discípulo de Bernardo de Claraval. El linaje espiritual era de primer orden. Monsalud fue uno de los cuatro grandes monasterios cistercienses de la provincia de Guadalajara, junto a Bonaval, Buenafuente del Sistal y Óvila, y hoy es el mejor conservado de todos ellos.

Alfonso VIII, la Virgen y el sanatorio que curaba la rabia

La leyenda del poder milagroso de Monsalud comenzó con un rey y una recuperación inesperada. Tras conquistar la ciudad de Cuenca en 1177, Alfonso VIII acudió al monasterio extenuado, con achaques físicos y malestar anímico. Allí se recuperó de forma sorprendente, y atribuyó su curación a la intercón de la imagen de la Virgen de Monsalud. Fue, según la tradición, el primer milagro de muchos que habrían de sucederse en este lugar.

La fama de la Virgen creció con los siglos hasta adquirir un perfil muy específico. A la imagen de Monsalud se le atribuían poderes sanadores sobre enfermedades concretas: la rabia, las aflicciones y melancolía del corazón, los endemoniados y el mal de ojo. El monasterio funcionó durante siglos como lo que sus contemporáneos llamaron abiertamente un sanatorio contra esos males. Peregrinos que viajaban por la Alcarria desviaban su camino para visitar la imagen. Algunos llegaban desde muy lejos. El centro de peregrinación alcanzó su mayor esplendor en los siglos XVII y XVIII, cuando la devoción ya superaba con creces los muros del monasterio para extenderse por toda la comarca.

La iglesia: una arquitectura entre dos mundos

La iglesia abacial de Monsalud fue construida entre finales del siglo XII y comienzos del XIII, en ese momento de transición en que el románico cede terreno al gótico sin perder su esencia. El resultado es un edificio que se lee como románico en su cuerpo y gótico en sus nervios: la planta de tres naves con crucero y cabecera triple responde a la tipología monacal cisterciense; los arcos apuntados y las bóvedas de crucería que cubren el espacio le aportan una ligereza que ningún modelo románico puro habría conseguido.

La nave central, más elevada que las laterales, se estructura en dos tramos reforzados por contrafuertes exteriores. El crucero y las naves se cubren con cuatro tipos distintos de bóveda, según el espacio que deben cubrir: de cuarto de esfera en los hemiciclos de los ábsides laterales; de cañón apuntado en los tramos rectos de los mismos y en los extremos del crucero; de crucería en las naves; y de ocho nervios en el tramo central del crucero y cuatro en el hemiciclo del ábside mayor. Esta variedad de soluciones en un mismo edificio revela una obra construida en varias fases, con maestros de formación diferente pero una misma intención de orden y claridad.

Al exterior, la cabecera es el elemento más expresivo: los tres ábsides escalonados —el central más alto que los colaterales— forman un juego de volúmenes que se aprecia de forma limpia desde el este del recinto. El ábside mayor está dividido por cuatro columnas que crean cinco pasos, de los cuales tres abren ventanales —uno de ellos modificado siglos después para alojar un camerín de la Virgen—. La cornisa superior descansa sobre veintiocho modillones de roleos, uno de los toques ornamentales más elegantes de la fábrica. La portada meridional, de cinco arquivoltas de medio punto sobre pilastras sin capiteles, y el gran rosetón que la flanquea son los elementos más vistosos de la fachada sur. Una nota para los curiosos: los investigadores han identificado en las piedras de la iglesia 484 marcas de cantero de 117 tipos diferentes, uno de los catálogos más ricos de toda la provincia.

Fachada oeste de la iglesia del Monasterio de Monsalud
Fachada occidental de la iglesia abacial del Monasterio de Monsalud. Foto: Wikimedia Commons.

La sala capitular, el claustro y los maestres de Calatrava

Más allá de la iglesia, Monsalud conserva buena parte de las dependencias que organizaban la vida diaria de la comunidad. La sala capitular es, junto con la iglesia, el espacio arquitectónicamente más notable del conjunto. Se accede a ella a través de un alto arco apuntado flanqueado por sendas ventanas también góticas. Su interior, de planta rectangular, se divide en dos naves por dos columnas centrales con capiteles foliáceos, muy similares a los que presenta la cercana iglesia de Alcocer, lo que apunta a un mismo taller o al menos a una misma influencia. Las bóvedas de crucería cubren el espacio con esa sobriedad característica del Císter que hace que la austeridad parezca un lujo en sí mismo.

En los muros de la sala capitular se abren las hornacinas funerarias de dos personajes de notable relevancia histórica: don Nuño Pérez de Quiñones, cuarto maestre de la Orden de Calatrava, fallecido en 1212 —el año de la batalla de Las Navas de Tolosa—, y don Sancho de Fontova, comendador de la misma Orden, muerto en 1263. Su presencia en esta sala revela las estrechas relaciones que el monasterio mantenía con las órdenes militares que operaban en la zona, y convierte el espacio en un pequeño panteón de la frontera medieval.

