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El Pontón de la Oliva: la presa que construyó Madrid y el karst deshizo

Fecha 15 de junio de 2026
Lectura 8 min de lectura
Sección Arquitectura
Autoría En el Campo Amarillo

La presa que inauguró el suministro del Canal de Isabel II en 1858 nunca pudo llenarse del todo. El karst —roca caliza atravesada de fisuras y cavernas— dejaba escapar el agua por donde no había muro que la contuviera. Casiano de Prado lo advirtió antes de que pusieran la primera piedra. No le escucharon.

Hay una imagen que resume muy bien lo que es el Pontón de la Oliva: un muro de sillería de veintisiete metros de altura, setenta y dos metros de longitud, construido bloque a bloque con caliza del propio cañón, que hoy apenas retiene agua. No porque esté roto ni porque nadie lo haya descuidado. Sino porque el terreno sobre el que se apoya nunca quiso colaborar. La geología no cedió, y el Pontón de la Oliva es, desde 1882, el monumento más imponente de la ingeniería hidráulica española del siglo XIX que no pudo cumplir su función. Una obra faraónica que el subsuelo venció.

El Pontón de la Oliva antes de la construcción de la presa, ilustración de El Museo Universal
El cañón del Lozoya en el cerro de la Oliva antes de la presa, según la revista española El Museo Universal, hacia 1851. Foto: Wikimedia Commons.

Madrid tenía sed

En 1848, Madrid era una ciudad de 206.000 habitantes que crecía sin parar y que tenía un problema grave: el agua. Los madrileños de a pie se abastecían de las 54 fuentes públicas y de los 920 aguadores que recorrían las calles a diario. El suministro llegaba a través de los llamados viajes de agua, una red de canales subterráneos de origen medieval que el crecimiento de la ciudad había desbordado por completo. El Manzanares no era opción: escaso de caudal y convertido en vertedero, no daba para más. El río Lozoya, en cambio, bajaba limpio desde la Sierra, abundante y alejado de la contaminación de la capital.

En diciembre de ese año, los ingenieros Juan Rafo y Juan de Ribera presentaron la solución: una presa en el curso bajo del Lozoya, donde el río se encajona en el llamado cerro de la Oliva, a pocos centenares de metros de su desembocadura en el Jarama. Desde allí, un canal de 77 kilómetros de aguas rodadas traería el recurso directamente a Madrid. El sistema estaba diseñado «a lo romano»: sin bombas, sin electricidad, solo gravedad y pendiente cuidadosamente calculada. El proyecto fue aprobado, financiado y puesto en marcha con la urgencia de quien sabe que la ciudad no puede esperar.

La obra de los presos

El 11 de agosto de 1851, el rey consorte Francisco de Asís de Borbón puso la primera piedra en un acto oficial. Detrás de la ceremonia comenzó una de las obras más duras de la España del siglo XIX. En el campamento al pie del cañón se instalaron 1.500 presos de las guerras carlistas, 200 obreros asalariados y 400 bestias de carga. Las condiciones eran extremas: los trabajadores tallaban y encajaban bloques masivos de sillería caliza en un desfiladero sin apenas espacio, y en el campamento apareció una epidemia de cólera que diezmó la plantilla. La comunicación entre los distintos puntos de la obra se organizaba mediante un sistema de palomas mensajeras que los propios ingenieros bautizaron como «telegrafía alada».

Lo que construyeron es impresionante en términos técnicos. Una presa de gravedad —esto es, que resiste el empuje del agua exclusivamente con su propio peso— de sección trapezoidal, con 39 metros de anchura en la base y 6,72 en la coronación. La cara aguas arriba, la que mira al embalse, aparece escalonada desde la base hasta la cima, en una solución constructiva habitual en las grandes presas de fábrica europeas del momento. Las obras terminaron en 1856. La inauguración oficial se celebró el 24 de junio de 1858 en la carrera de San Bernardo de Madrid, con la reina Isabel II y todo el Consejo de Ministros en primera fila, el día en que el agua del Lozoya entró por primera vez en la capital.

El Pontón de la Oliva aliviando, fotografía histórica de la presa en funcionamiento
El Pontón de la Oliva en uno de los escasos momentos en que el embalse llegó a desbordarse. Foto: Wikimedia Commons.

El enemigo estaba debajo

El problema había sido identificado antes de que se pusiera la primera piedra. En 1851, el geólogo Casiano de Prado —uno de los mejores conocedores de la geología madrileña del momento— elaboró un informe a petición del ministro Bravo Murillo advirtiendo del peligro del emplazamiento. Prado sabía que el cañón del cerro de la Oliva era un terreno de calizas karstificadas: roca soluble en agua, atravesada por siglos de disolución en cavernas, fisuras y conductos subterráneos ocultos. El fenómeno del karst —en el que el agua no solo rodea la roca sino que la atraviesa y la modela desde dentro— era perfectamente observable en la zona: en las cercanías existía una cueva importante, la del Reguerillo o Requesillo, que Prado documentaría en su Descripción física y geológica de la provincia de Madrid de 1864. Los ingenieros jefe del Canal de Isabel II infravaloraron la advertencia y siguieron adelante.