El claustro que hoy puede visitarse no es el original románico-gótico sino una reedificación del siglo XVI de estilo clásico sobrio. Conserva tres galerías —la cuarta se derrumbó el siglo pasado—, cubiertas con bóvedas sexpartitas de ojivas. Situado al norte de la iglesia —posición inusual en la arquitectura monacal medieval—, organiza a su alrededor el conjunto de dependencias: sacristía antigua, sacristía nueva (siglo XVII), bodega excavada en la roca con galerías para las tinajas de vino, y la portería del siglo XVII, cuya fachada muestra en relieve las figuras en piedra caliza de san Benito y san Bernardo flanqueando una hornacina vacía, rematada por un frontón triangular con Dios Padre en lo alto.

Sala capitular del Monasterio de Monsalud
La sala capitular del Monasterio de Monsalud, con sus columnas de capiteles foliáceos. Foto: Wikimedia Commons.

Decadencia, reforma y el golpe de Mendizábal

La historia de Monsalud no es la de un esplendor continuo. Entre los siglos XIII y XV, el monasterio atravesó un período de declive progresivo provocado, en buena medida, por la mala gestión de sus abades. El sistema de encomienda convirtió la abadía en una fuente de ingresos personales para prelados que en ocasiones ni siquiera pisaban el recinto —el abad Gabriel Condulmario, nombrado a finales del siglo XV, se limitaba a cobrar las rentas de trescientos escudos sin asomar por Córcoles—. La vida religiosa decayó con los recursos.

La vuelta al orden llegó de forma poco delicada: en enero de 1538, dos abades reformadores, acompañados del corregidor de Cuenca, entraron por la fuerza en el monasterio para imponer la incorporación a la Observancia de Castilla, el movimiento de reforma impulsado por el cardenal Cisneros que ya había reorganizado otros cenobios de la Orden. Los monjes residentes, dados a la vida disipada, ofrecieron resistencia inicial. No sirvió de nada. La reforma se impuso, y con ella llegó la recuperación. Los hermanos Bernardo y Sebastián Barrantes, procedentes de Galicia, gobernaron el monasterio a mediados del XVI y en solo siete años liquidaron las deudas acumuladas, reconstruyeron el coro, adquirieron un órgano y devolvieron al culto su antiguo esplendor. En 1549, una bula del papa Julio III integró formalmente a Monsalud en la Congregación de Castilla. En la puerta occidental aún puede verse el escudo de esa congregación tallado en piedra.

El segundo esplendor duró hasta que 1835 lo cortó de raíz. La Desamortización de Mendizábal obligó a los monjes a abandonar el recinto; sus joyas artísticas fueron dispersadas o destruidas, y el edificio pasó a manos privadas que durante años lo utilizaron como cantera para la construcción en el pueblo de Córcoles. Lo que hoy vemos es lo que sobrevivió a ese expolio. El monasterio fue declarado monumento histórico-artístico en 1931. En los años 2015 y 2016 recibió una primera restauración parcial, y en 2023 se destinaron 740.000 euros —procedentes del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia— para consolidar la estructura, impermeabilizar cubiertas y recuperar el claustro y la sala capitular.

Cómo visitar el Monasterio de Monsalud

El monasterio se encuentra en la localidad de Córcoles, dentro del término municipal de Sacedón (Guadalajara), a unos cinco minutos del casco urbano de esa villa. Desde Madrid se accede por la A-3 y la CM-200, en aproximadamente hora y media. Las visitas son guiadas y están reguladas: en horario de verano (abril a septiembre), el monasterio abre los viernes, sábados y festivos de 10:30 a 13:30 y de 17:00 a 20:00, y los domingos de 10:30 a 13:30; en horario de invierno (octubre a marzo), los mismos días de 10:30 a 17:30 y los domingos de 10:30 a 13:30. Se recomienda confirmar el horario antes de la visita.

Para quien quiera profundizar en la arquitectura y la historia de los grandes monasterios cistercienses medievales, el volumen colectivo Monasterios cistercienses en la España medieval, coordinado por la Fundación Santa María la Real, ofrece el contexto más sólido y accesible para entender el fenómeno del que Monsalud es uno de sus capítulos alcarrenos.

Sea cual sea el motivo que te traiga —la arquitectura, la historia de las órdenes, la curiosidad por esa imagen que curaba la rabia—, lo que Monsalud ofrece hoy es lo que siempre ha ofrecido por debajo de los milagros y la devoción: la claridad del pensamiento cisterciense expresada en piedra. Una arquitectura que creyó que el silencio era el camino más directo hacia Dios. En estos muros medio abiertos al cielo, ese silencio sigue ahí.

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