Las consecuencias fueron las esperadas. En cuanto el embalse comenzó a llenarse, el agua encontró los caminos que llevaba siglos abriendo en la roca. No saltaba por encima del muro, ni lo rodeaba por los laterales: lo atravesaba por debajo y por los flancos del cañón, colándose por las grietas de la caliza y reapareciendo en superficie cientos de metros aguas abajo. En verano, con las lluvias estacionales ausentes y las pérdidas acumulando, el nivel del embalse descendía por debajo del umbral del canal de salida. La presa, técnicamente, dejaba de servir para lo que había sido construida.

Se intentó todo. La técnica empleada fue el tarquinamiento: introducir los propios lodos y arcillas del río en las grietas para sellarlas, usando la sedimentación natural del Lozoya para taponar las vías de agua. Funcionó parcialmente y durante temporadas, pero las filtraciones reaparecían en cuanto la presión del embalse aumentaba. El karst no es un enemigo que se selle: es la propia naturaleza de la roca.

Minas del Pontón de la Oliva, galerías abiertas en la ladera derecha de la presa
Las minas abiertas en la ladera derecha de la presa, por donde el agua escapaba sorteando el muro. Foto: Wikimedia Commons.

El relevo y el olvido

En 1860, apenas dos años después de la inauguración, se construyó de urgencia la pequeña presa de Navarejos —un azud de toma, aguas arriba— para poder garantizar el suministro al canal incluso cuando el Pontón no acumulaba agua suficiente. Fue el primer reconocimiento oficial de que la presa principal había fallado en su función. Pocos años después la decisión estaba tomada: había que construir una nueva presa más arriba en el Lozoya, en un lugar donde la geología no traicionara. La presa de El Villar, situada 22 kilómetros aguas arriba del Pontón, se inauguró en 1882 y pasó a ser la presa más alta de España en su momento. El Pontón de la Oliva quedó relegado a un segundo plano al poco de nacer.

La historia del muro tuvo aún un capítulo curioso. Durante las obras del Canal del Jarama (1956-1960), los ingenieros necesitaban hacer pasar las tuberías del sifón a través del cañón. La solución fue excavar una galería directamente a través del muro del Pontón. El trabajo fue tan cuidadoso que hoy, visto desde el exterior, no se aprecia ninguna intervención: la galería está ahí, oculta en la masa de sillería, como otro secreto más de esta presa que siempre tuvo demasiadas cosas escondidas en su interior.

La visita

El Pontón de la Oliva se encuentra cerca de Patones, en el extremo noreste de la Comunidad de Madrid, en el límite con la provincia de Guadalajara. La presa sigue en pie y es accesible. La experiencia de la visita es difícil de describir con precisión porque combina dos cosas que raramente coinciden: una infraestructura monumental del siglo XIX perfectamente conservada y un paisaje de cañón que la rodea con una intensidad visual extraordinaria.

La pasarela colgada en la roca —anclada en la pared del cañón a la izquierda del muro— es el elemento que más llama la atención a los visitantes, y con razón: una plataforma metálica que vuela sobre el cauce seco del embalse a considerable altura, siguiendo la curva del desfiladero. Pero el muro en sí vale la visita aunque no haya nada más. Bájate al cauce, sitúate al pie de los bloques escalonados y mira hacia arriba: estás viendo el trabajo de 1.500 presos carlistas y 200 obreros que picaron y encajaron esta sillería en durísimas condiciones, en un cañón sin apenas acceso, para construir la obra hidráulica más grande de Europa en su momento. Que el subsuelo los traicionara no hace el esfuerzo menos visible.

Por qué importa este lugar

El Pontón de la Oliva importa, en primer lugar, como documento de una decisión técnica equivocada que no fue por falta de conocimiento: Casiano de Prado lo advirtió en 1851 y nadie le escuchó. El fracaso de esta presa no es un fracaso de la ingeniería del siglo XIX en abstracto —la solución técnica de la presa de gravedad era correcta y estaba bien ejecutada— sino un fracaso de la jerarquía de decisión: los que sabían lo que había en el suelo (el geólogo, los habitantes locales que conocían las cuevas) fueron ignorados por los que tenían la autoridad para decidir.

Importa también como contraste con otras obras de la misma época. Si la Real Fábrica de Paños de Brihuega representa el momento en que la razón ilustrada encontró la forma correcta para un problema físico —el círculo que maximizaba la luz y eliminaba el fuego—, el Pontón de la Oliva representa lo contrario: el momento en que un diseño técnicamente impecable chocó contra una realidad física que nadie quiso ver. En ambos casos, el siglo XIX está pensando en voz alta sobre la relación entre la forma construida y la naturaleza. La diferencia es que en Brihuega la naturaleza colaboró, y en el cañón del Lozoya, no.

Lo que queda hoy —el muro escalonado, las minas en la ladera, la pasarela colgada sobre el cauce seco— es la huella de una derrota que también fue una lección. La obra que inauguró el suministro de agua de Madrid sigue en pie, más de siglo y medio después de que la abandonaran, recordando que en geología, como en tantas otras cosas, el que más sabe es casi siempre el que lleva más tiempo mirando el suelo.


Para seguir leyendo (#publi): para entender la historia del abastecimiento de agua en Madrid y las grandes obras hidráulicas del siglo XIX español, la bibliografía sobre el Canal de Isabel II y la ingeniería española de la época es abundante y apasionante; y para quien quiera explorar la Sierra Norte de Madrid y el cañón del Lozoya, las guías de senderismo de la zona combinan bien con una visita al Pontón. Son enlaces de afiliado: si compras a través de ellos, el blog recibe una pequeña comisión sin coste adicional para ti.

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